¿Otro hombre? Quizá. Pero mientras contemplaba cómo el dolor teñía las mejillas de la señora Brown y sentía cómo se le aceleraba la respiración, era imposible negar que su cuerpo respondía a él. Lo había visto antes, cuando se había vuelto y la había descubierto mirándolo, pero se había convencido de que eran imaginaciones suyas. Sin embargo, eso… ese calor que claramente ambos sentían, eso era muy real. Terriblemente real. Y si no se apartaba enseguida, ella no tendría ninguna duda de exactamente cuánto calor despertaba en él.
Con un gran esfuerzo, la soltó. Se apartó dos pasos y la contempló en el espejo. La señora Brown abrió lentamente los ojos, luego parpadeó varias veces. Se tambaleó ligeramente, y Robert apretó los puños contra los costados para evitar sostenerla. Allie se humedeció los labios con la punta de la lengua, y él hizo un esfuerzo para tragarse un gemido de deseo.
Sin embargo, en ese instante Allie se rehizo. Sus ojos se abrieron y el rubor le cubrió las mejillas. Tensó la espalda y los nudillos se le pusieron blancos apretando el taco. Su angustia era inconfundible, y Robert se sintió invadido por la culpa.
«No tienes ningún derecho a tocarla. A oler su piel. A desearla.»
– Creo que ya lo ha captado -dijo con la esperanza de tranquilizarla y de aliviar la tensión que pesaba en el ambiente. Pero su voz sonó como si se hubiera tragado un puñado de gravilla. Se aclaró la garganta y se desplazó hasta el extremo de la mesa, ampliando la distancia entre ellos-. Inténtelo de nuevo.
Allie miró hacia la mesa. ¿En qué pensaría? ¿Estaría furiosa con él? ¿Debería disculparse? No había tenido intención de tocarla…
«Mentiroso.» Su conciencia interrumpió esa falsedad incluso antes de que pudiera acabar el pensamiento, y se sintió invadido por la vergüenza. Pocas veces se permitía el inútil ejercicio de mentirse a sí mismo, y no tenía ningún sentido hacerlo en aquel momento. Había deseado tocarla. Desesperadamente. Y el billar le había ofrecido una excusa inocente para hacerlo. Pero, que Dios le ayudase, la pasión que ella le inspiraba era lo más alejado de la inocencia que nunca había experimentado.
Bueno, sencillamente tendría que dejar de tocarla. Sí, eso debería ser bastante simple de conseguir. Se acabó el tocarla. Respiró profundamente, y el perfume de la mujer le alcanzó. Humm. Respirar cerca de ella tampoco era una buena idea. Por desgracia, eso sería más difícil de evitar. Pasó la mirada sobre la joven y se le tensó el mentón.
Estaba inclinada sobre la mesa, con los gruesos labios apretados en un gesto de concentración. El deseo lo recorrió y apartó la mirada. También se acabó el mirarla.
Sí, ése era su plan. No la tocaría, no respiraría y no la miraría. O al menos, sólo respiraría lo imprescindible.
Aliviado por su ingenioso plan, se obligó a centrarse en el juego y en su papel de instructor. Manteniendo la distancia y con la mirada fija en la mesa, le ofreció consejos y sugerencias. Al cabo de una hora, Allie había mejorado muchísimo y Robert sugirió que empezaran una partida.
– Es el mejor modo de desarrollar sus habilidades -aseguró.
Ella estuvo conforme, y comenzaron a jugar.
– Me parece que hay alguien que pasa demasiado tiempo dedicándose a este juego -dijo media hora más tarde, después de que Robert realizara un golpe excepcionalmente complicado.
Por primera vez desde que pusiera en marcha su ingenioso plan, Robert la miró directamente. Y resultó ser un error. Los carnosos labios de la mujer estaban fruncidos de tal manera que inmediatamente le provocaron la idea de besarlos, y un brillo de ironía salpicaba sus ojos castaños. El corazón de Robert le golpeó dentro del pecho y luego se puso a galopar. Y después de mirarla una vez era ya incapaz de apartar la vista.
Se incorporó lentamente desde la posición inclinada que tenía sobre la mesa, arqueó las cejas y adoptó una expresión exageradamente altiva.
– ¿Demasiado tiempo? -Fingió un ligero bufido-. Suena como el comentario que haría un jugador que está muy por detrás en el marcador.
– Humm. ¿Exactamente cuánto por detrás estoy?
– Tiene un total de doce puntos. Muy notable para una principiante.
– ¿Y su puntuación?
– Trescientos cuarenta y dos.
Allie asintió solemnemente con la cabeza.
– No tengo la más remota posibilidad de ganar, ¿cierto?
– Esta partida, me temo que no. Pero su juego es muy prometedor.
– Soy atroz.
– Sólo inexperta.
– Torpe.
– Sin práctica -corrigió él.
Una expresión que Robert no pudo descifrar nubló los ojos de Allie, quien lo contempló durante varios segundos antes de hablar.
– Es usted extraordinariamente paciente.
«Y tú extraordinariamente adorable.»
Robert alejó ese inoportuno pensamiento de su mente y le ofreció una sonrisa de medio lado.
– Lo ha dicho como si le pareciera sorprendente.
Un ligero rubor cubrió las mejillas de la joven, y apartó la mirada.
– Perdone. Sólo es que…
Robert esperó a que continuara, pero ella simplemente movió la cabeza, luego dejó el taco sobre la mesa y le hizo una reverencia.
– En vista de la noticia de que voy trescientos veinte puntos por detrás de usted…
– Trescientos treinta, en realidad.
– … y de que mis posibilidades de ganar son escasas…
– Inexistentes.
– … sugiero que lo consideremos un empate.
– Muy generoso por su parte, sin duda.
Allie le lanzó una mirada de superioridad.
– Aunque mi actuación de hoy parezca indicar lo contrario, no soy completamente inepta. Observe.
Recogió las tres bolas de la mesa y las lanzó al aire. Comenzó a hacer malabares con el trío de esferas, haciéndolas circular hábilmente.
– Asombroso -dijo él-. ¿Quién te enseñó a hacer eso?
– Mi padre. Y es una habilidad que resultó ser muy útil para entretener y distraer a mis revoltosos hermanos. Recuerdo una tarde, cuando Joshua tenía cuatro años -explicó, lanzando las bolas aún más rápido-. Se había caído esa mañana y tenía rozaduras en los codos y las rodillas. Pobrecito, estaba tan triste y dolorido. Para distraerle, lo llevé afuera. Fuimos hasta el gallinero, y allí decidí entretenerlo haciendo malabares… con lo que tenía más a mano, que eran los huevos.
Una extraña sensación invadió el pecho de Robert ante la incongruente y encantadora visión que Allie ofrecía: una mujer adulta, vestida de luto, con el rostro inconfundiblemente arrebolado de placer, haciendo malabares con bolas de billar.
– ¿Se divirtió su hermano?
– Oh, claro. Especialmente cuando fallé.
– ¿Algún huevo cayó al suelo?
– No, cayó sobre mi rostro. El segundo me dio en el hombro y el tercero aterrizó sobre mi cabeza.
Robert rió.
– Menudo espectáculo debió de ser.
– Cierto. Naturalmente, Joshua casi se parte en dos de la risa. Y su hilaridad aumentó cuando los huevos empezaron a secarse. ¿Tiene idea de lo incómodo que es tener huevo seco sobre el rostro?
– Me temo que no. Aunque he sufrido a menudo que me arrojen huevos, ha sido siempre estrictamente en sentido figurado, y no en el literal.
– Bueno, pues es de lo más incómodo -le informó-. Le aconsejo fervientemente que lo evite.
– Y ese fallo que le acarreó el tener un huevo sobre el rostro… ¿fue deliberado?
Le pareció que la joven se encogía de hombros.
– Fue un escaso precio a pagar por verle sonreír. Y ahora, el final del espectáculo… -Lanzó las bolas muy altas, dio una rápida vuelta sobre sí misma y las recogió hábilmente.
– Bravo -exclamó Robert, aplaudiendo-. Muy bien.