Выбрать главу

«¿Dónde diablos estás, Redfern?»

Hizo rodar la copa de cristal entre las palmas de las manos y el ambarino licor ondeó ligeramente. En su mente se fue formando un plan y lentamente movió la cabeza asintiendo. Sí, si no recibía noticias de ese canalla antes de que acabara el día, tendría que ocuparse en persona de asunto.

Lester Redfern observó a la señora Brown y a un caballero acomodarse en el interior de un elegante carruaje negro lacado, tirado por un brioso par de caballos grises. Entraron en el parque y luego desaparecieron de su vista. ¡Ya era hora que saliera de la casa!

Se palpó la chaqueta. La pistola y el cuchillo estaban en su sitio Apretó los labios con decisión. Se caló el sombrero y se dirigió hacia la mansión.

7

Allie se hallaba sentada sobre un curvado banco de piedra en Hyd Park, bajo la sombra de un enorme sauce. Respiró hondo, pero no con siguió calmarse.

No debería haber ido al parque.

Oh, cierto, el tiempo era magnífico. Una cálida brisa estival le arremolinó el cabello, y retazos del sol de la tarde se filtraban entre la hojas, formando estrechas sombras sobre el suelo. A lo lejos veía briosos caballos y elegantes carruajes que recorrían lentamente el parque y damas y caballeros distinguidos que paseaban por los caminos empedrados.

A menos de diez metros se hallaba el carruaje que los había llevad allí. El cochero se estaba ocupando de las yeguas grises y les ofrecía sendas zanahorias que había sacado del bolsillo. Aunque no podía negar que había disfrutado del trayecto en coche, el aire fresco y el sol, tampoco podía negar que la presencia de lord Robert la intranquilizaba de una manera cada vez más alarmante. A pesar de todos sus esfuerzos para evitarlo, el joven le estaba despertando sentimientos que había creído enterrados hacía mucho. Pasar más tiempo en su compañía, cada vez más agradable, era una mala idea. Aun así había sido incapaz de resistir la invitación a dar una vuelta por el parque.

Alzando una mano enguantada para protegerse los ojos del sol, contempló al lacayo junto al carruaje entregar a lord Robert lo que parecía ser una pequeña bolsa. Luego lord Robert caminó hacia ella, con la bolsa en la mano y una sonrisa en los labios.

Allie intentó apartar la mirada, pero fue incapaz. Él se movía grácilmente, y sus fuertes piernas, enfundadas en botas, devoraban la distancia que los separaba. Un sonido de pura admiración femenina se le formó en la garganta. Cielos, era absolutamente atractivo. Sin duda, docenas de corazones femeninos debían de rendirse ante su puerta. Las ropas, hechas a medida, se le ajustaban perfectamente y le acentuaban las musculosas piernas y los anchos hombros… hombros de los que recordaba perfectamente el calor y la fuerza.

Allie apretó las manos sobre el regazo y se obligó a alejar la tentadora imagen. Odiaba sentirse tan consciente de él. ¿Qué fallo de su carácter o qué debilidad de su espíritu la dominaba y no le permitía borrar a ese hombre de su mente? Sólo con pensar en él sentía cosquilleos recorriéndole la piel. Y tenía una manera de mirarla que la hacía sonrojarse y sentirse confusa. Y anhelante. La forma en que él reía un instante y al siguiente la miraba con la expresión más seria, la confundía.

«El problema es que se parece mucho a David.»

Esa idea la dejó perpleja. ¿Era realmente ése el problema? ¿O quizá sería la aún más desconcertante posibilidad de que no fuera exactamente como David? Cierto que en muchas cosas, como su fácil encanto o los secretos que parecían destellar en sus ojos, sí que eran iguales; pero en otros aspectos no se parecía nada a su difunto marido. No mostraba la impaciencia de David. Y aunque lord Robert era solícito con ella, no la hacía sentirse una inútil y frágil pieza de porcelana, como era el caso de David en muchas ocasiones. Y la facilidad con que se reía de sí mismo, bueno, eso era algo que David jamás hubiera hecho. Sí, si fuera exactamente como David, Allie sabría cómo protegerse contra él. Pero eran esas diferencias lo que más notaba.

Repentinamente se dio cuenta de lo que estaba haciendo y se quedó helada. Dios, estaba buscando excusas para… para que le gustara. Estaba racionalizando la atracción imposible y no deseada que sentía hacia él. Estaba convenciéndose de que era aceptable.

Tenía que parar. Inmediatamente. Ya había dejado que un hombre encantador y atractivo le arrebatara el corazón y eso casi la había destruido. Nunca volvería a permitirse ser la víctima de otro hombre o de parecidos sentimientos.

– ¿Está lista? -La voz de lord Robert la devolvió a la realidad. Se hallaba ante ella, con una amplia sonrisa en el rostro-. Ésta es la versión favorita de mis sobrinos. Mire.

Dejó la bolsa en el banco junto a ella, luego metió las manos y extrajo dos grandes puñados de lo que parecían ser migas de pan. Luego puso los brazos en cruz y abrió las manos con las palmas hacia arriba.

– ¿Qué está haciendo? -preguntó Allie, curiosa a pesar de sí misma-. Parece un espantapájaros.

– Usted mire y ya verá.

Tres palomas descendieron volando. Una se posó sobre el brazo derecho de lord Robert y las otras dos sobre el izquierdo, y comenzar a picotear las migas de pan que tenía en las manos.

Sin poder evitarlo, Allie se echó a reír.

– Ahora sí que parece un espantapájaros… y uno con muy poco éxito.

– Estoy a punto de tener aún menos éxito -repuso él sonriendo.

Varios pájaros más se unieron a la diversión, y en menos de un minuto, el elegante lord Robert Jamison tuvo los brazos y los hombros cubiertos de palomas arrullando. Cuando Allie ya pensaba que no podía caber ni un pájaro más, un palomo especialmente gordo se colo sobre el elegantísimo sombrero de lord Robert.

– ¡Oh, Dios! -Una explosión de risa incontrolable surgió de el y se apretó las mejillas con las manos-. Me parece que el del sombrero se está colocando para quedarse.

– Sin duda. ¿Le gustaría probar?

Allie apretó los labios.

– Gracias, pero no soy muy aficionada a las migas de pan, y verdad, no creo que le quede sitio, ni en los brazos ni en el sombrero para mí.

Lord Robert se rió, y varias palomas agitaron las alas.

– Son muy delicadas. Tome un puñado de migas y únase a nosotros.

Instantáneamente se le ocurrió que David nunca, nunca, le hubiera propuesto una cosa así. Y su desaprobación le hubiera impedido a ella hacerlo.

«David ya no está. Puedo hacer lo que me venga en gana.»

Con un aire casi desafiante, Allie se puso en pie, metió las manos en la bolsa y sacó dos puñados de migas. Luego puso los brazos en cruz como había hecho lord Robert.

– Prepárese -dijo él riendo-. Aquí vienen.

Una gorda paloma se posó sobre el brazo derecho de Allie y empezó a picotear cuidadosamente las migas de su mano enguantada. -¡Oh!

Sin darle tiempo a recuperarse de la sorpresa, dos más se colocaron sobre su otro brazo. Un avasallador impulso de reír se apoderó de ella, pero trató de contenerse para no asustar a los pájaros. Sin embargo, sus esfuerzos fueron en vano y comenzó a reír. Las grises plumas se agitaron, luego se calmaron rápidamente; los pájaros no se preocupaban porque su percha riera.

– Me gustaría que Elizabeth estuviera aquí -dijo Allie-. Me encantaría que plasmara este momento en su libreta de dibujo. ¡Está usted tan divertido con esa paloma en el sombrero!

– Usted también está bastante cómica. Una se dirige hacia el suyo.

– Oh. -Sintió el peso del ave al posarse sobre su cabeza, y la hilaridad la consumió. Poco a poco, el manto de preocupaciones le resbaló de los hombros y cayó al suelo. Rió hasta que le dolieron los costados y las lágrimas le rodaron por las mejillas. Dios, ¿cuánto tiempo había pasado desde la última vez que riera así? ¿Desde cuándo no había disfrutado tanto? Años… aunque parecían décadas.