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Robert lanzó una mirada a la pareja del sofá y su irritación se multiplicó inmediatamente al observar el atractivo rubor que reñía las mejillas de la señora Brown.

– Es muy amable por su parte decir eso, lord Shelbourne -murmuró la joven.

Maldición, ¿qué diantre habría dicho Shelbourne? Estaba tan contrariado que se lo había perdido. Sin embargo, no se perdió la susurrada respuesta de Shelbourne.

– Por favor, llámame Geoffrey. -Una sonrisa lenta y admirativa, similar a las que Robert había visto a Shelbourne lanzar a numerosas mujeres, se dibujó en el rostro del conde-. No veo ninguna razón para comportarnos con tanta formalidad, ¿no crees? ¿Y puedo llamarte Alberta?

– ¡Dios, pero qué hora es! -exclamó Robert, poniéndose en pie de un salto y sacudiéndose de los pantalones las migas de las galletas, que Thorndyke despachó inmediatamente-. No tenía ni idea de que fuera tan tarde. De verdad que tengo que irme. Una cita importante, ya sabes.

La señora Brown pareció sorprenderse, pero rápidamente agarró su bolso de rejilla. Shelbourne se puso en pie y lanzó a Robert una mirada que sin duda intentaba ser agradable, pero que no acababa de ocultar la irritación que había en sus ojos.

– Si debes irte, Jamison, no te retendré, claro. Pero no hay ninguna necesidad de que la señora Brown se vaya tan pronto. Estaré encantado de acompañarla a su residencia en cuanto nos hayamos conocido un poco más.

«Apuesto a que sí.»

Dibujando una sonrisa que imitaba a la de Shelbourne, Robert negó moviendo la cabeza con aire apesadumbrado.

– Una oferta muy generosa, Shelbourne, pero me temo que es imposible. La cita es de la señora Brown, y por lo tanto debe estar presente.

Shelbourne lo miró fijamente durante unos instantes. Robert mantuvo una expresión completamente neutra. Sin duda, el conde hubiera deseado discutir el asunto, pero se volvió hacia la señora Brown, que se había puesto en pie y esperaba junto al sofá.

Shelbourne le tomó la mano, se la llevó a los labios y le plantó un beso excesivamente largo en la punta de los dedos, aumentando la irritación de Robert en varios grados.

– Estoy desolado de que debas marcharte tan pronto -dijo Shelbourne- pero estoy encantado de que nos hayan presentado. No es muy frecuente que mi hogar sea honrado con la presencia de semejante belleza.

Robert tuvo que contener el impulso de arrastrar a Shelbourne a la calle y presentarle a los adoquines. Con la cabeza por delante. El canalla estaba mirando a la señora Brown como si fuera un trozo de tarta azucarada al que quisiera mordisquear.

Tomándola del brazo con un aire posesivo que hizo que Robert apretara los puños, el conde se dirigió con la señora Brown hacia el vestíbulo.

Como la anchura del pasillo sólo permitía el paso de dos personas, Robert se vio obligado a avanzar detrás.

– Me encantaría continuar con nuestra conversación… Alberta. ¿Me harías el honor de permitirme acompañarte a la ópera esta noche?

– Muchas gracias -repuso Alberta calladamente-, pero como estoy de luto, me temo que no puedo aceptar.

«Ja! Mira, ¿no ves que está de luto, depravado? Así que será mejor que le eches el ojo a otra.»

La ópera, claro. Robert conocía lo suficientemente bien a Shelbourne para saber que la música era la última cosa que tenía en mente. Reconocía ese brillo concupiscente en los ojos del conde.

«Pues claro que lo reconoces -le replicó su conciencia-. Es el mismo que aparece en tus propios ojos al mirar a la encantadora señora Brown.»

Su irritación aumentó un grado más y envió a su conciencia al diablo. Sí, ella le despertaba deseos concupiscentes. Pero, como mínimo, él sabía cómo debía comportarse. Shelbourne, Robert estaba convencido, no se lo pensaría dos veces. Sí, a diferencia de Shelbourne, él no iba a hacer notar su deseo a una mujer que aún lloraba a su difunto marido. No, él calmaría esos anhelos con una amante.

Frunció el ceño. Palabrería. Él no tenía una amante en ese momento. Había estado demasiado ocupado buscando una esposa.

Bueno, simplemente redoblaría sus esfuerzos para encontrar esposa y entonces le presentaría sus deseos concupiscentes a ella. Encontraría una hermosa jovencita inglesa, se casaría con ella y…

En ese momento, la señora Brown se volvió hacia él y sus miradas se encontraron. El efecto fue como un golpe en sus partes bajas. Apretó la mandíbula, aceptando la verdad como si fuera el toque de difuntos. Iba a ser muy difícil buscar una esposa cuando ni siquiera podía pensar en otra mujer que no fuera la que lo estaba mirando en ese mismo instante.

En su estudio privado, Geoffrey apartó el cortinaje color rojo borgoña y contempló el carruaje que se llevaba a Jamison y a la señora Brown hasta que desapareció de su vista. Por primera vez en lo que le habían parecido décadas, se permitió un suspiro de alivio.

Ni el comportamiento ni la conversación de la señora Brown habían dado a entender que ella conociera su secreto. Por supuesto, podría tratarse de una actriz consumada, pero una vez que el anillo estuviera en su poder lo que ella supiera no tendría la menor importancia. Él haría desaparecer la evidencia. Y ataría los cabos sueltos.

En ese momento vio a Lester Redfern, que caminaba con paso decidido hacia la casa. Hablando de cabos sueltos…

Oh, sí. En cuestión de minutos, el anillo sería suyo y la pesadilla que lo había perseguido durante tanto tiempo llegaría a su fin.

– No sabía que tuviera ninguna cita -dijo Allie mientras el carruaje avanzaba lentamente por las atestadas calles. Lo cierto era que habría contradicho a lord Robert en su obvia mentira si no hubiera estado tan ansiosa por marcharse. Sin duda tendría que haberse sentido halagada por el obvio interés del apuesto conde, pero todo lo contrario, sus atenciones le habían resultado repulsivas.

– Claro que no -contestó él mientras una sonrisa infantil le iluminaba el rostro-. Esta cita es una sorpresa.

Dios, qué difícil era resistirse a esa sonrisa, pero debía hacerlo. Por su propia tranquilidad.

– Me temo que no me gustan mucho las sorpresas -replicó ella tensa-. ¿Adónde nos dirigimos?

– A ningún lugar siniestro, señora Brown, le doy mi palabra. Simplemente he concertado una cita para usted con la modista. Pensé que desearía reemplazar los vestidos que le destrozaron.

El rubor cubrió las mejillas de Allie. El cielo sabía que no deseaba pasarse las próximas semanas y meses con sólo dos vestidos, pero no podía permitirse comprar otros nuevos. Y qué humillante sería tener que admitirlo ante él, especialmente después de ese gesto tan amable y considerado.

– Aunque ha sido muy gentil por su parte -dijo, alzando la barbilla-, me temo que mis fondos de viaje son limitados.

– No sé cuál es el precio de la ropa en América, pero creo que encontrará que aquí en Londres es bastante barata. Sobre todo las lanas. Será por todas esas ovejas paseándose por el campo.

Aunque sospechaba que sus respectivas consideraciones de lo que era barato serían muy diferentes, una chispa de esperanza se despertó en su interior. Si eso era cierto, quizás al menos pudiera permitirse un traje nuevo.

El carruaje se detuvo.

– Ya hemos llegado -exclamó lord Robert con una sonrisa encantadora-. Veamos las fabulosas oportunidades que madame Renée nos ofrece.

Geoffrey miró el anillo que reposaba en la palma de su mano, luego alzó la mirada para fijarla en Redfern.

– Aquí lo tiene -dijo Redfcrn-. Lo había cosido a las enaguas. Un buen lugar para esconder algo. Pero no lo suficientemente bueno. -Se agarró las solapas de la chaqueta y se balanceó sobre los talones, con una sonrisa satisfecha dibujada en el rostro.

– ¿Dónde está la caja? -preguntó Geoffrey con una voz totalmente controlada.