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– ¿Caja? -La sonrisa satisfecha desapareció.

– La caja del anillo. -Sintió que le comenzaba un lento martilleo tras los ojos-. También tenías que recuperar la caja que va con él.

– Estaba el anillo en una caja?

– Sí, pero…

– ¿Y dónde está la caja? -Pronunció cada una de las palabras claramente, intentando alejar la niebla roja que empezaba a nublarle la vista.

– Supongo que debe de seguir en el dormitorio de la señora Brown.

– Te la dejaste.

Una sombra de inquietud cruzó el rostro de Redfern ante el tono glacial de Shelbourne, pero luego puso una mirada desafiante.

– Me la dejé -aceptó-. Saqué el anillo para asegurarme de que esta vez se trataba del maldito anillo, y tiré la caja al suelo como la basura que era. Estaba toda oxidada y abollada, no era para nada una caja que hiciera juego con un anillo como ése. No me dijo nada de una maldita caja oxidada y abollada. «Consigue el anillo y la caja que hace juego con él», fue lo que me dijo. -Clavó un grueso dedo en la palma de Geoffrey-. Y aquí tiene su maldito anillo. No había ninguna caja a juego. -Alzó la barbilla-. Yo he cumplido mi parte y ahora le toca a usted cumplir la suya. Quiero mi recompensa. Y la quiero ahora.

Los dedos de Geoffrey se cerraron alrededor del anillo, con el frío metal clavándosele en la palma, para evitar agarrar a Redfern por el cuello. Con estudiada indiferencia, avanzó hasta la chimenea y luego se agachó para acariciar afectuosamente a Thorndyke.

– Dime, Redfern, ¿aprecias tu vida? -le preguntó en un tono suave y amistoso.

Al no recibir respuesta, miró a Redfern, que permanecía inmóvil v silencioso como una estatua cerca de la vidriera, con las mandíbulas apretadas.

– Claro que la aprecio -respondió Redfern finalmente-. Pero no voy a cargar con la culpa de esto. Debería haber sido más específico respecto a esa maldita caja.

– Recuerda con quién estás hablando, Redfern, y vigila tu tono y tu lengua insolente. -Geoffrey se obligó a respirar hondo para calmar la furia que sentía-. Es evidente que he sobrestimado tus capacidades.

– No es así. Sólo son algunas circunstancias desafortunadas…

– Que te han hecho fallar, sí, ya lo has dicho. Bueno, pues permíteme que te explique algo, e intentaré hacerlo de manera que puedas entenderlo. Quiero la caja en la que estaba el anillo. No recibirás nada de mí hasta que la tenga. Si no consigues traérmela, morirás. -Después de una última palmada a la cabeza de su mascota, Geoffrey se irguió-. ¿Alguna pregunta?

Un músculo del mentón de Redfern le tembló.

– No, milord.

– Excelente. -Inclinó la cabeza hacia la puerta-. Willis te acompañará a la salida.

En cuanto Redfern hubo salido del estudio, Geoffrey se dirigió al escritorio, tratando de mantener un paso tranquilo y mesurado. Sacó una llavecita de plata del chaleco y abrió el último cajón. Luego, abrió el puño y dejó que el anillo cayera dentro. Éste golpeó la madera con un ruido seco. Geoffrey volvió a cerrar el cajón y guardó la llave.

Se dirigió a las licoreras y se sirvió un coñac. Le desagradó notar que le temblaban las manos, lo que le hizo derramar algunas gotas ambarinas sobre la alfombra. Se bebió el potente licor de golpe, tragándose con él la obscenidad que amenazaba con surgirle de la garganta. El impulso de romper algo, de tirar algo, de destruir algo con sus propias manos, casi lo ahogó, y se apresuró a servirse otra copa. Luego apretó las manos sobre el cristal para que no le temblaran.

«Calma. Debo mantener la calma.»

Con el segundo coñac ardiéndole en las entrañas, comenzó a sentirse un poco más equilibrado y recuperó el control que el imbécil de Redfern casi le había hecho perder.

La caja. El pánico se apoderó de él. Cerró los ojos, intentando dominarlo, obligándose a pensar de manera racional y a planear el siguiente movimiento.

¿Habría descubierto la señora Brown el secreto de la caja? ¿Cuánto sabía exactamente? Al parecer no sabía nada sobre su secreto, pero tenía que estar seguro. ¿Y si no lo sabía, no podría aún enterarse de la verdad? ¿Y si descubría el fondo falso de la caja ahora que ya no tenía el anillo? ¿Y si le daba la caja a alguien? ¿O la tiraba y uno de los sirvientes la encontraba? La única manera en que podía asegurarse de que su secreto nunca viera la luz era destruir con sus propias manos la caja y su contenido oculto.

Aun así, ¿por qué la señora Brown no le había devuelto la caja? ¿Se había percatado de su valor? ¿Intentaría chantajearle? Pero si era así, ¿por qué no le había pedido nada aún? ¿O era ése su plan, tomarse su tiempo, como un animal acechando a su presa, esperando para atacar?

«Intenta volverme loco.»

Bueno, pues no lo iba a lograr. Y no iba a dejar su futuro en las manos de Redfern. Tenía que pasar a la acción. Inmediatamente.

Volvió al escritorio, sacó una hoja de papel vitela color marfil y escribió una breve nota:

Querida Alberta,

No puedo decirte lo mucho que he disfrutado con nuestra conversación de esta mañana, y cuánto valoro los esfuerzos que has realizado en mi favor en relación con el anillo de los Shelbourne. Aunque el anillo haya desaparecido, me pregunto si quizás hubiera estado en el interior de una caja. Otras piezas de la colección Shelbourne se guardan en cajas diseñadas especialmente para cada una de ellas, y se me ha ocurrido que el anillo podría haber estado en una de esas cajas. De ser así, me gustaría mucho tenerla, como recuerdo.

Me sentiría honrado si quisieras acompañarme durante la cena esta noche a las ocho. Eso nos proporcionaría la oportunidad de conocernos mejor, y podrías traer la caja, suponiendo que exista.

Esperando ansiosamente tu respuesta,

Se despide

GEOFFREY HADMORE

Selló la carta y llamó a Willis.

– Encárgate de que la entreguen inmediatamente -le dijo, dándole la misiva-. El mensajero deberá esperar la respuesta.

Cuando Willis salió de la sala, una fría determinación se apoderó de Geoffrey. O él o Redfern conseguirían esa maldita caja. Y al día siguiente a esa misma hora, Alberta Brown ya no sería un problema.

9

Dos horas después de dejar a la señora Brown en las expertas manos de madame Renée, Robert regresó a la tienda de la modista. Un tintineo de campanillas sobre la puerta anunció su llegada. Había pasado esas horas con su abogado. Una vez seguro de que la reconstruida herrería florecía y de que la familia de Nate tenía una situación económica adecuada, sintió que su culpabilidad disminuía ligeramente.

La parte delantera de la tienda de madame Renée estaba vacía. La señora Brown y madame Renée debían de hallarse en la parte trasera, porque sabía, por visitas previas con Caroline y con su madre, que allí era donde se hallaba la zona de las pruebas y los arreglos, además de dos grandes salas de costura. Se sacó el sombrero y optó por quedarse de pie en vez de intentar acomodarse en una de las terriblemente poco confortables sillas de la tienda. Le lanzó una mirada siniestra a un pequeño taburete acolchado de terciopelo lavanda. Sabía por experiencia que sus posaderas rebosarían por los costados del asiento. Dios, ¿cómo se las arreglaban las mujeres para colocarse sobre un mueble tan ridículo? Parecía diseñado para un canario y no para un ser humano.

Se paseó entre las balas de coloridas telas y se fijó en un satén de color azul zafiro. Sabía que ése rea el colorfavorito de Caroline y tomó notal mentalmente de mencionárselo. Había pasado ante telas rayadas y lisas, ante cuadros y estampados, cuando una tela de brillante color bronce llamó su atención. Se detuvo y pasó la mano sobre el lujoso material. Seda, excepcionalmente fina y delicada. Y el color… atrevido, pero aun así delicado, de relucientes tonos dorados. Era realmente extraordinaria.

Una imagen apareció en su mente… ella… con un vestido confeccionado con esa tela, el color resplandeciendo contra su blanca piel, acentuando el marrón dorado de sus ojos y el castaño profundo de su cabello.