Como si sólo con pensar en ella pudiera traerla a su presencia, la señora Brown entró en la sala a través de un arco que llevaba a la parte trasera. Madame Renée llegó tras ella. La aguda mirada de la modista se posó sobre las balas de seda donde aún reposaba la mano de Robert.
– ¿No es trés magnifique? La seda más fina, y iel color! -Madame Renée se besó la punta de los dedos con gesto teatral.
La mirada de la señora Brown cayó sobre la tela, y Robert captó el brillo de nostalgia que le cruzó los ojos.
– Maravillosa -exclamó con un suspiro-. Pero no para mí.
– ¿Ha encontrado algo que le agrade? -preguntó Robert, alzando la mano de la fina seda.
Antes de que la señora Brown pudiera responder, madame Renée alzó las cejas.
– ¿No dudaría usted de que madame Renée pudiera ayudarla? -exclamó.
Robert alzó las manos en un gesto de rendición.
– No. Nunca.
– Lo cierto es que he tenido mucha suerte -explicó la señora Brown-. Madame tenía dos vestidos negros de sarga que alguien había encargado y después cancelado.
– Muy molesto -dijo madame, chasqueando la lengua en señal de disgusto-. Pero mi desgracia ha sido la suerte de madame Brown. Como el cliente canceló el pedido, estoy obligada a venderlos con mucho descuento. Los vestidos requieren sólo unos arreglos mínimos y se los enviaremos hoy mismo.
Robert se sintió decepcionado, pero no sorprendido, de que la señora Brown hubiera elegido comprarse vestidos negros. Su mirada regresó involuntariamente a las balas de broncínea seda. Estaría imponente…
Se sacudió mentalmente. Dios, verla aún más imponente era lo último que necesitaba. Ciertamente sería más inteligente, y le iría mucho mejor, imaginarla con un saco pasado por la cabeza que con un vestido escotado de aquella fina tela.
Después de despedirse de madame Renée, subieron al carruaje.
– Lamento que haya tenido que esperar tanto -se disculpó la señora Brown mientras se sentaban sobre el asiento tapizado de terciopelo gris-. Había pensado en comprar tal vez un vestido, pero los precios eran tan razonables que me decidí a comprar dos. -Le regaló una media sonrisa, y el corazón de Robert, de forma bien ridícula, le golpeó dentro del pecho en respuesta-. Muchísimas gracias por traerme aquí.
– Ha sido un placer. Y no se disculpe por hacerme esperar. Sólo ha sido una pequeña parte de lo que suelen tardar normalmente Caroline y madre. He empleado el tiempo en ocuparme de varios negocios que requerían mi atención. Y hablando de negocios… aparte de ver a Shelbourne, ¿había alguna otra cosa que necesitara hacer en Londres?
– No. Mis negocios aquí han finalizado.
– Entonces le propongo que partamos hacia Bradford Hall mañana por la mañana. Eso permitirá que le entreguen los vestidos y nos dará tiempo suficiente para preparar el equipaje, y a mí a despachar alguna correspondencia de la que necesito ocuparme. ¿Aprueba este plan?
– Sí, me parece perfecto.
– Excelente. Y también nos deja libre el resto de esta hermosa tarde para disfrutar. Dado que hace un tiempo excepcional, he pensado que le agradaría visitar Vauxhall.
La señora Brown le lanzó una mirada pícara.
– ¿Vauxhall? ¿Es una raza de palomas que anidan en sombreros?
– No. Es un jardín al otro lado del Támesis. Acres de caminos con sombra, y especialmente hermoso en esta época del año, con tantos arbustos en flor. ¿Le gustaría ir allí?
– Me gustan mucho las flores. Una visita a Vauxhall me parece… encantadora.
Otra sonrisa rozó los labios de la joven, y el pulso idiota de Robert se lanzó al galope.
«Encantadora -repitió su voz interior mientras su mirada se paseaba por el rostro de la mujer-. Eso es exactamente lo que pienso yo.»
Mientras caminaban por el ancho camino de gravilla, Allie aspiró el aire fresco, con olor a tierra, y luego exhaló un suspiro de placer. Olmos señoriales se alineaban a ambos lados del paseo y formaban un delicioso baldaquín de sombras a través del cual se filtraban los delgados rayos de sol. Los pájaros saltaban de rama en rama, trinando canciones estivales.
– A esto se le llama el Gran Paseo -explicó lord Robert-. Paralelo a él, a la derecha, está el Paseo Sur, y el Paseo del Ermitaño a la izquierda. Más adelante llegaremos al Paseo del Gran Cruce, que se extiende por todo el parque. Allí torceremos para ir hacia la Arboleda.
– ¿Y qué es?
– Una plaza circundada por los principales paseos. -Señaló hacia los árboles-. La puede ver allá a lo lejos, donde están aquellos pabellones. También hay una columnata por si el tiempo se vuelve inclemente, y docenas de reservados para cenar.
– Y la gente viene aquí por la noche para pasear entre los árboles iluminados y cenar… Parece una idea muy agradable.
– Lo es, y también hay entretenimientos. Orquestas, cantantes, fuegos artificiales, representaciones de batallas, fiestas espléndidas. Hace varios años vi a una mujer llamada madame Saqui caminando sobre la cuerda floja, a veinte metros de altura, con el acompañamiento de una exhibición de fuegos artificiales.
– Parece maravilloso. Y excitante. -Miró hacia lo alto y se fijó en los cientos de lámparas en forma de globos que había en los árboles. Debe de ser muy hermoso cuando las lámparas están encendidas.
– Fascinante. Elizabeth dice que es como si hadas luminosas reposaran en los árboles. -Miró a Allie y sonrió- ¿Quizá le gustaría regresar esta noche? ¿Para contemplar el esplendor nocturno del parque?
Allie dudó por un instante. La idea de ver las luces, de oír la música, era increíblemente atractiva.
Pero podía imaginarse con facilidad la intimidad y el románticismo de un lugar así. Y la tentación del hombre que se hallaba junto a ella…
En la tienda de madame Renée casi había sucumbido a la tentación de derrochar sus escasos fondos en algo con colorido, o incluso en un tono pastel, y en el fondo de su corazón sabía que incluso más que el placer de llevar puesto algo bello lo que deseaba era que él la contemplara hermosamente vestida. Pero había resistido, a duras penas. Los vestidos negros eran lo más barato, y servían para desanimar las atenciones masculinas, como habían hecho durante los tres años anteriores. Si además sumaba el hecho de que su corazón latía a triple velocidad con sólo pensar en pasear con él en la oscuridad, con las lámparas de los árboles como única Iluminación… No, no era una buena idea.
– Muchas gracias, es muy amable por su parte, pero necesitaré esta noche para preparar el viaje de mañana.
Le pareció ver alivio en los ojos de Robert. ¿Sentiría también él esa misma turbadora sensación que la tenía prisionera? ¿Se habría dado cuenta de la locura que sería estar los dos solos en la oscuridad?
Torcieron una esquina y un macizo de rosales llamó su atención.
– Creo que nunca había visto una abundancia así de rosas de colores -dijo, agradecida por poder cambiar de tema. Un capullo de rosa especialmente vivo atrajo su atención, y se detuvo para inclinarse y oler su aroma.
– Espere a ver los jardines de Bradford Hall. Son realmente espectaculares y contienen miles de rosas. Siempre que capto el aroma de esta flor, me vienen a la memoria Caroline y mi madre. Ambas usan ese perfume.
Allie se incorporó y recuperó su lugar junto a él.
– Entiendo perfectamente lo que quiere decir, hay aromas que se asocian con ciertas personas. Siempre que huelo a pan recién hecho, pienso en mamá. El olor a tabaco me recuerda a papá. Y si aspiro el perfume de las lilas, pienso en…
– Elizabeth -dijeron ambos al unísono, y luego rieron.
Lord Robert le sonrió brevemente y eso hizo que el corazón de Allie aleteara dentro de su pecho.
– Siempre que huelo a cuero -dijo él-, sobre todo una silla de montar de cuero, pienso en mi padre. Mi primer recuerdo es estar sentado delante de él en su caballo Lancelot. Padre era un jinete experto, e increíblemente paciente. Nos enseñó a todos a cabalgar, incluso a Caroline.