Sus palabras expresaban un indudable cariño.
– Cuénteme más cosas de su padre.
Toda huella de diversión se fue borrando lentamente del rostro de lord Robert, dejando en su lugar una evidente melancolía.
– No sé muy bien cómo describirlo excepto diciendo que era un gran hombre, y noble de un modo que no tenía nada que ver con su título. Era muy respetado por los otros nobles, su esposa lo adoraba y sus hijos lo amábamos. Era estricto, pero razonable. Generoso con su tiempo, su dinero y su cariño, y justo con sus arrendatarios. Le costaba enfadarse y reía con facilidad, y a diferencia de muchos otros hombres de su posición, estaba muy unido a su familia.
Los dedos de Allie le apretaron ligeramente el brazo sobre el que reposaban.
– Al parecer era una persona maravillosa.
Lord Robert asintió con un movimiento de cabeza.
– William, Austin y yo… siempre quisimos emularlo, incluso de niños. Creo que aún hoy lo intento. Sé que lo hago, aunque si consigo ser la mitad del hombre que él era, me podré dar por contento. -Hizo una pausa de varios segundos y después prosiguió-: Su muerte fue tan repentina, tan inesperada… tan terriblemente sorprendente. Parecía tener una salud perfecta, pero su corazón de repente… se paró.
La emoción que le empañaba la voz hizo que algo creciera en el interior de Allie… compasión, pero también algo más que no podía acabar de definir. Algo perturbador. Hasta ese momento, había creído que lord Robert no era un hombre serio, que sólo era frívolo y despreocupado. Pero la manera en que hablaba de su padre, o de querer ser como él, indicaba una profundidad de carácter que ella no había creído que poseyera. Una profundidad que resultaba peligrosamente atractiva.
– ¿Sabe usted? -prosiguió lord Robert, haciéndola volver a la realidad-, mi padre le propuso matrimonio a mi madre aquí, en Vauxhall. Era la historia favorita de mi familia, y se contaba todos los años para el aniversario. -Señaló hacia un banco de piedra situado bajo un majestuoso olmo-. Padre juraba que estaban sentados en ese banco. En cambio, madre siempre le corregía y decía que fue en un banco cerca del límite norte del parque. -Rió por lo bajo-. Continuamente se tomaban el pelo sobre eso, y era una discusión que siempre acababa con padre guiñándole el ojo a madre y diciéndole: «Lo que importa no es dónde se lo pedí, sino que la dama me dijo que sí.»
Allie no pudo evitar sonreír ante la tierna imagen que esas palabras habían dibujado en su imaginación. La tristeza nostálgica que vio en los ojos de lord Robert la llamaba, le pedía que la reemplazara con la pícara hilaridad que se había acostumbrado a encontrar en ellos.
– Muy romántico. Muy diferente de mis padres. -Acercándose más a él, como si fuera a confiarle el asunto muy privado, le preguntó en voz baja-: ¿Puede guardar un secreto?
– Naturalmente -repuso él, enarcando las cejas.
– Mi madre fue la que se declaró a mi padre.
Lord Robert la miró varios segundos, luego, como ella esperaba, se dibujó una sonrisa en su rostro.
– No me diga.
Allie se llevó la mano libre al corazón.
– Le digo la verdad, caballero. Mamá y papá se conocían y se amaban desde la infancia. El verano en que mamá cumplió los diecisiete años, esperó y esperó a que papá se le declarase, pero él estaba aguardando el momento perfecto. Mamá decidió que podía hacerse vieja antes de que el momento perfecto de papá se presentara, así que tomó el asunto en sus manos y le pidió el matrimonio.
– Evidentemente, él dijo sí.
– Cierto, aunque papá todavía dice que se sintió muy contrariado de que le robara su gran momento romántico, a lo que mamá siempre le responde: «Si hubiera esperado, Henry, podríamos no estar casados aún. Y entonces me tendría que haber casado con Marvin Blakely.» -Se rió y prosiguió-: Y entonces es cuando papá murmura por lo bajo algo poco halagador sobre Marvin Blakely. Luego él y mamá se sonríen con lo que yo llamo su sonrisa especial… Ésa que hace evidente que aún se aman, después de todos estos años.
Él se detuvo, y ella tuvo que imitarle. Una sombra de sorpresa se paseaba por los ojos de lord Robert.
– Mis padres también intercambiaban a menudo ese tipo de mirada -explicó-. Podían estar en una habitación atestada de gente, Pero de repente parecía como si estuvieran solos. Como si nadie más existiera.
– Sí, ésa es exactamente la mirada.
Se quedaron en medio del camino, mirándose, y de nuevo, como había hecho el día anterior, Allie hubiera jurado que había algo entre ellos. Un entendimiento sutil e íntimo, tácito pero no por ello menos real.
Se obligó a apartar la mirada y movió la cabeza suspirando.
– Lo lamento mucho por su madre. Debe de ser terrible perder a un marido al que se ama tanto…
Allie sintió que él daba un respingo y lo miró. Lord Robert la observaba con una extraña expresión.
– Pues claro que usted puede entender lo que se siente… -murmuró él. No le preguntó «¿no es cierto?», pero Allie oyó claramente esa pregunta en su voz, la vio en su expresión.
Sintió que el rubor le cubría las mejillas y comenzó a caminar de nuevo, apartándose de la mirada penetrante e inquisitiva de lord Robert, temerosa de que él leyera la verdad en sus ojos.
Aunque no podía negar que amaba a David cuando murió, el descubrimiento de su auténtico carácter había apagado su amor como si fuera la llama de una vela. Intentó traer a su mente la imagen de David, para obligarse a recordar lo que nunca quería volver a soportar, pero el apuesto rostro que apareció ante ella no fue el de David.
«Dios, ayúdame.»
Cerró los ojos con fuerza, intentando borrar la imagen de lord Robert, pero no lo consiguió. Él ocupaba completamente sus pensamientos. Peor aún, Allie sospechaba que si bajaba la guardia aunque fuera un segundo, también ocuparía su corazón.
Robert, aliviado por haber regresado a la mansión, le entregó el sombrero y el bastón a Carters. No podría haber resistido ni un solo minuto más encerrado con la señora Brown en aquel carruaje, aspirando su hipnótico perfume floral y devanándose los sesos sin encontrar nada que decir. Casi todo el trayecto desde Vauxhall habían estado en silencio, Robert sentado frente a ella, cohibido como un escolar.
Demonios, habían disfrutado de una buena camaradería durante el paseo, pero de repente se había desvanecido en el aire y había sido reemplazada por una tensión que emanaba de ella en en grandes oleadas. En parte, había anhelado romper esa tensión, pero por otra parte se decía que era mejor de esa manera. Porque cuanto más hablaba con ella, cuanto más compartía con ella, más encantadora le resultaba.
La voz de Carters le arrancó de sus pensamientos.
– Mientras han estado ausentes, ha llegado un paquete para la señora Brown procedente del establecimiento de madame Renée. Lo he hecho colocar en el dormitorio. -Metió la mano en el bolsillo, sacó una carta sellada y se la entregó a la señora Brown-. También ha llegado esto. Hay un chico que espera para llevar una respuesta a lord Shelbourne.
Los hombros de Robert se tensaron. ¿Qué querría ahora Shelbourne? Con una señal de agradecimiento hacia Carters, la joven rompió el sello y leyó el contenido de la carta. Un repiqueteo resonó en el vestíbulo, y para su irritación Robert se dio cuenta de que era su propia bota golpeando impaciente el suelo de mármol. Pasó casi un minuto mientras ella leía en silencio. ¿Qué demonios le había escrito Shelbourne? ¿Toda una novela?
Se aclaró la garganta e intentó adoptar un tono indiferente, que contrastaba marcadamente con la irritación que sentía.
– Espero que no sean malas noticias.
La señora Brown alzó la vista del papel.
– Lord Shelbourne desea que cene con él esta noche en su casa.