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Robert apretó los puños. ¡Por todos los demonios! Estaba claro que ese canalla buscaba asediarla en la intimidad de su casa, ya que ella había rechazado su invitación para aparecer en público. Bueno, la señora Brown no era una tonta e ingenua jovencita. Naturalmente que adivinaría las intenciones de Shelbourne y lo rechazaría.

– ¿Puedo utilizar el carruaje esta noche?

Robert se la quedó mirando. Por mucho que intentaba evitarlo, no podía contener los celos que lo invadían. Tampoco el dolor. Maldición, ella había rechazado su invitación para esa noche a Vauxhall. No importaba que en el mismo instante en que las palabras habían salido de sus labios se hubiera arrepentido de invitarla. La intimidad del lugar hubiera sido una pura tortura para él, y había sentido un gran alivio cuando la señora Brown rechazó la invitación, pero lo de Shelbourne…

– ¿Tiene intención de aceptar? -preguntó, mucho más fríamente de lo que pretendía-. Creía que necesitaba esta noche para prepararse para el viaje de mañana.

– La verdad es que es cierto, pero no puedo rechazar la invitación del conde. Véalo usted mismo -le respondió, tendiéndole la carta.

Robert leyó las escasas líneas, y notó que se le tensaba el mentón al pasar por la frase «oportunidad de conocernos mejor».

– ¿Tienen la caja de la que habla?

– Sí. Supongo que se la debería haber llevado esta mañana, pero no se me ocurrió hacerlo. Lo más seguro es que me hubiera deshecho de ella al hacer la maleta esta noche. Es una caja oxidada y abollada por encima. Me alegra especialmente poder devolvérsela, sobre todo porque no le puedo devolver el anillo.

– Así que desea aceptar la invitación sólo para devolverle una caja oxidada y abollada.

– Sí. Lo considero un asunto de honor. ¿No lo haría usted?

– Sí, supongo que sí -admitió él, con un humor levemente mejor-. Sin embargo, debo advertirle que Shelbourne tiene… una cierta fama con las mujeres. -Casi se atragantó ante esa benigna descripción, pero no veía la necesidad de predisponerla en contra del conde con la pura verdad: que Shelbourne era un libertino hastiado sin ningún escrúpulo en lo referente a las mujeres. Pero si resultaba ser necesario, le diría toda la verdad-. Elizabeth no me perdonaría si permitiera que usted estuviera a solas con alguien que puede manchar su reputación. Por lo tanto, insisto en acompañarla.

La señora Brown pareció aliviada.

– Muchas gracias. Porque aunque siento que debo ir, no tengo ningún deseo de cenar a solas con el conde.

Humm. Estaba claro que Shelbourne era el único en desear que se conocieran mejor. Excelente. Y aunque no era muy correcto invitarse a cenar, en esas circunstancias no tenía alternativa. Y saber que eso irritaría aún más a Shelbourne le animó mucho.

– Entonces enviaré una respuesta diciéndole que espere a dos invitados. -Consultó su reloj-. Tenemos casi dos horas antes de tener que partir. Como estaremos fuera esta noche, sugiero que usemos este tiempo para prepararnos para el viaje de mañana.

– Un plan excelente. -Con una pequeña inclinación de cabeza, la señora Brown comenzó a subir las escaleras y desapareció de su vista al torcer por el pasillo que llevaba a su dormitorio.

Robert se dirigió al estudio de Austin, con la intención de usar su papel de carta. Tenía que enviarle la respuesta a Shelbourne. Y después tenía otra carta que redactar, mucho más importante.

Allie entró en el dormitorio y se dirigió directamente hacia la cómoda de caoba. Alzó la oxidada caja y se la puso en la palma de la mano.

– Estaré encantada de perderte de vista -le susurró a la abollada caja-. En cuanto te haya devuelto, seré libre.

Por fin David y todo el daño que causó serían exorcizados de su vida, aunque sospechaba que aún le quedarían unos cuantos demonios rondando.

Incluso así, un profundo alivio la invadió. Finalizada su misión, podría disfrutar de su visita a Elizabeth. Seis maravillosas semanas en la campiña inglesa, con nada más apremiante que hacer que ponerse al día con su amiga de la infancia y dejar atrás los últimos retazos de su pasado. Luego regresaría a América…

Para nunca volver a ver a lord Robert.

Esas inoportunas palabras aparecieron en su mente sin ser llamadas. Completamente irritada porque de nuevo él se hubiera entrometido en sus pensamientos, volvió a dejar la caja sobre la cómoda, pero evidentemente con más energía de la que pretendía, porque oyó un ligero chasquido.

Alzó la caja de nuevo, examinó la superficie pulimentada de la cómoda y comprobó con alivio que no le había causado ningún daño. Luego puso la caja a la altura de los ojos.

El fondo parecía estar separándose. Intentó ponerlo en su lugar apretando ligeramente, pero en cuanto hizo presión, toda la caja se abrió en dos partes.

– Oh, Dios. -Contempló las piezas consternada, un sentimiento que rápidamente fue reemplazado por el de sorpresa. Al parecer, una de las partes era un fondo falso. Con un papel doblado oculto en un pequeño hueco.

10

Allie fue hacia la luz del sol poniente, que aún entraba por la ventana, y miró con el ceño fruncido el papel amarillento oculto en el doble fondo. ¿Sería algo que había pertenecido a David? Dispuesta a descubrirlo, sacó el papel con cuidado y lo desdobló. Podía ver que había algo escrito, pero estaba muy desvaído. Acercó el papel a la luz e intentó descifrar las palabras. Parecían ser de una lengua extranjera que era incapaz de reconocer. Aunque ella no era una experta, no creía que se tratase de francés, español o latín.

Contempló la nota de nuevo. ¿Podría ser que estuviera escrita en gaélico? David conocía esa lengua. Muchas veces, en momentos de pasión, le había susurrado en la oscuridad palabras románticas y hechiceras que ella no entendía. Era gaélico, le había dicho él. Frases que había aprendido en sus numerosos viajes a Dublín, cruzando el mar de Irlanda desde su Liverpool natal.

Sintió una consternación que no tenía nada que ver con el haber roto la caja. Si esa nota tenía algo que ver con David, era posible que aún no pudiera dejar atrás su pasado. La tentación de volver a doblar la nota y meterla de nuevo en la caja, o mejor aún, de destruirla, de tirarla al fuego, casi la abrumó.

«Nadie lo sabrá»

Esas palabras resonaron en su mente con irresistible persuasión. «Nadie lo sabrá.» ¿Qué importaba si la nota tenía que ver con David? Estaba muerto. No le debía nada.

«Destrúyela. Nadie lo sabrá.»

Pero algo la retenía. Nadie lo sabría, excepto ella misma. Y por mucho que deseara que no fuera así, su conciencia, por no hablar de su curiosidad, no la dejaría tranquila si al menos no intentaba descifrar el contenido de la nota. Y tal vez no tuviera nada que ver con David. Quizá perteneciera a lord Shelbourne, a quien, después de todo, pertenecían el anillo y la caja. Y si esa nota era propiedad del conde, entonces no podía destruirla. Debía devolvérsela.

Pero que David hablara gaélico, junto con todo lo demás que sabía sobre él… No, no podía negar la posibilidad real e inquietante de que la nota estuviera de alguna manera relacionada con su difunto marido.

Exhaló un inquieto suspiro. Descubrir el contenido significaba tener que enfrentarse a la posibilidad de que esa nota pudiera aportar información sobre la gente a la que David había timado. Y si conseguía descifrar las palabras, si era realmente una lista de las víctimas de su marido, entonces tendría que…

¡No! La palabra resonó en su cerebro, y se apretó las sienes con los dedos. Que Dios la ayudara, pero no podía pasar más tiempo reparando sus daños; pero, por otra parte, ¿cómo podía dejar de hacerlo? Sin embargo, la sola idea de soportar más estrecheces económicas y humillaciones personales como las que había aguantado durante los últimos tres años, y sobre todo cuando el final parecía estar tan cerca, la dejaba sin aliento.