Sin esperar a Willis, Robert abrió la puerta y avanzó a grandes zancadas por el camino hasta el carruaje.
Desde la estrecha ventana del vestíbulo, Geoffrey vio partir el carruaje. Humm. Estaba claro que Jamison sentía algo por la señora Brown. Una pena. La mujer no iba a permanecer mucho tiempo en este mundo. Y si Jamison se cruzaba en su camino, sus días también estarían contados.
11
En el mismo momento en que el carruaje se detuvo ante la mansión Bradford, Robert supo que algo no iba bien. Parecía como si todas las lámparas y velas de la casa estuvieran encendidas, porque la luz escapaba por todas las ventanas. Antes de que la señora Brown y él hubieran recorrido la mitad del camino adoquinado que llevaba a la entrada, las dos hojas de la gran puerta de roble se abrieron. Carters apareció bañado de luz, con los rasgos, normalmente inexpresivos, marcados por la inquietud.
Robert sintió temor. ¿Y ahora qué? ¿Le habría pasado algo a Elizabeth? ¿Al bebé? Casi propulsó a la señora Brown hasta el vestíbulo.
– ¿Qué pasa? -preguntó a Carters, obligándose a no sacudir al hombre por las solapas-. ¿La duquesa?
– No, lord Robert. -Una furia inconfundible brilló en los ojos de Carters-. Pero alguien ha intentado robarnos de nuevo.
– ¿Hay algún herido?
– No, señor. Y tampoco se han llevado nada. El villano trató de entrar en la habitación de la señora Brown por el balcón, pero se asustó cuando Clara se puso a gritar. Acababa de preparar el lecho de la señora Brown y se estaba ocupando del fuego cuando la vidriera que da al balcón se abrió. Y ahí estaba, vestido de negro de los pies a la cabeza, según ha dicho ella. Nunca en toda mi vida he oído a una mujer gritar así. Nos asustó a todos, claro, pero peor fue el susto que se llevó la pobre Clara.
– ¿Y luego qué ha pasado? -preguntó Robert.
– Fui el primero en llegar al dormitorio, y me encontré con Clara gritando y blandiendo el atizador. Al parecer había asustado al villano, que saltó por la barandilla hasta el suelo. Para cuando conseguí enterarme de lo que había pasado, el tipo ya había desaparecido.
– ¿Dónde está Clara ahora?
– Se ha acostado, señor. La cocinera le preparó una tisana para calmarle los nervios. Casi se desmaya después, pero Clara nos ha salvado de otro robo.
– Ciertamente -murmuró Robert-. ¿Cuándo ha ocurrido?
– No más de media hora después de que ustedes partieran, señor. En cuanto dejé a Clara con la cocinera, envié a buscar al magistrado. El señor Laramie habló con Clara y luego se marchó. Me pidió que le dijera que le informaría de cualquier novedad, y que me asegurara de que todas las puertas y ventanas estuvieran cerradas. He registrado toda la casa. Estamos seguros.
– Muchas gracias, Carters. -Robert se volvió hacia la señora Brown, que había permanecido en silencio durante su conversación con Carters. Estaba tan inmóvil como una estatua, con el rostro sin color y los ojos convertidos en dos estanques gemelos de inquietud. Robert notó el ligero temblor que le agitaba el labio inferior y la manera en que se retorcía las manos.
Ocultaba algo, maldición, y él ya estaba más que harto. No la había presionado la noche anterior, pero esa noche las cosas serían diferentes.
– Creo que debemos tener otra conversación, señora Brown -dijo suavemente.
Allie estaba ante la chimenea del salón, mirando fijamente las llamas, tratando de absorber el calor para alejar el frío que le había calado hasta los huesos al oír las inquietantes noticias de Carters.
Dios, no se había acabado. El anillo, la caja. Ya no los tenía, pero aún había alguien que quería algo de ella. O simplemente que la quería… fuera de escena.
Se agarró las manos con fuerza, pero fue incapaz de detener el temblor que las sacudía. No podía recordar una época de su vida en la que se hubiera sentido más asustada. O más sola. Y no sólo asustada por su propia seguridad. El peligro no la amenazaba únicamente a ella. Lord Robert ya había resultado herido, y la casa había sido asaltada y robada. Si iba a Bradford Hall, ¿sería posible que su presencia pusiera en peligro a Elizabeth y a su familia?
No podía correr ese riesgo. Sin duda, lo mejor sería que se volviera a América. Inmediatamente. Su corazón se oponía a esa idea, pero no podría perdonarse si alguien más resultara dañado por su culpa. Y a causa de su conexión con David. Porque ésa era la única explicación posible. La persona que quería algo de ella tenía que ser alguien del pasado de David. Alguien que la había seguido desde América. La invadió una sensación de amargura.
«Así que ahora vas a robarme algo más, David. La oportunidad de ver a Elizabeth.»
Lágrimas ardientes le llenaban los ojos. Dios, se sentía tan sola, era un punzante dolor que nunca antes había experimentado. Y estaba muy cansada de estar sola.
– ¿Se encuentra bien?
La profunda voz de lord Robert sonó directamente a su espalda. Se volvió y se encontró mirando a unos ojos no tan cargados de furia como había esperado, pero sin duda preocupados.
Lord Robert extendió los brazos y le colocó las manos sobre los hombros. El calor de sus amplias palmas atravesó la tela del vestido.
– Es evidente que no se encuentra bien -dijo con suavidad-. Y también es evidente que pasan más cosas de las que me ha explicado. -Apretó las manos y su voz adquirió un tono más seco-. Sea lo que sea, no sólo la pone a usted en peligro, sino también a mí y a todos los que están en casa de mi hermano. No quiero que nadie resulte dañado.
– Yo tampoco lo quiero -murmuró ella-. Y por eso, lo mejor que puedo hacer es regresar a América. En el primer barco disponible.
Lord Robert pareció quedarse helado durante unos instantes. Una mirada indescifrable le cruzó los ojos y sus dedos le apretaron los hombros con más fuerza.
– No -dijo con tono enfático-. Eso no sería lo mejor. Podemos resolver el problema. Quien sea que esté detrás de todo esto será arrestado. Mientras tanto, Bradford Hall es un lugar muy seguro, y en cuanto lleguemos, me ocuparé de que se tomen medidas de seguridad especiales.
La convicción de lord Robert le hizo dudar de su decisión. Dios sabía que no quería marcharse. Claro que si se fuera, no se vería obligada a revelar los humillantes detalles de su matrimonio. Podría poner rumbo hacia su hogar sin que él los llegara a conocer.
Lord Robert la sacudió ligeramente por los hombros, para captar su atención.
– Debe abandonar la idea de partir. No sólo Elizabeth nunca me lo perdonaría si la dejara irse, sino que usted no puede realizar ese viaje sola. Si después de ver a Elizabeth, sigue decidida a acortar su estancia en Inglaterra, lo arreglaremos para que alguien le haga compañía durante el viaje. -Los atractivos ojos azul oscuro de lord Robert se clavaron en los de Allie-. Pero usted no me parece la clase de mujer que huye.
Esa afirmación le pareció tanto un cumplido como un reto, y fortaleció su decisión de no permitir que David le robara nada más. Los argumentos de lord Robert para convencerla de que permaneciera en Inglaterra eran sólidos, mientras que la idea de partir la llenaba de una sensación dolorosa a la que no sabía poner nombre.
– Me quedaré -declaró. En cuanto esas palabras cruzaron sus labios, sintió como si se hubiera sacado un gran peso de encima.
Lord Robert se vació los pulmones con una larga exhalación, y aflojó las manos, que la agarraban por los hombros.
– Excelente. Pero ahora debe explicarme qué está pasando. Le prometo hacer todo lo posible para proteger tanto a usted como a mi familia, pero no podré lograrlo si no lo sé todo.
Todo. Tenía razón, naturalmente. Había más cosas en juego que su propia seguridad. Su silencio colocaría a lord Robert en una peligrosa situación. En realidad, ya lo había hecho. Si le ocurriera alguna otra desgracia…