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No. No podía permitir que eso sucediera.

Lord Robert volvió a sacudirla ligeramente por los hombros.

– Déjeme ayudarla. Confíe en mí.

Allie reprimió la carcajada sacástica que se le formaba en la garganta. Pero aunque se mofara de la idea de confiar en él, su corazón le recordaba que aquel hombre se había mostrado digno de confianza, al menos en lo referente a protegerla. La había rescatado de sus raptores y había velado por ella desde su llegada.

«Déjeme ayudarla.» Allie cerró los ojos un instante. Tener un aliado… alguien con quien hablar. En quien confiar. En quien poder apoyarse. Pero ¿qué pensaría lord Robert de ella cuando supiera la verdad? La idea de ver el calor y la admiración desvanecerse de sus ojos la entristeció. Pero le debía la verdad. Puesto que la seguridad de lord Robert estaba amenazada, no tenía otra alternativa.

– Es una historia bastante larga -dijo. Lord Robert la siguió mirando inmutable.

– Dispongo de todo el tiempo que necesite. -Le soltó los hombros y le apretó suavemente las manos para tranquilizarla-. Venga. Sentémonos. -La acompañó hasta el sofá. En cuanto se sentaron, Allie lanzó un largo suspiro.

– ¿Elizabeth le ha contado algo sobre… mi marido?

Lord Robert pareció sorprendido.

– No. Sólo que había muerto.

– ¿Le mencionó cómo había muerto?

– No. Supuse que de algún tipo de enfermedad.

– David murió en un duelo. -Deseaba apartar los ojos para escapar de la penetrante mirada de lord Robert, pero se obligó a seguir mirándolo directamente-. Lo mató el marido de su amante.

Fue evidente que lord Robert tardó varios segundos en asimilar esas palabras, pero su reacción de sorpresa fue inconfundible. Incapaz de soportar la compasión que vio formarse en sus ojos, Allie se puso en pie y comenzó a recorrer la sala de arriba abajo.

– Yo no tenía ni idea -prosiguió Allie-. Un instante pensaba tener un marido que me amaba tanto como yo a él, y al siguiente descubro que está muerto. Antes de poder asimilar la noticia, me enteré de que me había sido infiel… casi desde el momento en que nos casamos.

En cuanto hubo comenzado, las palabras parecieron brotar de ella como si hubiera abierto una herida supurante y el veneno se estuviera derramando.

– Aún no me había recuperado de aquel golpe cuando averigüé que el adulterio era el menor de los pecados de David. Mientras recogía sus pertenencias, encontré su diario. Lo leí y descubrí con qué clase de hombre me había casado.

Allie se apretó el estómago con las manos para intentar calmar el temblor interno que sentía.

– Era un ladrón. Un chantajista. Un criminal. En el diario había una lista, muy detallada, de cientos de objetos que había robado y luego vendido. Y de las sumas que había extorsionado. -Una nueva oleada de dolor la recorrió al recordar y sintió que se le tensaba la garganta-. Me enfermó. Literalmente, me enfermó. Todas las comodidades de las que había disfrutado siendo su esposa, nuestra hermosa casa, los muebles, mi exquisito vestuario, todo lo había conseguido a expensas de otra gente.

Se volvió hacia lord Robert y extendió las manos.

– No lo sabía -susurró-. No lo sabía. Y cuando lo descubrí, ese conocimiento casi acabó conmigo. Tantas emociones se mezclaron en mi interior que pensé que iba a perder la razón. Pasé una semana entera encerrada en mi alcoba. Primero llorando por lo que había perdido, mi marido, mi seguridad, mi futuro. Luego llorando por haber sido una idiota. Había confiado en David absolutamente, con todo mi corazón. Y él me había engañado por completo. Había engañado a todos. Excepto a Elizabeth. Ella intentó avisarme. Me advirtió de que no lo conocía lo suficiente, pero no la quise escuchar…

Se detuvo el tiempo suficiente para respirar hondo varias veces, y luego prosiguió:

– Después de una semana de lágrimas y autocompasión, no lo resistí más. Entonces la rabia reemplazó a la pena. Rabia hacia mí misma por ser una idiota ingenua. Y hacia David por todos sus engaños y sus mentiras.

Se volvió hacia lord Robert y continuó paseando por la sala, mientras las palabras fluían cada vez más rápidas.

– En cuanto dejé de sentir lástima por mí, decidí que no dejaría, que no podía dejar que David me robara el respeto hacia mí misma. Había robado todo lo demás, pero no iba a quedarse con eso. Y únicamente existía una manera de que llegara a sentirme bien en mi piel de nuevo. Decidí devolver todo el dinero que David había robado.

»Con ese fin, poco a poco fui vendiéndolo todo. La casa, los muebles, mis joyas y finalmente hasta mis vestidos. En cuanto se vendió la casa, me trasladé. Los chismes y el escándalo que rodearon la muerte de David a manos del marido de su amante… bueno, no se puede imaginar lo mucho que me amargaron la vida. Me instalé en un pueblo en las afueras de Boston. David había vivido en esa ciudad varios años, y según constaba en su diario la mayoría de la gente a la que había robado residía por aquella zona. Vivir cerca me permitió asegurarme de que el dinero llegaba a aquellos a los que necesitaba devolvérselo. Como Brown es un apellido muy corriente y no dije a nadie que el nombre de mi difunto esposo era David, todo el mundo me trataba con el respeto debido a una joven viuda. Ganaba un poco de dinero cosiendo. Con esa independencia y con la sensación de hacer algo útil para reparar el daño que David había causado… comencé a sanar.

Los recuerdos acudieron a su mente. Las modestas habitaciones donde vivía. Las largas noche que finalmente dejaron de parecer tan vacías. El respeto a sí misma regresando lentamente cuando, uno a uno, iba pagando anónimamente a las víctimas de David.

– Encontré un objeto entre las pertenencias de David -continuó- que no mencionaba en el diario. Era una cajita oxidada que contenía un anillo con un escudo de armas. Me pareció raro que no hubiera consignado ese objeto, sobre todo por la meticulosidad con que había anotado todos los bienes que había robado. Candelabros, joyas, cajitas de rapé. Con la excepción de una docena de objetos, lo vendía todo en cuanto lo robaba, por lo que yo sólo podía devolver el dinero que había conseguido por ellos y no los objetos. -Se le escapó una risa sin alegría-. Aunque no podía explicarme por qué no se mencionaba ese anillo en el diario, tenía muy buenas razones para suponer que era robado. De ser así, quería devolvérselo al verdadero propietario. Y si en realidad pertenecía a David, pensé en venderlo y luego donar el dinero para caridad. Quería deshacerme de todo lo de él.

Dejó de pasear y miró a lord Robert. Éste seguía sentado en el sofá, inclinado hacia delante, con los brazos apoyados en las piernas y las manos entrelazadas, mirándola intensamente. Había preguntas rondando en su mirada, pero permaneció en silencio, esperando a que ella continuara su relato.

Allie se aclaró la garganta y, caminando de nuevo, prosiguió.

– Consulté con un experto anticuario de Boston, pero sólo pudo decirme que el anillo era antiguo, de origen inglés y que probablemente pertenecía a alguien de la nobleza. Lo que significaba, naturalmente, que David debía de haberlo robado antes de zarpar hacia América. Dejé el anillo para lo último y decidí combinar mi búsqueda del propietario con una visita a Elizabeth. Me costó tres largos años localizar y pagar a las víctimas de David, pero finalmente lo logré. Lo único que me quedé fue el anillo de casada, que ya no llevaba puesto, y las ropas de luto, que llevaba puestas todos los días. No podía permitirme comprar otros vestidos, y el negro mantenía a raya a cualquier posible pretendiente. Y tanto el anillo como el vestido me servían para recordarme diariamente lo que había perdido… y eran una dura advertencia de no permitirme nunca más llegar a una situación similar. -Se detuvo ante la chimenea y miró las llamas con los puños apretados contra los costados-. Nunca más -susurró fervientemente-. Nunca más.