– Me refería a indignada conmigo. Por ser tan estúpida como para amar a un hombre así. Por no ser capaz de ver su verdadero carácter.
– No, Dios, no. -Extendió los brazos y la tomó por los hombros-. Usted no hizo nada malo. Usted fue la víctima, de una forma muy cruel. Siento la mayor admiración por usted, por la forma en que ha compensado a las víctimas. Es usted muy valiente.
Una carcajada seca y sarcástica salió de entre los labios de la joven.
– ¿Valiente? Estoy aterrorizada constantemente. Insegura de… todo.
– Pero sigue adelante. Tratando de hacerlo lo mejor posible. Ser valiente no significa no tener miedo, significa superar esos miedos. Ir hacia delante a pesar de esos miedos. Enfrentarse a ellos. -Al ver que ella seguía sin parecer convencida, Robert prosiguió-: No puedo decirle lo mucho que admiro su fuerza. Todo lo que ha luchado para compensar crímenes que no eran suyos.
Había confusión en los ojos de Allie.
– Retornar cosas que no eran mías y devolver dinero que David había robado, para eso no hace falta fuerza.
– ¿De verdad? Sinceramente, ¿cuánta gente cree usted que hubiera hecho lo mismo? ¿Sobre todo si se hallasen al borde de la miseria? -La mirada de Robert recorrió el encantador rostro de la joven, sus pálidas mejillas, y el corazón le dio un vuelco-. Creo que es la mujer más valiente y más fuerte que he conocido jamás. Y le doy mi palabra que quien sea que está detrás de esos accidentes, raptos y robos será atrapado. No permitiré que nadie más le haga daño.
Múltiples expresiones pasaron por el rostro de Allie al mismo tiempo. Sorpresa. Duda. Inseguridad. Y finalmente gratitud. Pero todas ensombrecidas por una vulnerabilidad que hacía que Robert deseara rodearla con sus brazos y protegerla de quien fuera lo suficientemente estúpido para intentar lastimarla de nuevo. El labio inferior de Allie temblaba ligeramente, y la mirada de Robert se dirigió hacia la boca… su carnosa y hermosa boca.
El deseo lo golpeó con fuerza, ineludible. Era tan dolorosamente hermosa. Un rubor repentino cubrió las mejillas de Allie. Era evidente que había reconocido el ansia que ardía en la mirada de, Robert.
Éste permaneció inmóvil durante segundos, ofreciéndole la oportunidad de alejarse de él, pero ella continuó donde se hallaba. Aquel atractivo rubor lo llamaba como el canto de una sirena, y lentamente, como en un trance, Robert alzó la mano y le rozó suavemente la mejilla con la yema de los dedos.
Terciopelo. Su piel era como terciopelo color crema. ¿O era el satén más suave? ¿O seda? No lo sabía, pero la piel de la joven era sin duda de la más suave de las materias. Un ligero suspiro escapó de entre los labios de Allie, de nuevo llamando la atención de Robert hacia ellos. Y de repente, Robert no pudo pensar en ninguna razón que le impidiera ceder ante el deseo que lo había perseguido desde incluso antes de conocerla. Aquella mujer no estaba de luto por su marido… su corazón era libre.
Le pasó un brazo por la cintura y la acercó lentamente hasta que sus cuerpos estuvieron pegados. Los ojos de Allie se abrieron ligeramente, pero el asentimiento y el deseo que brillaban en las profundidades marrón doradas de sus ojos eran imposibles de confundir. Robert aspiró profundamente, y el perfume de la joven le envolvió como el aroma de un vino embriagador. Inclinó la cabeza y rozó con sus labios los de Allie.
«Por fin.»
Se lo tragó el mismo torbellino de emociones que había sentido en el muelle, y durante varios segundos fue incapaz de moverse, mientras las palabras resonaban en su cabeza. Si le hubiera sido posible, se habría reído de su intensa reacción. Dios, pero si casi ni la había tocado…
La atrajo con fuerza hacia sí. Ninguna mujer, jamás, le había hecho sentirse así. Era como si estuviera hecha precisamente para él y para nadie más. Allie se puso de puntillas y se apretó contra él, presionando sus magníficas curvas y haciendo que se desvaneciera cualquier tonta esperanza que Robert hubiera albergado de mantener el control. Un gemido le subió por la garganta. Le tocó la comisura de los labios con la lengua y Allie los abrió para él con un ronco suspiro que hizo que la sangre le ardiera en las venas.
Sabía como el vino caliente. Suave y cálida, deliciosa y estimulante. Mientras Robert exploraba los oscuros misterios de su boca, ella exploraba la de él con igual fervor, y sus lenguas se rozaban con una fricción exquisita. Una imperiosa necesidad, ardiente y cada vez más apremiante, lo atravesó, y si hubiera sido capaz de pensar con claridad, se habría horrorizado ante su falta de sutileza.
Dedos impacientes se hundieron en el cabello de la joven, haciendo saltar las horquillas, y una cortina de cabello con aroma a flores cayó sobre las manos de Robert. Suave, Dios, era tan suave. Y olía tan bien. El espeso cabello oscuro de Allie le ondeaba entre los dedos como fría seda, en sorprendente contraste con el fuego que ardía en su interior. Un fuego que la reacción de Allie no hacía más que avivar. Porque la boca de ella reclamaba la suya con la misma impaciencia. Porque sus manos se perdían en el cabello de Robert con la misma ansia.
Un gemido vibró entre ambos. ¿Suyo? ¿De ella? Que Dios le ayudara, pero ya no lo sabía. Desesperado por sentirla más, le deslizó las manos por la espalda hasta que abarcó con ellas las redondas posaderas de Allie. Todos sus músculos se tensaban en un anhelo de sentirla más cerca, y maldijo la barrera de ropa que impedía que sus pieles se tocaran.
Cuando recuperó algo parecido a la cordura, junto con un atisbo de delicadeza, no supo cuánto tiempo había durado aquel frenético apareamiento de labios y lenguas. Suavizó su beso, y de algún modo encontró la manera de separarse de sus labios y de explorar las delicias del fino cuello. Con besos ardientes la recorrió desde el mentón hasta la base del cuello, donde notó el acelerado pulso. Tocó ese punto con la lengua, saboreando el largo y profundo gemido que vibraba en el cuello de Allie.
– Esa fragancia -le susurró junto a la oreja-. ¿De qué es este increíble aroma que llevas? -Le atrapó el lóbulo entre los dientes y tiró suavemente.
– Madreselva -repuso ella con voz entrecortada y acabando con un ronco gemido.
Madreselva. Ese seductor aroma que se le había quedado grabado en la mente tenía un nombre. Madreselva. Demonios, si hasta sonaba seductor. Sensual. Como la mujer que tenía entre los brazos.
Lentamente, Robert alzó la cabeza y contempló a Allie. Brillantes mechones de pelo castaño le caían sobre los hombros con un salvaje abandono. Tenía los ojos cerrados y el rostro ardiente de excitación; los carnosos labios estaban húmedos e hinchados a causa de los frenéricos besos. La próxima vez iría más despacio, pensó Robert. La saborearía. Se tomaría tiempo para memorizar cada exquisito matiz. Sin duda estaría horrorizado por haberla casi devorado si no fuera por el hecho de que ella había sido tan voraz como él. Cierto, habían calmado su mutua hambre, pero la próxima vez…
¿Próxima vez? Se detuvo a considerar la importancia de esas palabras. Sí, próxima vez, porque sabía, sin la menor sombra de duda, que habría una próxima vez. La idea de no volver a tocarla… era impensable. Besarla había sido como regresar al hogar después de un largo viaje. Como encontrar refugio después de estar perdido bajo la tormenta. Cierto que había dudado, que incluso se había burlado de la posibilidad de que esa mujer le hiciera sentir ese algo especial. Pero, Dios, no podía seguir dudando o mofándose. Un simple beso lo había dejado prácticamente de rodillas. La deseaba. Con una fuerza que, literalmente, lo hacía temblar.
Los ojos de Allie se abrieron parpadeando, y Robert se tragó un gemido al ver su expresión lánguida y soñadora. Eran como terciopelo marrón y sus profundidades estaban cargadas de deseo. Por primera vez desde que podía recordar, Robert se hallaba sin palabras. Ninguna ironía, ninguna broma le tiraban de la lengua. Había sospechado, no, demonios, lo había sabido, que si la besaba no sería un simple beso.