Después de cerrar la puerta de la alcoba, Robert se apoyó contra el panel de madera y exhaló largamente. El exquisito gusto de Allie permanecía aún en su lengua, y el recuerdo de su aroma floral le excitaba los sentidos. Que Dios le ayudara, la deseaba. Y estaba decidido a tenerla.
Pero volvió a oír las palabras de la joven: «No quería decir que pensara que eras un criminal…»
Apretó los ojos para alejar la culpabilidad que lo atormentaba. ¿Qué diría, cómo reaccionaría, si llegara a enterarse de los crímenes de su pasado? Imágenes del incendio, del daño que había causado, de Nate, acudieron a su mente, y se pasó las manos por el rostro para alejarlas. Había negado ser parecido al ladrón de su difunto marido, y era cierto, pero ¿se creería ella eso si tuviera conocimiento de sus peores momentos?
Los años habían pasado, pero aún recordaba con total claridad aquella noche. Fue en un pub en las afueras de Londres. Recordaba su sorpresa al ver a Cyril Owens, el herrero del pueblo cercano a Bradford Hall. Cyril borracho, fanfarroneando ante un grupo de marineros sobre la muchacha que había poseído recientemente, y de cómo había utilizado su particular tipo de encanto para «convencerla». Asqueado, Robert se había alejado. Pero entonces Cyril había mencionado el nombre de la muchacha. Hannah.
Robert comprendió horrorizado a quién se refería. Hannah Morehouse, la hija de Nate. Nate Morehouse era algo más que uno de los mozos de cuadra más fieles de Bradford House, era mucho más que un simple sirviente. Robert lo admiraba y respetaba, lo consideraba un amigo. Recordó que Nate le había mencionado lo preocupado que estaba por Hannah, por lo callada y tímida que se había vuelto en las últimas semanas. Y Robert acababa de descubrir por qué.
El impulso de agarrar a Owen por el cuello y apretar fue muy fuerte, pero logró contenerse. Había formas mejores de servir a la justicia. Así que fue a ver a Nate y le explicó lo que había oído. Luego aseguró al desolado padre que él se encargaría de la situación, a su manera, y le juró que se haría justicia. Dios, había actuado como un joven estúpido e impetuoso.
«Todo por mi culpa…»
Se pasó las manos por el cabello y exhaló un largo suspiro. Se le hizo un nudo en el estómago al imaginar la reacción de Allie ante esa historia, especialmente dada su desastrosa experiencia con David.
Era un peligro que no estaba dispuesto a correr.
Aún no. Por supuesto, deseaba poder decirle la verdad. Deseaba no estar atado por una promesa. No podría evitar por siempre contarle la versión de la historia que todo el mundo sabía, pero seguramente podía retrasarlo un poco más.
Sí, seguro que no había nada malo en esperar un poco más.
12
Redfern cojeó por el camino empedrado que llevaba a la casa del conde, maldiciendo su mala suerte. Maldita fuera esa criada aulladora. De no haber sido por ella, ya tendría la puñetera caja. Y no un tobillo torcido por saltar desde el balcón. Y por si no fuera suficiente haber caído mal y haberse torcido el tobillo, además había tenido que ir a parar sobre un arbusto espinoso. Ahora le molestaba el tobillo, sus mejores pantalones y la chaqueta estaban llenos de agujeros y el trasero le dolía de muerte. ¿Había huesos en el trasero de un hombre? Porque si los había, seguro que se los había roto. Y todo por culpa de una criada gritona. Típica mujer. Nunca sabían cuándo callarse. Quizá cuando se hubiera librado de la pesadilla en que se había convertido ese trabajo, haría una visita privada a esa criada.
Pero por el momento el conde no estaría nada satisfecho de que hubiera fallado de nuevo. ¿Y para qué demonios querría ese trasto? Había pensado en la posibilidad de evitar al conde, de no presentarse hasta que tuviera la caja, pero decidió que lo mejor era informar a lord Shelhourne de que continuaba su búsqueda. De lo contrario, al conde se le podría meter en la cabeza matarlo primero y preguntar después.
«Mañana me haré con ella. Sin falta.»
Llamó a la gran puerta de doble hoja. El mayordomo de Shelbourne, Willis, abrió con los aires de superioridad de siempre. Redfern odiaba la forma en que ese pomposo tipo le miraba, con la cabeza tiesa, como si fuera su maldita majestad y él, Redfern, sólo un pedazo de basura enganchado a su zapato. Que el diablo se lo llevara, aquel tipo parecía desdeñar todos sus comentarios. ¡Y sólo era un sirviente! Bueno, en cuanto Redfern cobrara su recompensa, lo primero que haría sería contratar a un mayordomo elegante al que pudiera dar órdenes de malos modos.
Después de un cuarto de hora de espera, durante el que tuvo que estar de pie sobre su dolorido tobillo, porque a pesar de toda la cursilería de la elegante casita del conde, no había ni una silla en el maldito vestíbulo, finalmente Willis lo condujo por el corredor. Bueno, cuando Redfern cobrara su recompensa, la segunda cosa que haría sería comprarse una bonita casa y llenar el maldito vestíbulo de malditas sillas para que todo el maldito mundo pudiera sentarse. Sí, tendría una buena posición y nunca jamás recibiría órdenes de ningún noble estirado.
Segundos después, Willis abrió la puerta. Redfern le ofreció su mejor mueca de asco y entró cojeando sobre la alfombra. La puerta se cerró a su espalda con un ligero sonido.
El conde se hallaba sentado cerca de la chimenea en un sillón de cuero marrón, con una copa de coñac en una mano y la otra sobre la enorme cabeza de su mastín.lánto el conde como el perro lo contemplaron con ojos entrecerrados mientras avanzaba cojeando, y Rcdfern no estaba seguro de quién lo hacía sentir más incómodo, si el hombre o la bestia. No le gustaban los perros, sobre todo los perros que parecía que le podían arrancar un brazo de un solo mordisco. Shelbourne parecía adorar a aquella bestia monstruosa, porque siempre estaba acariciándolo. Incluso había oído al conde hablar dulcemente a la enorme bestia varias veces, con una estúpida vocecilla aguda que uno usaría con un perrito. Se permitió un encogimiento de hombros mental. No había forma de entender a los de alta alcurnia.
Redfern se detuvo delante del conde. El calor del fuego sólo alivió parcialmente el frío de intranquilidad que le atenazaba la espalda. No, el conde no parecía contento, y eso que aún no le había comunicado las malas noticias. Quizás esa visita había sido una mala idea.
– ¿Y bien? -preguntó el conde en aquel tono helado suyo.
– Tengo buenas noticias, milord -dijo, intentando dar un tono de seguridad a su voz-. La caja que quiere la tendrá mañana a esta hora. Tiene mi palabra.
– ¿De verdad? A no ser que intentes robarme a mí, no veo cómo será posible eso. Verás, Redfern, yo tengo la caja.
– ¿Usted? -repitió Redfern confuso-. ¿Cómo…?
– La señora Brown me la ha dado.
Aunque confundido, Redfern comprendió al instante las implicaciones de esas palabras. Relajó los hombros aliviado.
– Bueno, pues muy bien. Ya tiene lo que quería. Ahora, respecto a mi recompensa…
– Me temo que hay un problema, Redfern. Verás, la caja contenía un papel que quiero tener en mi poder. Y el papel ya no está en la caja, lo que me hace pensar que la señora Brown aún lo tiene.
– Por todos los demonios, ¿qué es esto? Primero quería el anillo. Luego la caja. Ahora ese papel. Pero ¿por qué diablos si lo que quería era ese papel, no lo dijo desde el principio? -Apretó las manos para contener un avasallador deseo de abofetear al conde-. Me culpa de haber fallado en el trabajo, pero ¿cómo espera que tenga éxito si no tengo la maldita información?
La mirada que el conde le clavó sin duda tenía intención de helarle la sangre, pero nada podía enfriar la furia que corría por dentro de Redfern.