– Lo quería todo -dijo el conde-. El anillo, la caja y el papel estaban juntos hasta que tú los separaste. Mi error fue suponer que serías lo suficientemente inteligente para cumplir una orden bien simple. -El conde tomó tranquilamente un trago de coñac y prosiguió-: Quiero esa nota, Redfern. Y me la vas a conseguir. ¿Lo entiendes?
– Entiendo -dijo, y pensó: «Pero ésta es la última maldita cosa que hago para tipos como tú.»
– Bien. La señora Brown parte mañana hacia la casa de campo de los Bradford, en Kent. Estoy seguro de que llevará la nota consigo.
Redfern dudó un instante. Maldita fuera, esperaba que el conde no le pidiera que leyera la maldita nota. Bueno, si lo hacía, se inventaría cualquier historia. Había llegado hasta donde estaba sin casi saber leer. Claro que el conde no sabía eso. Y no era asunto suyo, tampoco.
– ¿Cómo sabré que es el papel que está buscando? Ya sabe cómo son las damas, siempre guardando cartas y cosas así.
– Esa carta es vieja y tendrá muchas dobleces, para que pueda caber en la caja del anillo. La tendrá escondida en alguna parte, no la dejará a la vista. Tráeme la carta y te haré rico más allá de lo que pudieras soñar. Si fracasas… -El conde se encogió de hombros-. Creo que ya me he explicado claramente respecto a esa posibilidad.
Muy claramente. Aun así, Redfern se alegró ante las perspectivas. Iba a ser un hombre rico. Porque el maldito conde iba a tener que pagarle un rescate digno de un rey antes de que Redfern le diera la condenada carta.
Robert observó al extraño personaje que acudió a abrir la puerta de la casa de Michael Evers. Aunque adecuadamente vestido con las ropas de un sirviente, el hombre tenía más aspecto de asesino que de mayordomo, sin duda debido a los enormes músculos que se marcaban bajo la chaqueta negra, la cabeza rapada, la cicatriz que le cruzaba la frente en diagonal y el aro de oro que le colgaba de la oreja izquierda. Se le veía capaz de pulverizar una piedra sin siquiera sudar.
– Muy temprano para hacer visitas, ¿no? -aulló el gigante. Cruzó los gruesos brazos sobre el enorme pecho y miró a Robert desde su gran altura con una dura mirada de sus ojos negros.
Robert le entregó su tarjeta de visita, que se perdió en la enorme palma del tamaño de un jamón.
– Necesito ver al señor Evers inmediatamente.
Obsequió al mayordomo con su mirada más aristocrática, aunque resultaba terriblemente difícil mirar con altivez a alguien que le pasaba más de un palmo.
– Bueno, iré a ver si el señor Evers quiere hablar con usted -repuso el gigante, y le cerró la puerta en las narices.
Momentáneamente anonadado, Robert se quedó en el porche, sintiendo el fresco aire de la mañana a su alrededor. Luego se sintió divertido. Sin duda, Michael empleaba a un grupo de gente bastante pintoresco, tanto en su salón de boxeo como en su casa, y siempre parecía haber alguna que otra cara nueva. Aquel gigante le resultaba desconocido. Según recordaba, el último mayordomo de Michael había sido un tipo delgado como un palo y con un parche sobre un ojo.
Robert sabía que su amigo podía permitirse contratar a sirvientes profesionales, y también vivir en una residencia más lujosa, gracias a su lucrativa carrera. Pero Michael prefería vivir con sencillez, en una parte de la ciudad que, aunque decente, no era en absoluto elegante. Y en una ocasión le había explicado a Robert que le gustaba contratar a gente que necesitaba una segunda, y en algunos casos una tercera o una cuarta oportunidad. Un sentimiento noble y admirable, sin duda, y por otra parte Michael podía defenderse con facilidad de cualquier rufián que fuera lo suficientemente estúpido para intentar engañarle.
La puerta se abrió. Con un gesto de la cabeza, el gigante le indicó que entrara.
– Por aquí -gruñó, y condujo a Robert a través de un corto pasillo. Abrió una puerta y gritó desde el umbral-. Aquí está el tipo que quería verle.
Robert entró en la sala del desayuno. Michael lo miró por encima de una humeante taza de lo que, por el penetrante aroma, debía de ser un café muy fuerte.
– Buenos días, Jamison. Tienes un aspecto un poco mejor que la última vez que te vi.
– Y me siento mucho mejor.
– Entonces, ¿no te han vuelto a machacar la cabeza?
– No. Aunque sospecho que tu…, esto…, mayordomo se ofrecería voluntario.
– No te preocupes de Chafador. Ladra más de lo que muerde.
– Creo que no tengo ningún interés ni en que me ladre ni en que me muerda. ¿Debería tratar de saber por qué le llaman Chafador?
– Seguramente no. -Hizo un gesto a Robert para que se acercara-. Siéntate. Toma un poco de café. ¿Quieres algo de comer?
– No, nada, gracias. No puedo quedarme. Partimos para Bradford Hall en cuanto regrese a la mansión.
– ¿Partimos?
– Yo y Al… la señora Brown.
– ¿Sí? ¿Y cómo está la encantadora viuda? Totalmente recuperada, espero.
Para su irritación, Robert sintió que se le calentaba la nuca.
– Está muy bien.
Michael lo observó durante varios segundos con una mirada penetrante e inescrutable, luego movió lentamente la cabeza asintiendo.
– Así que es eso, ¿no? Lo sospechaba.
Robert ni siquiera intentó negarlo.
– Sí. Es eso. Pero corre peligro, no hay duda. Han pasado más cosas desde la noche en que la raptaron, y necesito tu ayuda.
Se sentó frente a Michael y le explicó los inquietantes acontecimientos que habían ocurrido desde la última vez que se habían visto: el robo, el otro intento de robo y finalmente el descubrimiento de la nota. Al final y después de remarcar la necesidad de discreción, sacó el delicado papel del bolsillo del chaleco.
– ¿Puedes leer esto? -le preguntó, entregando a Michael la misiva. Michael desdobló el papel con cuidado y luego pasó varios minutos examinando el contenido.
– Está escrito en gaélico -dijo-. Por desgracia, aparte de unas cuantas palabras, no sé ese idioma. Siempre he sido más un luchador que un erudito.
Robert se inclinó sobre la mesa y señaló a Michael las dos palabras que había descifrado.
– ¿No crees también que esto es «Evers» y esto el nombre de la ciudad donde naciste?
– Sí. -Una expresión intrigada inundó el rostro de Michael, y se acercó más al papel.
– ¿Reconoces alguna cosa más? -preguntó Robert.
– Parece que aquí pone «Brianne» -indicó Michael-. Ese nombre es muy extraño.
– ¿Extraño? La verdad, a mí me parece un nombre bonito.
– Lo es. -Michael lo miró, y en sus ojos había una mezcla de confusión y sospecha-. Es el nombre de mi madre.
Robert alzó las cejas y se rascó la barbilla.
– Muy extraño, cierto. Claro que seguramente hay miles de mujeres llamadas Brianne en Irlanda…
– Pero es muy curioso que mi apellido, la ciudad en la que viví y también el nombre de mi madre aparezcan todos juntos en esta nota -concluyó Michael. Unió las cejas en un gesto de preocupación-. Me pregunto si esto podría explicar…
Al ver que no proseguía, Robert le animó. -¿Explicar qué?
– No lo sé… probablemente no es nada.
– ¿Qué es lo que probablemente no es nada? -Como Michael continuaba en silencio, la paciencia de Robert se acabó. Por encima de la mesa, agarró a su amigo del brazo-. Maldita sea, Michael, ¿es que no te das cuenta de lo importante que es esto? Dímelo.
– Cuando era niño -dijo finalmente Michael después de otro largo momento de duda- solía decirle a mi madre que sus ojos eran «secretitos». Una palabra tonta e infantil, pero no sabía describir de otra manera lo que leía en ellos. Aún hoy no lo sé. Me dijo que todo el mundo tenía secretos… Y siempre me resultó evidente que ella tenía unos cuantos.
– ¿No pensarás que esta nota tiene algo que ver con tu madre? -Brianne es un nombre corriente, pero no recuerdo que nadie más se llamara así en nuestro pueblo. Por imposible que parezca, no puedo negar esa posibilidad. ¿Podrías tú?