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Robert se pasó los dedos por los cabellos.

– Supongo que no. ¿Tu madre entiende el gaélico?

– Sí. -Miró a Robert fijamente-. Me gustaría enseñarle esto. Entiendo el deseo de discreción de la señora Brown y tienes mi palabra de que no se lo enseñaré a nadie más que a mi madre.

Se miraron en silencio largamente, luego Robert asintió.

– De acuerdo. Pero me gustaría que este asunto se resolviera lo más rápido posible, antes de que ocurran más accidentes o cosas extrañas.

– Lo organizaré todo para partir hoy mismo.

Robert se puso en pie y le dio la mano a su amigo.

– Te lo agradezco.

– Te haré llegar la información a Bradford Hall en cuanto pueda. -Muchas gracias. Y Michael, ten cuidado.

Alzando con disimulo la vista del libro en el que había tratado de concentrarse durante las últimas horas, Robert se aventuró a mirar a su compañera de viaje. Ésta se hallaba sentada con perfecta compostura, sujetando un libro en el que parecía completamente absorta.

Robert ahogó un gruñido de contrariedad. Desde que se habían Sentado en el carruaje, Allie se había mantenido ocupada. Primero cosió minúsculos botones en diferentes pares de guantes, luego había sacado un aro de bordar con el que se había entretenido durante más de tres horas. Y finalmente tenía la nariz metida dentro de un libro. En dos ocasiones, Robert había tratado de iniciar una conversación, pero ella le había respondido con monosílabos, sin alzar la mirada de la costura o la lectura. Por fin, Robert había intentado dedicar su atención a su propio libro, con resultados muy pobres.

¿Cómo podía Allie concentrarse en tareas tan mundanas cuando lo único que podía hacer él era pensar en ella? El tacto de su piel. El sabor de su boca. Aspiró el perfume floral que emanaba de la piel de la joven… esa seductora madreselva, que le envolvía los sentidos. ¿Cómo era posible que mientras ella lo encontraba fácilmente resistible, él la encontrara completamente irresistible?

¿Y qué demonios estaría leyendo que pudiera resultar tan fascinante? Los dos habían tomado algunos volúmenes de la biblioteca de la mansión antes de partir, pero no le había preguntado qué había elegido. Se movió un poco hacia delante y trató de leer el título impreso en letras doradas sobre el lomo de cuero del libro. Los ojos se le abrieron de sorpresa.

Allie estaba leyendo La fierecilla domada.

Al revés.

Se quedó quieto y apretó los labios para contener la amplia sonrisa que amenazaba con dibujársele en el rostro. Era evidente que no estaba tan enfrascada en el Bardo como pretendía hacerle creer.

Mucho más animado, dejó de simular que leía. Cerró el libro, lo dejó a su lado sobre el terciopelo del asiento y se permitió mirarla larga y tranquilamente.

Allie iba vestida de los pies a la cabeza de un negro implacable. El vestido que llevaba era nuevo, y Robert supuso que era uno de los que había comprado a madame Renée. El color contrastaba con su piel color crema, y le daba un atractivo aire de delicadeza. El sombrero negro le ocultaba casi todo el cabello, y las manos de Robert sentían el deseo de desatar las cintas y sacárselo. Rememoró la sedosa textura de esos espesos mechones castaños entre sus dedos. Al tener los ojos bajos, fijos en las palabras invertidas, Robert pudo apreciar la longitud de las pestañas y las sombras de media luna que proyectaban sobre las suaves mejillas.

La mirada de Robert bajó hasta los labios y tuvo que ahogar un gemido. La sensación de aquella boca cautivadora bajo la suya lo invadió de nuevo con tal fuerza que notó una presión contra los pantalones.

Una boca tan deliciosa… Y, demonios, esa mujer sabía cómo usarla. Enfundada de luto del cuello a los pies, le hacía pensar en una isla remota y negra, intocable y solitaria. Pero él sabía de la pasión que se ocultaba bajo la tranquila superficie. Y estaba decidido a compartir y experimentar esa pasión, en todas sus formas, con ella. Porque después de una noche de insomnio, pensando y caminando de arriba abajo por su habitación, finalmente, casi al alba, había llegado a aceptar la irrefutable verdad.

Allie era La Mujer.

La mujer que había estado buscando. La mujer que le hacía sentir algo especial. La mujer que deseaba.

Oh, sí, había intentado negar esa realidad mientras recorría su dormitorio de un lado a otro la noche anterior. Contando con los dedos las múltiples razones en su contra. Se conocían de hacía menos de una semana. Vivía al otro lado del océano. No confiaba en los hombres. Le había dicho claramente que se negaba a arriesgarse de nuevo. De ninguna manera. Por ningún hombre.

Pero con la misma rapidez con que los había alzado, Robert había abatido todos los obstáculos. No importaba que acabaran de conocerse. Todos los miembros de su familia se habían casado después de apasionados noviazgos relámpago. Siempre había sabido que cuando el amor lo alcanzara, sería, siguiendo la tradición familiar, como si lo hubiera alcanzado un rayo: rápido, potente, furioso y ardiente. En cuanto a vivir en América, Allie podía hacer lo mismo que había hecho Elizabeth: trasladarse a Inglaterra. Y puesto que su aversión hacia las relaciones sentimentales y al matrimonio estaba justificada, él tendría que encontrar la manera de que la superara. Quizás Allie no quisiera arriesgarse por cualquier hombre, pero él no era cualquier hombre. Él era el hombre que la amaba.

Pero ¿cómo convencerla para que cambiara de opinión? ¿Cómo podría hacer que lo deseara tanto como él la deseaba? ¿Cómo conseguir que olvidara el pasado y aceptara un futuro junto a él?

Agitó la cabeza ante su propia presunción. Ni siquiera había considerado la posibilidad de que cuando encontrara a «La Mujer» tal vez ésta no estuviera de acuerdo con sus planes, no sintiera exactamente lo mismo por él. No, simplemente había dado por hecho que las flechas de Cupido les alcanzarían a ambos simultáneamente y que nunca habría ninguna duda de que estaban hechos el uno para el otro.

Contuvo una carcajada sardónica. Claro, siempre había pensado que se enamoraría de una muchacha inglesa sin complicaciones, que veneraría el suelo que él pisara. En lugar de eso, el destino le había deparado una viuda americana cuya vida corría peligro, que no quería saber nada de los hombres ni del matrimonio y que lo comparaba con su difunto marido, criminal y adúltero.

Lo que el destino le había deparado era como escalar una montaña muy alta.

Era una suerte que disfrutara con ese desafío. Y que siempre jugara para ganar.

Sin embargo, tenía la certeza de que si le ponía su corazón a los pies, le declaraba sus sentimientos y le pedía que se casara con él, ella saldría corriendo como un zorro perseguido por una jauría de sabuesos. No, necesitaba actuar despacio. Con cautela. Dejarla que se diera cuenta por sí misma de que sentía las mismas cosas maravillosas por él que él sentía por ella. Porque él sabía que era así. El destino no podía ser tan malvado como para permitir otra cosa. Además, recordaba claramente la predicción de Elizabeth: que en Londres encontraría la felicidad que buscaba. Robert no tenía ninguna duda de que se refería a Allie. Bueno, pues la había encontrado. Todo lo que le quedaba por hacer era mantenerla a salvo del loco que iba tras ella y convencerla de que su verdadero deseo era dejar su vida en América y quedarse en Inglaterra para casarse con un hombre al que casi no conocía.

Casi nada.

Allie notaba el peso de la mirada de Robert y luchaba por mantener una apariencia externa de tranquilidad. Le había resultado casi imposible no mirarlo mientras estaba enfrascado en el libro, pero en ese momento, sin libro, resultaba dolorosamente evidente que estaba enfrascado en ella.

Un estremecimiento cálido e indeseado la recorrió. En segundos, su rostro se sonrojaría y él sabría… sabría que ella era consciente de él y de que la estaba mirando. ¿Sabría también que había pasado la noche en vela, con la mente confusa y el cuerpo sufriendo por deseos lago tiempo olvidados? ¿Deseos que, se temía, una vez despiertos, exigirían ser satisfechos?