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Las imágenes se sucedían en su mente. Los primeros días de su matrimonio. Había ido al lecho tímida e insegura, pero rápidamente David le hizo olvidar todas sus aprensiones. Le hizo conocer la pasión, y a pesar de todos sus otros fallos, no podía negar que había sido un amante maravilloso. Le había enseñado cómo satisfacerlo y a descubrir lo que la satisfacía a ella. Durante los primeros cuatro meses como marido y mujer no había pasado ni una sola noche sin que hicieran el amor, explorando eternamente uno el cuerpo del otro. Y aunque su cuerpo siempre había hallado la satisfacción durante sus sesiones de sexo, algo faltaba… algo que no sabría nombrar. En lo físico, David le daba todo aquello que ella ansiaba; sin embargo, todas las noches se acostaba esperando capturar ese esquivo elemento que faltaba, como si algo permaneciera más allá de su alcance.

Habían hablado de hijos… Ella quería tenerlos desesperadamente, y el hecho de que no hubiera podido concebir era la única nube sobre un brillante horizonte. Cuando le explicó a David que le preocupaba ser estéril, él estuvo de acuerdo en que seguramente lo era, y destrozó todas sus esperanzas de convertirse en madre. David le dijo que no tenía importancia, que se tenían el uno al otro y eso era lo que contaba. Había resultado tan convincente que Allie había hecho todo lo posible por olvidar su decepción y concentrar todas sus energías en él. Aunque no pudiera tener hijos, tenía a David, y él la hacía feliz.

Sintió angustia. Había sido increíblemente estúpida.

Cuando la pasión de David comenzó a desvanecerse, después de aquellos primeros meses, ella había aceptado sin cuestionarlas sus explicaciones, cada vez más frecuentes, de que se hallaba cansado o de que no se sentía bien. Qué estúpida.

Después de la muerte de David había desterrado sin piedad todos los deseos y los anhelos femeninos que él le había despertado. Y habían seguido dormidos. Hasta que el hombre que tenía enfrente los había sacado de su hibernación.

Habia intentado con todas sus fuerzas, mientras iba de arriba abajo por su habitación, analizar sus emociones encontradas y darles sentido… convencerse de la imposibilidad de aquella atracción. Su lucha interior había continuado durante el inacabable viaje en el carruaje, pero había llegado el momento de rendirse y enfrentarse a la verdad.

Robert despertaba en ella sentimientos que creía muertos hacía tiempo, pero que una vez despiertos no podía desoír. Nunca volvería a casarse, pero su condición de viuda le otorgaba ciertas ventajas.

Podía tener un amante.

Un calor ardiente la recorrió con sólo pensarlo. La idea se le había ocurrido durante su incesante paseo de la noche anterior, pero la había desechado por temor. Sin embargo, después de pasar las últimas horas sólo a varios metros de él, aspirando su aroma almizclado y masculino cada vez que respiraba y sintiéndose tan dolorosamente consciente de él que la piel le cosquilleaba, no podía negar la verdad por más tiempo. Lo deseaba. De una manera que al mismo tiempo la estimulaba y la asustaba. De una manera que no podía pasar por alto. Y considerando lo que habían compartido la noche anterior, era evidente que él también la deseaba. Ambos eran adultos y sin ataduras; nadie resultaría herido. No tenía que preocuparse por quedarse embarazada. Y mientras fueran discretos…

En seis semanas dejaría Inglaterra, si no antes. Podían disfrutar el uno del otro durante ese tiempo. Luego una ruptura total e indolora. Sin emociones complicadas. Le dejaría que tomara su cuerpo y su mente, pero no su corazón. No importaba si él era un despreocupado o si en su pasado había secretos. La suya sería sólo una íntima unión física.

Su voz interior intentó intervenir, objetar, pero la acalló firmemente. Sí, una aventura sería lo mejor.

Pero ¿cómo mencionar el tema? ¿Debería simplemente preguntárselo? ¿Abordarlo como una proposición de negocios? Apretó los labios. Dios, por muy violento que pudiera resultar pedirle que se convirtiera en su amante, sería una humillación absoluta si él rechazara su oferta. Bueno, entonces tendría que asegurarse de que no pudiera rechazar la oferta.

La sombra de una sonrisa le tensó los labios al imaginarse en el papel de seductora. ¿Qué haría él si ella se levantara y fuera a sentarse en su regazo? ¿Si le pasara la mano por el denso y oscuro cabello? ¿Si rozara con los labios su encantadora y masculina boca?

«Te besaría hasta dejarte inconsciente. Luego te tocaría… en todos los lugares que lo están deseando. Te arrancaría el vestido y luego…»

– ¿Qué tal es el libro?

Esas palabras, pronunciadas con voz ronca, la arrancaron de sus sensuales pensamientos. Alzó la cabeza y sus miradas se encontraron. Era la primera vez que lo miraba directamente desde la noche anterior, y el efecto de sus ojos azul oscuro y del inconfundible deseo que hervía bajo la inocente pregunta, creó aún más confusión en los exaltados sentimientos de Allie.

Sintió arder las mejillas y el corazón se le detuvo por un instante. Tragó saliva para encontrar las palabras.

– ¿Disculpa?

– El libro. ¿Te gusta?

¿Libro? Miró hacia abajo y recobró la cordura.

– ¡Oh! Sí. Es maravilloso.

Una sonrisa lenta y devastadora alzó una de las comisuras de la boca de Robert.

– Es increíble ese talento que posees. ¿También te lo enseñó tu padre, como los malabarismos?

– ¿Qué talento?

En vez de responder, Robert cubrió el espacio que los separaba y le sacó el libro de las manos. Si dejar de mirarla, dio la vuelta al delgado volumen y se lo devolvió.

Confusa, Allie miró el libro, las palabras correctamente impresas.

Sin duda los fuegos del infierno que le ardían en las mejillas la consumirían hasta convertirla en un montón de cenizas. Alzó la mirada de nuevo, y sus ojos se encontraron, pero en vez del humor y la burla que Allie esperaba encontrar, la mirada de Robert era intensa. Y totalmente seria.

– Sufro del mismo mal, Allie -susurró Robert.

Aquella musitada confesión se le clavó a Allie en el corazón. Y borró todas las dudas que pudiera haber tenido. Cerró el libro y lo dejó sobre cl asiento. Luego hizo acopio de todo su valor, respiró hondo y saltó al negro abismo desconocido que se abría a sus pies.

– Creo haber dado con una solución para curar nuestra mutua… aflicción.

– Por favor, no me dejes en suspense.

– Creo que deberíamos ser amantes -dijo, adoptando lo que esperaba que fuera un tono pragmático.

La sorpresa destelló en los ojos de Robert, seguida instantáneamente de una llamarada de ardor y luego algo más que pasó demasiado deprisa para que Allie tuviera tiempo de identificarlo. Entonces, justo cuando Robert abría la boca para responder, el carruaje se detuvo. Ambos se volvieron hacia la ventana. Un edificio palaciego de piedra gris se alzaba ante ellos.

Antes de que Allie tuviera tiempo de organizar sus pensamientos, un lacayo abrió la puerta.

– Hemos llegado a Bradford Hall -anunció Robert.

13

Robert necesitó toda su fuerza de voluntad y su capacidad de concentración para comportarse con normalidad mientras acompañaba a Allie hasta las enormes puertas de roble. Con cinco palabras susurradas suavemente, le había dejado casi sin sentido. «Creo que deberíamos ser amantes.»

Maldecía y bendecía el haber llegado justo en ese momento: lo maldecía por impedirle lanzarse y tomarle la palabra allí y en ese mismo instante. Pero lo bendecía por evitarle la posibilidad de hacer o decir algo inadecuado, y por concederle un aplazamiento que le permitiera ordenar sus ideas, lo que seguramente resultaría más sencillo si el cerebro empezara a funcionarle de nuevo.