Caroline lanzó a Robert una mirada cargada de significado.
– Cálmate, Austin. No ha sido un grito. El bebé aún tardará horas en llegar.
El duque palideció y se pasó las manos por el ya revuelto cabello.
– Vamos, viejo amigo -dijo Robert, poniendo una mano sobre el hombro de su hermano-. Pasemos a la sala de billar y dejemos que las damas se conozcan mejor. Vamos antes de que te arranques todo el cabello y Elizabeth se vea obligada a vivir con un calvo.
– Gracias, Robert, pero no estoy de humor para el billar.
Robert se volvió hacia lord Eddington.
– Como Austin tiene miedo de perder ante mi superior habilidad, ¿puedo retarte a una partida, Miles?
Fue imposible no notar el alivio de lord Eddington.
– Sin duda. Hace rato que deseaba jugar, pero Austin declinó mi invitación. Es obvio que también tiene miedo de mi habilidad en la mesa de billar.
Robert lanzó un buido poco elegante.
Tú no tienes ninguna habilidad en la mesa de billar.
Lord Eddington abrió los brazos y se encogió de hombros.
– Pero Austin teme perder ante mí.
La mirada del duque pasó de uno al otro.
– No creáis ni por un segundo que no sé lo que estáis tramando. Y no va a servir de nada. No tengo ningunas ganas de jugar en un momento como éste.
– Claro que no -exclamó Robert-. Pero tanto tocarte el cabello, tanto retorcerte las manos y tanto ir de arriba abajo está alterando a madre y a Caroline. Y la alfombra Axminster que estás dejando raída es, según creo, la favorita tanto de tu madre como de tu esposa.
– A mí también me gusta -añadió lord Eddington como ayuda.
– ¿Lo ves? Es unánime -concluyó Robert-. Y piensa en lo feliz que se sentirá Elizabeth cuando le digan que estás disfrutando en la sala de billar en lugar de destruir su alfombra favorita.
La fría mirada que el duque le lanzó hubiera podido congelar el aire. Allie observó a Robert y a su hermano mirarse fijamente durante un largo momento, y notó que una silenciosa comunicación se establecía entre ellos.
Finalmente, el duque exhaló un largo suspiro.
– Muy bien. Iré a la sala de billar. Pero no creas que me vas a tener allí metido toda la tarde. -Apuntó con el dedo a lord Eddington-. ¿Miedo a perder contigo? Te podría ganar incluso con los ojos cerrados.
– Y yo te podría ganar a ti con los ojos cerrados. -Robert desafió a su hermano con una sonrisa de suficiencia.
El duque miró a Robert y enarcó las cejas. -No es posible que creas eso.
– Oh, pues lo creo. De hecho, estaría dispuesto a apostar cinco libras. Claro que si tienes miedo…
– Será un gran placer aliviarte del peso de un billete de cinco libras -repuso el duque con una sonrisa sarcástica-. Es más, estoy dispuesto a aliviarte de un peso mayor. ¿Digamos veinte?
Robert frunció el entrecejo y se rascó la barbilla.
– ¿Puedes permitirte perder tanto? Estás a punto de tener una boca más que alimentar, ya sabes.
– Estoy seguro de que mis arcas podrán aportar esa suma llegado el caso, aunque no llegará. La pregunta es: ¿puedes permitírtelo tú?
– Sí, pero no será necesario.
– Uno de nosotros se equivoca -dijo el duque.
– Ciertamente. Y tú sabes que yo nunca me equivoco -replicó Robert. Y se rascó la solapa con las uñas con aire de suficiencia-. En realidad, creo que mi «siempre tengo razón» es una de mis cualidades más atractivas, precedida sólo por mi…
– Pomposidad desmesurada -intercaló el duque.
– Nooo -repuso Robert con el tono que se emplearía con un niño pequeño-. Precedida sólo por mi extraordinaria, y me atrevería a decir imbatible, habilidad con el taco de billar.
– Realmente estás pidiendo que te sacuda con el taco -dijo el duque-. Te espero en la sala de billar. -Y salió de la habitación con firmes zancadas.
Caroline, su esposo y la madre lanzaron suspiros de alivio.
– Gracias, querido -dijo la duquesa madre-. Ha estado comportándose como un oso enjaulado con una espina clavada en la pata desde que Elizabeth tuvo el primer dolor. Nos está volviendo locos. -Alzó la mano y palmeó a Robert en la mejilla-. Una partida es justo lo que necesita para distraerse. Ya te daré yo las veinte libras.
Robert enarcó las cejas.
– Qué falta de fe, madre. ¿Qué te hace pensar que voy a perder la apuesta?
– Sé que eres un buen jugador, querido, pero Austin también. ¿Ganarle con los ojos cerrados? No pensarás que puedes hacerlo.
– Ya veremos. -Su mirada se posó en Allie-. Ya sabes que siempre juego para ganar.
Allie pasó unos cuantos minutos intercambiando cumplidos con Caroline y su madre, y luego pidió que la excusaran.
– Me gustaría refrescarme un poco, si no les importa.
– Claro que no -dijo Caroline, rodeándola con el brazo-. Elizabeth te ha preparado el dormitorio de invitados marfil. Te llevaré hasta allí.
– Yo me quedaré aquí -dijo la duquesa madre con una regia sonrisa, y disfrutaré de la tranquilidad y de la ausencia de paseos.
En cuanto torcieron hacia el corredor, Caroline se acercó más a Allie y le habló en confianza.
– Pobre Austin. Está muy nervioso. Claro que los demás también estamos ansiosos, pero Austin es incapaz de ocultar su ansiedad.
– ¿Hay algún problema…?
– Oh, no. Elizabeth está muy bien. La comadrona nos informa cada cuarto de hora. Si no lo hiciera, Austin subiría como una locomotora y entraría sin más en la habitación. Los hombres son así. Miles se comportó igual cuando nació nuestra hija. Madre me ha dicho que nuestro padre también, y Claudine dice que William lo pasó peor que ella. Y estoy segura de que Robert, a pesar de toda su calma jovial, será un candidato perfecto para el manicomio en cuanto le toque el turno de la paternidad inminente.
Allie sintió una sensación de inquietud en el estómago al pensar en Robert siendo padre. Con una esposa.
«¿Inquietud? -se burló su conciencia-. ¡Idiota! Eso son celos.»
– Es bueno que sean las mujeres las que tienen los hijos -prosiguió Caroline mientras subían por la amplia escalera-. Cielos, si esa tarea la tuvieran que hacer los hombres, la humanidad se extinguiría. Al primer dolor de parto, ¡pfffl -Chasqueó los dedos-. Se matarían inmediatamente.
Allie ahogó una risita, pero estaba demasiado ocupada intentando no perder pie en la amplia escalera mientras contemplaba el esplendor que la rodeaba.
– Es la mansión más espléndida que he visto nunca. -Una gigantesca araña de cristal, que parecía soportar cientos de velas, lanzaba resplandores irisados sobre las paredes color crema. Mirara donde mirara, captaba algo encantador, pinturas, jarrones de porcelana adornados con fragantes flores, estatuas de mármol… Caroline dobló una esquina y ella la siguió. Pasaron ante un enorme espejo de marco dorado, donde Allie pudo captar su expresión boquiabierta.
– Elizabeth me describió Bradford Hall en sus cartas -dijo-, pero sus palabras no le hacían justicia. Me resulta extraño pensar en ella viviendo entre tanto lujo. Me alegro mucho de la suerte que tuvo al encontrar a tu hermano. Lo ama profundamente.
– Y Austin la adora -repuso Caroline-. No está muy de moda, ¿sabes?, que un hombre de su posición se case por amor, pero fue amor a primera vista. -Exhaló un suspiro soñador-. Fue tan romántico… Y un noviazgo tan corto y apasionado. Pero eso no es sorprendente, porque los noviazgos fulgurantes son una tradición familiar. Se detuvo ante una puerta y la abrió- Este será tu dormitorio.
Allie cruzó el umbral y se quedó de piedra. La habitación era asombrosa. Recubierta de marfil verde pálido y dorado en su totalidad. Parecía el dormitorio de una princesa. Una alfombra persa de color verde oscuro y oro cubría el suelo. Un alegre fuego ardía en la chimenea de mármol, y los rayos del sol se colaban por los ventanales, que estaban flanqueados de cortinas de terciopelo verde. Una enorme cama con dosel dominaba la sala, con un cubrecama de satén color alabastro, bordado con hilo de oro. Un escritorio se hallaba cerca de la ventana, invitando a escribir cartas mientras se contemplaba el verde paisaje.