– Maravilloso -exclamó Allie, moviéndose en un lento círculo.
Caroline señaló hacia un largo cordón que colgaba junto a la cabecera de la cama.
– Si necesitas cualquier cosa, de día o de noche, tira del cordón. -La sonrisa de Caroline se apagó mientras recorría con la mirada el negro vestido de Allie-. Elizabeth no mencionó que hubieras sufrido una pérdida reciente… Lo lamento.
Allie sintió calor en la nuca. Odiaba mentir, pero en algunos casos, la verdad era peor.
– Mi pérdida no es reciente. Han pasado tres años desde que mi marido… -Dejó que las palabras se perdieran, considerando, como había hecho durante mucho tiempo, que si alguien sacaba conclusiones incorrectas, no era su culpa, y así evitaba tener que decir una mentira completa.
Caroline pareció preocupada.
– Perdóname. No intentaba curiosear o despertar recuerdos penosos. -Se acercó a Allie y la tomó de las manos-. Pero tengo toda la intención de que seas muy feliz durante tu estancia. ¿Montas a caballo?
– Sí. Y me gusta mucho.
– Entonces sugiero, en vista del espléndido tiempo que tenemos, que salgamos a cabalgar mientras los caballeros juegan al billar. ¿Tienes ropa de montar?
Las mejillas de Allie se ruborizaron.
– Me temo que no.- Se miró el vestido negro-. ¿No puedo llevar esto?
– Oh, sí -la tranquilizó Caroline rápidamente-. Pero es una pena arriesgarse a que la ropa de diario se ensucie con el polvo y retenga el olor a caballo.- La miró de arriba abajo-. Tenemos una altura y un tamaño similar. Me encantará prestarte uno de mis trajes de montar. -Antes de que Allie pudiera objetar, Caroline añadió-: No tengo ninguno negro, pero tengo uno marrón oscuro.
Allie estaba indecisa. No debería tomar prestada la ropa de otra persona. Pero la tentación de ponerse algo que no fuera de color negro… deshacerse del manto exterior del luto, salir bajo el sol y cabalgar junto a aquella adorable joven, simpática y sonriente, que tenía los mismos ojos que Robert, era casi abrumadora. Pero algo en su interior sabía que en cuanto diera aquel irrevocable primer paso, no habría vuelta atrás.
– Muchas gracias, pero puedo ponerme uno de mis vestidos viejos -dijo antes de permitirse cambiar de opinión y ceder a la tentación.
Caroline le apretó las manos y luego se dirigió hacia la puerta.
– La oferta sigue en pie, deberías reconsiderarlo. Me cambiaré y me reunire aquí contigo en media hora.
– De acuerdo.
Caroline le sonrió desde la puerta.
– Me alegro tanto de que estés aquí, Allie. Te prometo que te mantendremos ocupada hasta que Elizabeth vuelva a estar en pie. Quizá para cuando volvamos del paseo, el bebé ya habrá nacido. ¿No sería maravilloso?
Un bebé… Allie reprimio el nostálgico anhelo que apoderarse de ella.
– Sí.
Con un gesto y una sonrisa, Caroline se despidió. Allie se acercó a la ventana. Su dormitorio daba a la parte delantera de la mansión. El césped se extendía a ambos lados en lo que parecía la curva infinita del camino de entrada flanqueado de árboles. El alegre trino de los pájaros resonaba desde las ramas, y las hojas brillaban con reflejos dorados bajo el sol de la tarde, mecidas por una suave brisa.
«0h. Elizabeth. Me alegro tanto por ti… Que hayas encontrado este lugar maravilloso y esta gente encantadora. Y que ahora esperes el nacimiento de tu segundo hijo. Te mereces toda esta felicidad.»
Y aunque sin duda le resultaba extraño imaginarse a Elizabeth rodeada de toda esa opulencia, sí que la veía con facilidad en medio de ese marco pastoral.
Reposó la mirada sobre el camino empedrado. Hacía menos de una hora que ella había avanzado en el carruaje por ese lugar y le habia pedido a Robert que se convirtiera en su amante. Una ola de calor la recorrió, cubriéndola de anhelo, deseo e inquietud.
¿Cuál sería su respuesta? ¿Estaría pensando en ello en ese mismo instante?
En cuanto Robert y Miles entraron en la sala de billar, Austin comenzó a hablar.
– Bien, Robert. La única razón por la que estoy aquí es porque me has lanzado «la mirada». Es obvio que tienes que hablarme de algo. ¿Qué demonios puede ser tan importante? -exigió saber Austin.
Robert se pasó las manos por el cabello. Cierto, casi había hecho falta una ley del Parlamento para arrancar a Austin de su puesto, que él mismo se había asignado, en el salón. No fue hasta que Robert le hizo la silenciosa señal, que los hermanos habían convenido de niños para indicarse que algo no iba bien, que Austin había aceptado ir a la sala de billar. Y aunque no tenía ningún deseo de aumentar las preocupaciones de Austin, no podía dejar pasar más tiempo sin explicarle los desagradables incidentes de Londres.
Lo relató todo rápidamente hasta poner a Austin y Miles al corriente. Cuando finalizó su monólogo, ambos lo miraron con expresión seria.
– No hemos tenido ningún problema durante el viaje desde Londres hasta aquí -dijo Robert-, pero tengo la impresión de que esto no ha acabado. Espero que, con Michael de camino hacia Irlanda con la nota y el magistrado buscando al culpable, no tardarán en apresar a ese canalla. Pero, mientras tanto, tenemos que tomar precauciones. No quiero que la señora Brown, o ninguna de las mujeres, salga sola hasta que este misterio se resuelva.
Austin asintió moviendo lentamente la cabeza.
– Avisaré a los criados y les diré que informen de cualquier actividad extraña. -Puso la mano sobre el hombro de Robert-. Me alegro de que ninguno de los dos resultara herido. Has hecho muy bien en traer aquí a la señora Brown sana y salva.
Robert apretó los dientes.
– No lo suficientemente bien. Ese canalla podría haberla matado. -Apretó los puños-. No tendrá otra oportunidad, te lo aseguro.
Se fijó en que Austin y Miles intercambiaban una rápida mirada inquisitiva.
– La señora Brown -repuso Austin lentamente, como si eligiera las palabras cuidadosamente- es sin duda una mujer de gran determinación que lucha por aquello en lo que cree. Una virtud admirable, sobre todo en vista de las penalidades que ha sufrido por ello. Puedo entender por qué Elizabeth y ella son íntimas amigas, en ese sentido se parecen mucho.
– Sí. Realmente es una mujer admirable -afirmó Robert, mirando a Austin fijamente a los ojos y sin importarle que su hermano sospechara lo que sentía por Allie. Si se salía con la suya, todos lo sabrían dentro de poco-. Si me excusáis, voy a ver cómo están las damas. Me aseguraré de que Caroline no haya arrastrado a la señora Brown a alguna parte. -Le hizo un gesto a Austin-. Supongo que tú no saldrás de casa.
– Supones bien -repuso Austin, pasándose los dedos entre los cabellos.
Robert le pasó a Austin un taco reluciente y pulido.
– Ve practicando, hermano. Cuando regrese, voy a hacer que me debas veinte libras.
Robert encontró el salón vacío, y salió por el ventanal hacia la soleada terraza. Allí encontró a su madre disfrutando de un té con galletas acompañada de sus nietos. Pirata, el enorme perro, tumbado estratégicamente cerca de la mesa, se tragaba las galletas que le daban en cuanto llegaban al suelo, y a veces, antes de que llegaran tan lejos.
Robert alzó una mano para protegerse los ojos del brillante sol y buscó con la mirada a Allie y Caroline. Vio con alivio sus siluetas en la distancia, avanzando hacia la terraza desde los establos.
– ¡Tío Robbb! -chilló una vocecita. Robert devolvió su atención a la mesa de hierro y vio a la hijita de dos años de Caroline, Emily, saltar de la silla. La niña corrió hacia él y se tiró a sus brazos.
Robert la alzó y le dio una vuelta en el aire, riéndose ante el placer de la niña.
– Ah, señorita Cosquillas, te he echado de menos -dijo una vez que hubo parado.