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La niña le plantó en la mejilla un beso dulce, risueño y lleno de galleta.

– ¡Otra vez! -pidió.

Antes de que pudiera complacerla, James, el hijo de Austin y Elizabeth, se le pegó a la pierna como un abejorro.

– Yo vuelta -exigió James, de tres años, con toda la autoridad del heredero de un ducado.

– Bueno, y aquí tenemos a lord Revoltoso. -Alzó al niño y se lo colocó en el otro brazo, luego empezó a girar en círculos hasta que sus pasajeros se quedaron sin aliento. Cuando se detuvo, el mundo aún le daba vueltas.

James le dedicó una sonrisa torcida.

– Toy mareado.

– Yo también -repuso Robert riéndose-. ¿Qué te parece una galleta, hombrecito? Tengo hambre después de tantas vueltas. -Dejó al niño en el suelo y James corrió inmediatamente, y de un modo bastante inestable, hacia la mesa.

Emily, todavía en brazos de Robert, le colocó las manos extendidas sobre las mejillas y le hizo volver la cabeza para tener toda su atención. Robert tuvo que sonreírle. Le hizo la carota que sabía que tanto le gustaba y luego la besó ruidosamente en el suave cuello. Emily gritó encantada, agarrándose a dos mechones del pelo de Robert.

– Oh, eres una galleta -dijo Robert, abriendo mucho los ojos ¡Te comeré! -Puso la cabeza entre la barbilla y el hombro de la niña e hizo exagerados ruidos de masticación.

Se agachó hasta quedar de rodillas e inmediatamente James se le subió a la espalda, galleta en mano, y gritando: «¡Caballito!» Pirata fue hacia el trío, meneando la cola y siguiendo el reguero de migas azucaradas que James dejaba a su paso. Saludó a Robert con una sonrisa canina y un amistoso lametazo en la mano.

Riendo, Robert alzó la mirada, y se quedó de piedra. Allie y Caroline estaban subiendo los escalones de la terraza. Caroline hablaba y Allie movía la cabeza asintiendo, con una de sus escasas sonrisas dibujada en el rostro. El corazón de Robert se detuvo un instante y luego se desbocó. Allie estaba radiante y feliz, Joven y despreocupada… la muchacha del dibujo.

Robert sintió que el mundo a su alrededor se desvanecía. Excepto ella. Y entonces ella lo miró.

Allie trastabilló al encontrarse directamente con la intensa mirada de Robert. Una niña que parecía una versión en miniatura de Caroline estaba sentada sobre el brazo del joven, despeinándolo con sus manitas. La niña había levantado dos mechones de su oscuro pelo que parecían los cuernos del diablo. Un niño, que tenía que ser el hijo de Elizabeth, colgaba de la espalda de Robert, exigiendo su atención, mientras que un enorme perro le lamía la mano.

Pero la atención de Robert estaba únicamente centrada en ella. Un escalofrío de reconocimiento pasó entre ellos, asustándolos con su intensidad. Allie apartó la mirada y observó a los niños. Era evidente que lo adoraban, y él a ellos. Allie sintió que se le formaba un nudo en la garganta. Aquel hombre sería algún día un padre maravilloso.

La voz de Caroline rompió el hechizo y la sacó de su estupor.

– Ese diablillo es mi hija Emily -explicó sonriendo-. Y el otro diablillo, el más pequeño -dijo, señalando a Robert y al niño-, es James, el hijo de Elizabeth y Austin.

– Son encantadores -afirmó Allie. De repente, el perro alzó la cabeza para mirarla y Allie dio un respingo.

– No te asustes -dijo Caroline mientras el enorme animal se acercaba a ellas con la lengua fuera-. Pirata puede que sea enorme, pero es muy bueno.

– No me asusta -le aseguró Allie. Acarició el blanco pelaje de Pirata y recorrió con el dedo el borde de la mancha negra que tenía sobre el ojo izquierdo, la única mancha de color en todo el blanco pelaje. Ése debía de ser el perro al que Robert había llamado Caballo Ladrador-. Lo cierto es que me siento como si estuviera saludando a un viejo amigo. Se parece muchísimo a Patch, el perro que Elizabeth tuvo desde pequeña. Lo dejó con mi familia cuando se trasladó a Inglaterra. Era demasiado viejo para hacer todo el viaje. -Rascó al perro detrás de las orejas y la cola de éste se agitó de placer-. Lo queríamos mucho.

– Austin sabía cuánto echaba de menos Elizabeth a su perro, así que buscó por toda Inglaterra hasta encontrar uno que se pareciera a su querido Patch.

– Pues lo consiguió -murmuró Allie, sonriendo mientras Pirata la miraba con una expresión de adoración con la que también le pedía que siguiera rascándole las orejas. Una sensación que Alile no pudo describir la invadió al saber que el duque se había esforzado tanto para complacer a Elizabeth. Allie sabía lo mucho que le había costado a Elizabeth separarse de Patch.

«No hubiera tenido que hacerlo de no ser por mí… si yo no la hubiera obligado a marcharse.»

– Bueno, creo que ya conoces a todos los miembros de la familia -dijo Caroline.

– No a todos -dijo una profunda voz a su espalda.

Todos se volvieron. El duque se hallaba ante la puerta de la cristalera, con una sonrisa de felicidad, alivio y cansancio.

– Acabo de bajar del cuarto de Elizabeth. Hay un nuevo miembro de la familia que todos tendréis que conocer.

14

Después de que la duquesa madre, Caroline, su esposo y Robert visitaran a Elizabeth y al nuevo miembro de la familia, Allie se detuvo en el umbral del agradable dormitorio de paneles de nogal, intentando contener las lágrimas ante la imagen que veía. Elizabeth sentada en la cama, apoyada sobre una montaña de blandos almohadones con bordes de encaje y con el cobertor color marfil a la altura de la cintura. Se la veía limpia y fresca, sin ninguno de los signos externos del parto. El cabello color caoba estaba recogido en una sencilla trenza y vestía un exquisito camisón amarillo pálido. Aunque no se podía negar que parecía cansada, la rodeaba un aura maternal que le daba un aspecto de serena belleza. Sonreía al pequeño fardo de color rosa que sostenía en los brazos. El duque se hallaba sentado en el borde de la cama, rodeaba con su fuerte brazo a Elizabeth, y mantenía la cabeza junto a la de ella. La mirada del duque alternaba entre su esposay su hijita recién nacida con evidente adoración. Era un hombre enamorado de las dos mujeres de su vida.

Hacía rato que el sol se había puesto, y la única iluminación del cuarto provenía de las ardientes llamas de la chimenea y de los candelabros colocados sobre la mesilla. El parpadeante resplandor enmarcaba a los orgullosos padres en una hermosa estampa dorada de felicidad, ante la que Allie se sentía feliz y envidiosa al mismo tiempo, y que le hizo verse como una intrusa que interrumpía un momento íntimo. Aunque su amiga la había hecho llamar, Allie decidió marcharse y volver más tarde, pero en ese momento Elizabeth alzó la vista.

Los años desaparecieron al encontrarse sus miradas, y un caleidoscopio de imágenes llenó la mente de Allie. Elizabeth y ella de niñas, chapoteando en el lago. Riéndose en una comida. Jugando con Patch y los revoltosos perros de Allie. Subiendo con las sábanas al pajar para dormir allí. Compartiendo secretos y sueños, risas y lágrimas. Y el brusco final de su amistad.

«Por mi culpa», pensó Allie.

Observó a Elizabeth mientras ésta le pasaba su precioso paquetito a su esposo. Luego Elizabeth se volvió hacia ella y le sonrió. Y extendió los brazos.

Allie supuso que debía de haber movido los pies, porque de lo siguiente que fue consciente fue de estar inclinada sobre la cama, abrazando a Elizabeth, ambas llorando, riendo y volviendo a llorar.

Finalmente, Allie se apartó y miró aquellos ojos del mismo color que los suyos, sonrientes y llenos de lágrimas. Casi no podía hablar por el gran nudo que sentía en la garganta.

– Elizabeth… me alegro tanto de verte. Te… te he echado tantísimo de menos…

La sonrisa de Elizabeth hubiera podido iluminar toda la habitación.

– Lo mismo digo. Pensaba que no ibas a llegar nunca, y cuando por fin lo has hecho, ni siquiera he podido bajar a recibirte.

Una temblorosa sonrisa le curvó los labios.

– Lo entiendo perfectamente. Al fin y al cabo, los bebés tienden a llegar cuando les da la gana.