– Así es. Y ahora, me gustaría presentarte a nuestra hija… Lily.
– Como tu madre -repuso Allie suavemente. Fue hacia el otro lado de la cama con la intención de mirar dentro del paquetito rosa, pero el duque se lo pasó. Mirando hacia abajo, Allie ahogó un suspiro. Un minúsculo angelito con una boca perfecta dormía, con las pestañas como medias lunas sobre las mejillas. Una manita cerrada reposaba junto al sedoso rostro.
Al ser la hermana mayor, Allie estaba acostumbrada a los bébes, pero habían pasado bastantes años desde la última vez que había tenido a uno en los brazos. El cariño y la añoranza la invadieron e inclinó la cabeza para aspirar el aroma único de los bebés.
– Bueno, hola, Lily-susurró-. Creo que eres la damita más hermosa que he visto nunca. -Allie tocó con el índice la suave manita de Lily. Los minúsculos deditos se abrieron y se volvieron a cerrar agarrando el dedo de Allie. El corazón se le derritió-. Oh, y qué fuerte eres. Y muy afortunada, porque tienes un papá y una mamá estupendos que te quieren mucho. -Alzó la mirada hacia Elizabeth y el duque-. Es maravillosa. Me siento tan contenta por vosotros.
El duque se puso en pie.
– Muchas gracias -dijo-. Y ahora, con vuestro permiso, me retiro para que podáis hablar en privado. Me parece que tengo que ganar una partida de billar. Pero primero acompañaré a mi hija al cuarto de los niños. -Miró a su esposa, y Allie pudo ver que hubiera preferido no apartarse de su lado. El duque apretó la mano de Elizabeth-. Volveré pronto. -Allie le entregó a Lily, incapaz de reprimir una tierna sonrisa ante el hermoso contraste… el hombre alto y de anchas espaldas llevando en brazos aquel paquetito rosa.
Cuando la puerta se cerró, Elizabeth dio unas palmadas sobre la cama.
– Siéntate a mi lado. Tenemos mucho de que hablar. -Allie dudó un instante.
– Aunque me gustaría mucho, debes de estar exhausta…
– Cansada, sí. Pero demasiado eufórica para poder dormir.
Allie se sentó sobre la cama y durante todo un minuto las dos jóvenes simplemente se miraron.
– Te sienta muy bien ser duquesa -dijo Allie por fin. Elizabeth se acercó más a ella.
– Ser duquesa es terrorífico, pero me estoy acostumbrando. Caroline y mi suegra tienen mucha paciencia, y Austin también.
– No creo haber visto nunca a un padre más orgulloso.
Elizabeth rió.
– Por lo que me ha dicho Robert, Austin casi hizo un agujero en el suelo de tanto ir arriba y abajo.
Al oír el nombre de Robert, Allie sintió que el calor le ascendía por la nuca.
– Parecía bastante alterado, es cierto. -Entonces, antes de que la conversación se desviara hacia un camino que ella no deseaba recorrer, sobre todo sin antes decirle a Elizabeth lo que necesitaba decirle, respiró profundamente y comenzó-: Elizabeth, necesito disculparme contigo… Ni siquiera sé cómo expresarte la pena que siento.
– Allie, no lo hagas -repuso Elizabeth amablemente-. Ya te has disculpado en las cartas. Lo entiendo perfectamente. Amabas a David. No hay nada que perdonar.
Allie miró a Elizabeth a los ojos, y los vio cargados de compasión y comprensión. Estaba a punto de ahogarse de remordimiento y vergüenza, y apretó las manos para evitar que le temblaran.
– Sí, sí que lo hay. Me comporté de una forma horrible contigo, y tú tenías razón. -Una lágrima cayó desde sus ojos hasta el cobertor-. Si te hubiera hecho caso… respecto a David…
Lentamente, con dificultad al principio pero cada vez con mayor determinación, le contó toda la historia de la traición de David, su descubrimiento de cómo era él en realidad y sus esfuerzos por reparar el mal que había hecho. Elizabeth la escuchó atentamente, sin decir nada, pero ofreciéndole todo su apoyo y simpatía a través de sus expresivos ojos. Cuando Allie terminó, dejó escapar un suspiro prolongado y cansado. Sentía la piel del rostro tensa por las lágrimas secas y el cuerpo exhausto como si hubiera corrido varios kilómetros. Pero su corazón estaba más ligero; se había librado de un gran peso.
– Sé que aceptaste mis disculpas por carta, Elizabeth, pero merecías que te las presentara en persona. Eras mi mejor amiga y sólo querías lo mejor para mí. -Movió la cabeza y miró hacia el suelo-. Me avergüenzo tanto de no haber sabido ser lo mismo para ti.
– Allie, por favor. Escúchame. Mírame. -Allie alzó la cabeza y miró a Elizabeth a los ojos, que rebosaban compasión-. Has pasado por una situación terrible. No la empeoremos haciéndola durar más. Nuestras diferencias quedan en el pasado, y por lo que a mí respecta, todo está perdonado y olvidado. Lo que necesitas es perdonarte a ti misma. Y permitirte olvidar. -Su mirada se posó en el vestido de luto de Allie.
– Pero yo no quiero olvidar -repuso Allie firmemente-. Si lo hago, corro el peligro de cometer el mismo error. -Respiró hondo-. Ahora que te lo he contado todo, necesito preguntarte…; ¿Tú sabías lo de David? Me escribiste que me lo explicarías cuando viniera a verte… y aquí estoy.
Elizabeth la miró con ojos solemnes.
– Me temo que es difícil de explicar. Y puede que aún te resulte más difícil de aceptar.
Allie alargó la mano y tocó la manga de Elizabeth.
– Puedo aceptar la verdad, Elizabeth, sea la que sea. He aprendido de la manera más dura que son las mentiras y el engaño lo que nos destruye… no la honestidad.
– No me gustaría volver a arriesgar nuestra amistad.
Allie sintió la culpa como si fuera una bofetada.
– Dudé de ti una vez, Elizabeth. Es un error que no volveré a cometer.
Elizabeth asintió con la cabeza, luego exhaló un suspiro de asentimiento.
– ¿Recuerdas que algunas veces yo resultaba ser bastante… perspicaz?
– ¿Bastante perspicaz? -A pesar de la seriedad del momento, Allie sonrió ligeramente-. Nunca olvidaré cuando Jonathan y Joshua nacieron. No sólo adivinaste que mamá iba a tener gemelos, sino tambiér el día en que nacerían y la hora exacta. Y aquella ocasión en que supiste que Katherine se iba a caer del caballo. Me doy cuenta que intuías algo sobre David, pero…
– Fue más que una simple intuición, Allie. Noto cosas. Veo cosas En mi cabeza. Cosas que ocurrirán y cosas que han ocurrido. No lo puedo explicar, pero te juro por mi honor que es cierto. Nunca te lo había dicho, ni a nadie, porque las visiones son fugaces y poco frecuentes. Temía que la gente pensara que estaba loca. -Sus ojos se cargaron de tristeza-. Sabía que David te haría daño. No sabía de qué manera, pero sabía que había hecho cosas malas, que era un mentiroso.
Allie la escuchó, absorbiendo las palabras. No le cabía duda de que debería sentirse sorprendida por lo que le confesaba Elizabeth, o incluso escéptica, pero no era así. Lo cierto era que le habían pasado tanta; cosas extraordinarias en los últimos días que lo que Elizabeth le confiaba casi le parecía normal. Siempre había sabido que Elizabeth en muy perspicaz. Lo único nuevo era saber cuán perspicaz era.
Elizabeth alargó los brazos y apretó con fuerza las manos de Allie entre las suyas. Pasaron casi un minuto en silencio.
– Enamorarse no es un error, Allie -dijo Elizabeth finalmente.
Allie lanzó una carcajada seca y amarga.
– Soy la prueba viviente de que sí puede serlo.
Algo en la intensa mirada de Elizabeth le produjo la inquietante sensación de que le estaba observando el alma, y de repente tuvo miedo de lo que su amiga pudiera ver.
– Elegiste al hombre equivocado. No lo volverás a hacer.
– No, no lo haré. Porque no volverá a haber otro hombre. -Una imagen del sonriente rostro de Robert se formó en su mente, y sintió un nudo en el estómago-. Nunca.
– Pero no debes abandonar el amor. Eso sí que sería un error terrible y lamentable. -Dudó durante unos segundos, y luego preguntó-: Confío en que Robert haya sido una buena compañía.