Выбрать главу

Se acercó y la tomó por las muñecas con delicadeza. Notó su pulso acelerado bajo sus dedos y se sintió complacido.

– Ahora, tenemos pendiente el asunto de terminar la conversación que empezamos en el carruaje.

– ¿Has pensado en el asunto? -inquirió ella.

– No he pensado en nada más.

– Ya veo. ¿Y has tomado una decisión?

Robert no podía menos que admirar el aire de indiferencia de la joven, una pose que sólo la rapidez de su pulso contradecía.

– No es posible que dudes de que quiero hacer el amor contigo -contestó él, con los ojos clavados en los de ella.

Un destello que pareció ser de alivio cruzó los ojos de Allie. Sin embargo, como él no dijo nada más y se quedó quieto mirándola, ese alivio se convirtió en incertidumbre.

– No lo dudo -repuso ella-; sin embargo, me parece que tienes algún «pero».

– Supongo que has considerado la posibilidad de quedarte ennharazada. -Robert apartó firmemente la increíble y emocionante imagen de ella embarazada de un hijo suyo.

– Claro que la he considerado, pero no es ningún problema. -Bajó la cabeza y miró hacia el suelo-. Soy… estéril.

Robert sintió que todo en su interior se tensaba, y un «no» resonó en el interior de su cabeza. El destino no podía ser tan cruel. Tragó saliva para humedecerse la garganta, seca de repente.

– ¿Qué te hace pensar eso?

Allie alzó la cabeza y lo miró a los ojos.

– No concebí nunca durante mi matrimonio.

Los músculos de Robert se relajaron levemente.

– No estuviste mucho tiempo casada.

– Ocho meses. Lo suficiente, sobre todo considerando la frecuencia con que… lo intentamos.

Robert apretó los dientes ante la idea de aquel canalla ladrón tocándola, y se alegró de que el sinvergüenza nunca pudiera volver a hacerlo.

«Ningún hombre lo hará. Excepto yo.»

– Quizá fuera culpa de tu marido.

Allie negó con la cabeza.

– No. La culpa era mía. David estaba seguro. Tanto que, dado lo que ahora sé de él, no me sorprendería que hubiera tenido un hijo en algún momento. -La amargura le hizo apretar los labios-. Incluso podría haber tenido varios. Dios sabe que no fui la primera mujer con la que estuvo… Fue difícil de aceptar que yo era incapaz de tener hijos, pero no tuve elección.

Sus palabras hirieron profundamente a Robert. Él deseaba tener hijos. Muchos. Y Allie sería una madre maravillosa.

Pero ¿y qué si realmente era estéril?

La miró a los ojos y el corazón le dio un vuelco. Sí, los hijos eran importantes. Pero ella era esencial. Si de verdad no podía tener hijos, entonces prodigarían su amor a sus sobrinos. Y mientras tanto, él ya había indicado la posibilidad de que hubiera sido su marido el responsable de la falta de hijos. Si a la dama no le preocupaba quedarse embarazada, bueno, ¿quién era él para discutir?

Las implicaciones de ese hecho le recorrieron la mente. Si ella se quedara embarazada… eso la obligaría a quedarse con él. A casarse.

Sin duda esa idea debería horrorizar a su conciencia, pero su voz interior permaneció en silencio, permitiendole razonar que, mientras que él nunca querría obligarla a contraer un matrimonio que ella no deseara, no había duda de que, pasado el tiempo suficiente, ella llegaría a la conclusión de que estaban hechos el uno para el otro. Y en cuanto hubieran hecho el amor, sin duda ella lo sabría.

– ¿Hay alguna otra cosa que desearas discutir? -preguntó Allie.

Robert enlazó los dedos de ambos.

– No. La verdad es que me he quedado sin conversación.

Allie se acercó, borrando la distancia entre ellos. La punta de sus pechos rozaron la camisa de Robert, enardeciéndolo.

– Entonces, quizá te gustaría besarme.

La mirada de Robert se posó en los turgentes labios, y notó una presión contra los pantalones.

– Sí, me gustaría. Para empezar…

Inclinó la cabeza y unieron sus bocas en un beso que él pretendía que fuera tierno. Pero en cuanto sus labios se rozaron, se convirtio en algo cálido y apremiante, luego en puro fuego cuando ella separó las manos de las de él y se las pasó sobre el pecho y sobre los hombros para enredarlas en el cabello.

Robert le rodeó la cintura con un brazo y la apretó fuertemente contra su cuerpo, mientras su mano libre subía por la espalda hasta llegar al suave cabello. Presionaron uno contra el otro, los senos de ella aplastados contra el pecho de él, la erección de él entre los muslos de ella. Sus lenguas enzarzadas en una desesperada danza, ansiando saborear más, llegar más hondo. El gusto de ella… dulce y especioso al mismo tiempo, el seductor aroma de madreselva, envolviéndolo, invadiendo sus sentidos. Robert quería, necesitaba más.

Una vocecilla interna le advirtió de que fuera más despacio, pero su cuerpo estaba más allá de la obediencia. Se sentía como si hubiera pasado meses en el desierto, privado de agua, y ella fuera un oasis. Una necesidad desesperada de tocarla en todas partes al mismo tiempo lo arrolló, exacerbando el ansia que latía en su interior. Sus manos se movían imparables por la espalda de Allie, cerrándose sobre las nalgas, subiendo hacia las costillas y hacia delante, para llenarse las palmas con sus pechos.

Allie se retorcía contra él, y un gruñido bajo y casi animal subió por la garganta de Robert. Deseaba sentir las manos sobre su piel. Necesitaba las de ella sobre la suya. Rompió el beso y la miró. Tenía los labios hinchados y húmedos, el color subido, los ojos brillantes de excitación. El pecho le subía y bajaba rápidamente, no menos frenético que el de él.

Robert le tomó el rostro entre unas manos no demasiado firmes.

– Allie… -Demonios, casi no reconocía ese ronco sonido como su voz-. Quiero ir lento y suave contigo, pero, Dios me ayude, no sé si podré.

El cálido aliento de la joven le rozó los labios.

– No recuerdo haberte pedido que vayas despacio. De hecho… -Bajó la mano acariciándole el cuerpo y tocó con los dedos su comprimida erección.

Robert tragó aire y consiguió asentir bruscamente con la cabeza.

– De acuerdo. Dejaremos lo de lento para otra ocasión.

Dio un paso atrás y comenzó a desabrocharse la camisa con una impaciencia que no podía controlar. Allie entre tanto se ocupó en desabrocharse la fila de botones de la bata. Robert lamentó no desnudarla él, pero qué demonios, de esa forma era más rápido. Y necesitaba y ansiaba estar piel contra piel lo antes posible.

A pesar de sus temblorosas manos, y de su atención que se distraía por la excitante visión del camisón que caía de los hombros de Allie, consiguió deshacerse de la ropa con extraordinaria rapidez. Lanzó los pantalones a un lado justo cuando el camisón se deslizaba hacia abajo amontonándose a los pies de la joven.

Durante varios segundos, se contemplaron. Ella era increíble. Sus formas curvadas y femeninas, suaves y fragantes. Los pechos eran altos y llenos, los pezones de coral, duros como piedrecillas por la excitación. La mirada de Robert se deslizó por el cuerpo de la joven, resiguiendo la curva de la cintura y luego el triángulo de rizos castaños entre los muslos torneados. Dios, en cuanto no estuviera tan desesperado, se dedicaría a saborear cada uno de los deliciosos centímetros de su cuerpo.

Se lanzaron el uno contra el otro al mismo tiempo, los brazos rodeando los cuerpos, piel ardiente contra piel ardiente desde el pecho hasta las rodillas. ¡Por fin! Ella era tan… suave y cálida. Robert capturó su hora en otro ardiente beso, deslizando la lengua en el sedoso cielo que había tras sus labios. Cuando la boca de ella se fundió con la suya, la tomó por las nalgas y la elevó contra él. Allie le rodeó las caderas con las piernas, abriéndose a él, su húmeda piel femenina presionando contra su erección. Diablos, no estaba seguro de que pudiera llegar a la cama. Decidido a no quedar mal, cruzó rápidamente la habitación y tumbó a Allie sobre el colchón.