– Flores para mamá -asintió James, tirándole de la mano.
Allie dio las gracias a Caroline con un movimiento de cabeza, y ésta condujo a los animados niños fuera de la sala. Sus voces se fueron haciendo más débiles hasta que reinó el silencio.
Robert se quedó donde estaba, observando a Allie durante unos minutos. El corazón se le aceleró por el simple hecho de estar en la misma habitación. Lo único que deseaba era cubrir la distancia y tomarla entre sus brazos, pero vio algo en los ojos de Allie, en su postura tensa e inmóvil, que le inquietó. Como si estuviera ante un conejo que fuera a escaparse corriendo, se le acercó lentamente. Allie permaneció en su lugar, observándolo mientras se aproximaba. Robert se detuvo frente a ella, luego extendió el brazo más allá, cerró la puerta y dio la vuelta a la llave, y el ligero sonido resonó en toda la habitación.
Esa seria mujer no era la misma criatura desvergonzada y risueña que había tenido en sus brazos la noche anterior. Quería que aquella mujer regresara.
¿Tendría remordimientos? Esperaba que no, porque él no los tenía en absoluto. La noche anterior había sido… perfecta. La primera de las muchas noches perfectas que seguirían. Pero a juzgar por su expresión, resultaba obvio que tendría que convencerla de eso.
Alargó la mano para tocarla, pero ella se apartó al instante, poniéndose fuera de su alcance.
– Necesito hablar contigo -dijo en un tono inexpresivo que redobló la inquietud de Robert.
Allie se hallaba con la espalda a poco más de un palmo de la pared, y Robert consideró la posibilidad de aproximarse, cercándola, pero decidió dejarle el espacio que obviamente quería. Aunque no podía negar que se sentía herido por su frialdad.
– Te escucho -repuso, preparándose para oír una avalancha de recriminaciones y lamentos «del día después».
– Me mentiste.
Robert parpadeó.
– ¿Disculpa?
– Me mentiste acerca de madame Renée. Acabo de enterarme de que su tienda es la más cara de Londres y que cobra precios exorbitantes. Y de que los clientes deben esperar meses antes de recibir sus encargos.
Diablos. Sin duda tenía que agradecérselo a su hermana. Aun así, parte de la tensión de sus hombros se evaporó al ver que no se trataba de la noche anterior.
– Allie, yo sólo…
– Mentiste. -Dos banderas rojas gemelas se alzaron en sus mejillas y la voz le tembló de rabia-. Y te agradeceré que no pretendas negarlo. -Se cuadró de hombros-. Prepararás una lista completa de todo lo que has gastado subvencionando mis compras para que pueda pagarte.
Robert sintió una creciente irritación.
– No haré nada parecido.
– Entonces me veré obligada a preguntárselo directamente a madame Renée.
– No te lo dirá.
– Entonces le pediré a Caroline que haga un cálculo aproximado de lo que te debo.
La confusión reemplazó a la irritación.
– No me debes nada. El ladrón destrozó tus vestidos. Simplemente te di los medios para reemplazarlos de una manera rápida.
– Mintiéndome. -Casi se podían ver las chispas que saltaban de Allie-. ¿Sabes qué se siente cuando te mienten, Robert? -Antes de que Robert pudiera responder, Allie prosiguió-: Yo sí que lo sé. Es horrible. Y me niego a que se aprovechen de mí de esa manera nunca más.
– Allie… -Alargó la mano hacia ella, pero Allie se apartó de nuevo. Robert se pasó los dedos por el cabello, cada vez más frustrado. Maldición, esta ver sí que había metido la pata-. Sólo intentaba ayudarte. Es evidente que no lo he hecho bien, que te ha molestado, y por eso te pido disculpas. Pero creo que estás exagerando por unos simples vestidos.
Allie apretó los labios formando una linea fina y furiosa.
– No hay nada de simple. Yo no te pedí ayuda. Ni quería ni necesitaba tu ayuda. He sobrevivido por mí misma durante los últimos tres años, y pienso continuar haciendolo sin estar en deuda con nadie.
Sus palabras fueron como una bofetada.
– No me debes nada. Habría hecho lo mismo por cualquiera que me importase, sin esperar nada a cambio. No quería que lo supieras sólo porque noté que tu orgullo no te permitiría aceptar nada de mí, o de nadie más. Y aunque puedo entender, e incluso admirar, ese sentimiento, en este caso estoy totalmente en desacuerdo.
– Tú elegiste por mí, una elección que yo no habría hecho si hubiera estado en posesión de toda la información. Y no la tenía porque tú me mentiste. ¿Y qué pasa con el otro vestido? El que acaba de llegar, enviado por madame Renée. ¿Cómo arreglaste eso?
– Le escribí después de que visitaras la tienda.
– Ya veo. Así que obviamente ese vestido es algo que tú decidiste que también necesitaba.
Robert estudió el rostro de Allie durante varios segundos antes de responder.
– Creo que es hora de que dejes de llevar luto.
– Ésa no es una decisión que debas tomar tú.
No. Pero deseaba que lo fuera. Al infierno con no tocarla. Extendió el brazo y la agarró firmemente por los hombros. Allie se tensó, pero no se movió.
– Allie. Sólo quería que tuvieras algo bonito que ponerte. Quería verte con algo que no fuera negro.
– No me puedo permitir un vestido así. -Robert frunció la frente.
– Es un regalo.
– No lo quiero. No puedo aceptar y no aceptaré otro regalo de un hombre que me ha mentido.
Robert notó que algo se quebraba en su interior y la soltó bruscamente, apartándose varios pasos.
– Maldita sea, yo no soy él. No soy David.
– ¿De verdad?
Robert cubrió la distancia que los separaba de una rápida zancada. Allie se echó hacia atrás, apretando la espalda contra la pared, y Robert estiró los brazos y puso las manos contra las placas de madera, una a cada lado de la cabeza de Allie, encerrándola.
– ¿Tienes la menor idea de cómo me hace sentir esa comparación? -Como Allie se limitó a mirarlo con los ojos muy abiertos, Robert se acercó más, sin siquiera intentar ocultar la furia y el dolor que mostraban sus ojos-. Permíteme que te informe. Es más que insultante. Es extremadamente doloroso. Admito que tengo mis fallos, pero estafar, robar y hacer chantaje no se encuentran entre ellos. ¿Dices que no toleras que te mientan? Muy bien. Eso es comprensible. Pero debes entender que yo no tolero que me compares con tu difunto marido. No tengo la costumbre de faltar a la verdad, pero con relación a madame Renée, sí, te mentí. Sólo puedo decir que mis intenciones eran buenas, ofrecerte mis disculpas y prometer no volver a mentirte.
Allie lo miró fijamente y tragó saliva. Estaba enfadado. Y dolido. Esas emociones radiaban de sus ojos y de su cuerpo. Y ambos estaban demasiado cerca. Intentó aferrarse a su propia furia, pero ésta empezó a filtrarse, como la arena en un reloj, para ser reemplazada por un sentimiento de culpa por haberlo herido. Apretó los puños. No quería sentir eso… ese reblandecimiento de su indignación. Él le había mentido. Ella tenía razón; él no.
Pero captó la ironía de que, mientras ella lo comparaba con David. Robert se estuviera comportando de una forma impropia de David. No podía recordar a David admitiendo nunca que tuviera fallos. O disculpándose. Y por supuesto no podía ni imaginárselo admitiendo abiertamente que hubiese mentido.
Una grieta de vergüenza se abrió en su coraza. No le gustaba lo que Robert había hecho, pero su pecado bien intencionado no podía compararse con los de David. Y aunque, al no poder hacer caso omiso de las sombras que rondaban los ojos de Robert, no podía pasar por alto el hecho de que tenía secretos, también le resultaba cada vez más difícil creer que tales secretos tuvieran que ver con algo siniestro, ilegal o malvado, especialmente tratándose de un hombre que la miraba a los ojos y admitía sus errores, y además se disculpaba.