La cena era una celebración de gala, con múltiples y deliciosos platos, mientras el jerez, el madeira y el champán fluían alegremente. Al servir cada uno de los platos, de un menú que comenzó con una delicada sopa, seguida de rodaballo con langosta, cordero con mostaza francesa y espárragos con guisantes cremosos, todos alzaban los vasos y brindaban a la salud de Elizabeth y Lily.
Sentado entre Caroline y su madre, Robert comió su ración de cada uno de los sabrosos platos, pero no se percató mucho de lo exquisito de la comida. Allie se sentaba frente a él, y le resultaba casi imposible apartar los ojos de ella. Nunca la había visto tan animada, ni tan risueña y divertida. Ya había perdido la cuenta de sus sonrisas, y estaba absoluta y completamente hechizado por ella.
Y verla con aquel vestido… el color bronce reluciendo sobre su piel cremosa… Demonios, lo dejaba sin respiración.
Elizabeth, resplandeciente en un vestido de muselina color verde pálido, se hallaba en un extremo de la mesa.
– ¿Te acuerdas de la primera vez que fuimos a pescar? -le preguntó a Allie, mientras retiraban unos platos para traer los siguientes.
– Nunca lo olvidaré -contestó Allie alzando la mirada hacia el techo.
– ¿Qué pasó? -inquirió Caroline.
– Teníamos doce años -explicó Allie-, y por alguna razón que nunca entenderé, permitimos que mi padre nos provocara hasta hacernos afirmar que sin duda sabíamos pescar tan bien como él, a pesar de que ninguna de las dos había intentado pescar nunca antes. Después de todo, no podía ser tan difícil atrapar unos cuantos peces. Así que fuimos al lago para probar lo que decíamos. Por desgracia, descubrimos rápidamente que ninguna de las dos quería poner el gusano en el anzuelo.
– Los gusanos eran babosos -enfatizó Elizabeth.
– ¿Eso dice mi animosa mujer? -bromeó Austin desde la cabeza de la mesa.
– Que sean babosos no tiene nada que ver con que yo sea animosa -replicó Elizabeth con aires de superioridad.
– Sabíamos, claro, que es imposible pescar sin cebo -prosiguió Allie-. A no ser que seas un oso o un pájaro o algo así…
– … lo que no somos -interrumpió Elizabeth.
– …así que decidimos usar un cebo diferente -continuó Allie-. Por desgracia nuestras posibilidades de elección eran bastante limitadas. Pero de acuerdo con nuestros experimentos, puedo informar de que a los peces no les gustan las piñas, ni las hojas, ni las rocas, ni el queso.
– ¿Queso? -preguntó Robert.
– Habiamos llevado un trozo -reconoció Allie -. Y de un queso muy bueno. Se podría pensar que al menos habría un pez en todo aquel lago al que le gustara el queso.
– Quizás un pez no demasiado inteligente -murmuró Robert sonriendo.
– ¡Eso es justamente lo que dijimos! -repuso Allie con una gran sonrisa-. Aun así, a pesar de todos nuestros esfuerzos, fuimos incapaces de pescar ni uno. Pero no podíamos volver a casa con las manos vacías. Papá se había mofado de nosotras sin piedad antes de iniciar la expedición de pesca, diciendo que no seríamos capaces de atrapar ningún pez sin su ayuda masculina.
– ¿Y se demostró que tenía razón? -inquirió Caroline, evidentemente decepcionada.
– Oh, no -informó Allie. El brillo travieso de sus ojos contradecía su sonrisa inocente y angelical-. De camino a casa nos desviamos hacia el pueblo. Y paramos en la pescadería.
– Uniendo nuestros recursos, fuimos capaces de comprar un pez de buen tamaño-intervino Elizabeth riendo-. El padre de Allie nunca se enteró de que, en vez de pescarlo, lo habíamos comprado. Nos costó todo el dinero que teníamos entre las dos, pero valió la pena.
– Sorprendente -dijo Austin-. Cuando pensaba que lo sabía todo sobre mi esposa, me entero de algo nuevo. -Chasqueó la lengua, mirando a Elizabeth con ojos brillantes desde la otra punta de la mesa-. Nunca hubiera sospechado que fuera capaz de tal infame argucia.
Elizabeth alzó la barbilla con aire regio.
– Aquel ruin acto fue exclusivamente idea de Allie.
Una expresión de exagerada sorpresa se dibujó en el rostro de Allie.
– ¿Idea mía? -Frunció el ceño y los labios-. Oh, bueno, sí, supongo que sí.
Todos rieron, y Robert pasó el resto de la cena enamorándose más y más de ella. Siempre que sus ojos se encontraban, el corazón le daba un salto. Siempre que ella reía, el corazón se le ponía del revés. Para cuando sirvieron el postre, se dio cuenta, sonriendo para sí con ironía, de que su corazón tenía muchas posibilidades de no resistir la velada, con todo lo que estaba recibiendo.
Maldición, era encantadora. Todo lo que él siempre había querido. Todo lo que había estado buscando. Ocurrente, inteligente, generosa, amable, honrada. Y le hacia arder la sangre.
– Estás muy callado -le dijo Caroline con disimulo, inclinánde hacia él mientras la conversación zumbaba a su alrededor. Robert: miró y vio su maliciosa sonrisa-. Y tienes un brillo muy interesante en la mirada. Apuesto a que puedo adivinar por qué. -Dirigió la mirad hacia Allie de una forma nada sutil.
Robert lanzó a Caroline una mirada igualmente maliciosa, y luego la dirigió hacia Allie.
– No pienso aceptar esa apuesta, porque estoy seguro de que he acertado.
Reprimió una sonrisa al ver la expresión de suficiencia de Carolina. Ella se acercó más.
– ¿Quieres decir… Allie?
Robert puso una expresión de asombro.
– ¿Allie? ¿Qué quieres decir? Pensaba que te referías al postre. Es absolutamente delicioso. No puedo hablar mientras como, ya sabe Se debe concentrar toda la atención en el delicado aroma. Y este sutil toque de limón siempre me hace brillar los ojos.
Caroline le mostró los dientes.
– ¿Sabes quién es más insufrible que tú?
– ¿Quién?
– Nadie.
Robert echó la cabeza hacia atrás y rió. Ah, sí, la vida era marav¡llosa. Había encontrado a la mujer que amaba, y aún podía tomarle el pelo a su hermana. Y la vida era tan buena que aún podía ser mejor. Porque tenía toda la noche planeada. Hacer el amor con Allie y lueg pedirle que fuera su esposa. Su voz interior lo interrumpió, indicándo que era posible que ella tuviera algo que objetar a su pasado, pero Robert no quiso hacer caso de esa molesta advertencia. Nada le estropearía esa velada. Y menos aún algo que había pasado cuatro años atrás. «Te estás engañando. Sabes cómo reaccionaría si lo supiera.» Sin duda. Y por eso precisamente que no tenía ninguna intención de explicárlo por el momento.
Más adelante. Se lo diría más adelante. Cuando ella ya lo amara lo suficiente para comprenderlo. Cierto que nunca podría explicarle toda la historia, pero seguramente conseguiría hacer que lo entendiera. Pero no esa noche. Esa noche se le declararía. Ella diría que sí, y anunciarían su compromiso al día siguiente durante el desayuno. La familia la recibiría con los brazos abiertos, porque era evidente, sobre todo después de esa cena, que Allie se entendía con ellos a la perfección. Elizabeth la quería, y no había duda de que a Caroline y a su madre les gustaba mucho. Y él… él era un hombre profundamente enamorado.
Ah, sí, la vida era maravillosa.
Después de la cena, Robert sugirió que pasaran a la sala de música.
– ¿Por qué? -La pregunta vino del duque, quien, según notó Allie, miraba a Robert con recelo mal disimulado.
– Quisiera entreteneros con una canción.
Allie casi se atragantó de risa al ver las diferentes expresiones de horror que la rodearon. Caroline y su madre parecía que hubieran encontrado un insecto nadando en sus tazas de té, mientras que el duque y lord Eddington ponían cara de haber mordido algo muy ácido. Sólo Elizabeth parecía divertida.
– Por Dios, hombre -dijo el duque-, si no te apiadas del resto de nosotros, como mínimo ten consideración con Elizabeth. Acaba de pasar por un duro trance.