– ¿Estás segura? Parece evidente que a ella no le resulta indiferente.
– Lo sentí, con mucha intensidad, cuando los toqué en la sala de música. Sufrimiento. Para ambos.
Michael Evers se tendió sobre el colchón lleno de bultos, con todos los músculos del cuerpo doloridos por el cansancio. Había cabalgado duramente casi sin descansar, cambiando de caballo con frecuencia, intentando adelantarse a la tormenta que se estaba formando en el cielo hacia el sur de su ruta. Había llegado a Liverpool hacía menos de una hora. Exhausto, había buscado una posada, había comido un poco de estofado y luego se había derrumbado sobre la cama.
Al día siguiente por la mañana cruzaría el mar de Irlanda hacia Dublín, un viaje que no le apetecía. Odiaba el agua. Odiaba todo lo que tenía que ver con ella. Navegar, pescar, todo eso. Era muy probable que su desagrado surgiera de su incapacidad para nadar. Siempre que se aventuraba cerca del agua, una capa de sudor le cubría todo el cuerpo. Claro que ese temor era algo que nadie conocía. «Nunca hay que mostrar debilidad», era su lema. Y en el tipo de trabajo al que se dedicaba y dadas las compañías que frecuentaba, no se podía permitir que nadie lo supiera. Prefería cabalgar sobre un maldito caballo durante todo el día que pasar cinco minutos en un puñetero barco. Sí, que le dieran la sólida piel de un caballo bajo su trasero y no unas planchas de madera a merced de las impredecibles mareas y las olas, que ondeaban y rompían de un modo que hacía que se le revolviera el estómago.
La verdad era que podía haber conseguido pasaje para la barcaza de ganado que zarpaba a medianoche. Pero, demonios, no podía enfeenrarse a la idea de cruzar toda esa agua a oscuras. Lo mejor era pasar la noche allí, descansar y cruzar a la luz del día, cuando pudiera ver qué pasaba. Ver donde estaban las barandillas de la borda, para no caerse accidentalmente desde el maldito puente.
Además, durante años la señora Brown había estado en posesión de la nota que en ese momento estaba oculta en su chaleco. ¿Qué podían importar unas cuantas horas más?
18
Exactamente treinta minutos después de medianoche, Robert entró sigilosamente en el dormitorio de Allie y cerró la puerta con llave. Se hallaba junto a la chimenea, rodeada de un halo de luz dorada que la hacía parecer etérea. Excepto por los ojos. Éstos se veían maliciosamente despiertos y cargados de deseo.
Robert sintió un nudo en la garganta. Le parecía que había esperado una eternidad para encontrarla, que la había buscado por todas partes. Y ahí estaba. Esperándolo. Por fin. Cuando sus miradas se encontraron, Robert atravesó la sala, sus pies descalzos se hundieron en la mullida alfombra. Iba cubierto sólo por su bata azul marino, anudado a la cintura, y a cada paso la tela de seda rozaba dolorosamente su recalentada piel. Se detuvo ante ella, con el corazón saltándole dentro del pecho como si hubiera corrido diez kilómetros.
– Quiero que sepas -le murmuró- que esta vez haré lo que pueda para ir despacio, pero teniendo en cuenta cómo me siento en este momento, sin siquiera haberte tocado, me temo que no existan muchas posibilidades.
Allie dio un paso hacia él, cubriendo el reducido espacio que Robert había dejado entre ellos, luego le puso las manos abiertas sobre el pecho en el escote de su batín, lo que le causó a éste una instantánea reacción en la entrepierna. Robert le puso las manos en la cintura, y aspiró con fuerza cuando ella se inclinó hacia delante y apretó los labios contra su piel.
– Creo – repuso Allie, mientras su aliento le acariciaba- que lo de ir despacio puede quedar para después.
Sus labios reemplazaron a sus dedos, cosquilleándole los pezones con la lengua, haciéndole estremecer. Bajó las manos por su abdomen hasta la cinta atada a su cintura. Robert la agarró por las muñecas y dio un paso atrás.
– «Después» llegará en unos segundos si continúas haciendo eso le informó. Los ojos de Allie reflejaron decepción mezclada con sabiduría femenina. La mirada de Robert se paseó lentamente sobre el cuerpo cubierto de paño dorado de la joven-. Sin duda es un vestido muy hermoso -murmuró.
– Sí.
– Saquémoslo.
– Sí.
Robert le soltó las muñecas y se colocó a su espalda. Con las manos sobre los hombros, se inclinó y le besó la piel pálida y vulnerable de la base del cuello. El aroma a madreselva le encendió los sentidos y él lamió aquel punto, absorbiendo el ligero estremecimiento que recorrió a Allie.
Se irguió y pasó el dedo por la hilera de botoncitos del vestido que descendía desde la nuca hasta el centro de la espalda. Desabrochó el primero, dejando al descubierto un tentador rectángulo de piel, que procedió a besar antes de desabrochar el segundo botón.
– Di instrucciones específicas a madame Renée de que pusiera aquí estos botones -murmuró mientras desabrochaba el tercero y el cuarto- para poder hacer esto. -Desabrochó los restantes botones, separó lentamente la tela y le pasó un único dedo sobre la columna.
Allie resopló.
– Supongo que debería estar horrorizada ante tal arrogancia y presunción.
– No era arrogancia-murmuró él contra su cuello-. Seguridad en mi mismo. Saber cuando algo es… correcto. E inevitable.
Le deslizó lentamente el vestido por los hombros y los brazos. La prenda resbaló por las caderas de Allie y cayó formando un charco dorado a sus pies. Robert le hizo dar la vuelta y la tomó de la mano, ayudándola a salir del círculo de tela. Luego recogió el vestido y lo dejó sobre el respaldo de un sillón, felicitándose por la impresionante contención que había mostrado hasta el momento.
Se volvió hacia Allie y tragó saliva. Cubierta tan sólo por la camisola transparente y las finas medias con ligas de encaje, le dejó sin aliento. Y sin gran parte de la contención por la que se acababa de felicitar. Los pezones de tonos coralinos se apretaban contra la camisola, llamándolo como un canto de sirena.
Comenzó a ir hacia Allie, pero ésta retrocedió. Robert alzó la vista hacia sus ojos y se quedó paralizado ante el travieso desafío que brillaba en ellos.
– Me estás mirando de una manera muy inquietante -dijo Allie con una voz rasposa que Robert sólo hubiera podido describir como ahumada.
Robert avanzó unos cuantos pasos más, colocándose de forma que la retirada de Allie la condujera directamente hacia la cama.
– Al contrario. No estoy inquieto en absoluto. Sé exactamente lo que planeo hacer contigo.
– Oh, oh. ¿Y te importaría informarme?
Su retirada se detuvo cuando tocó el colchón con la parte posterior de las piernas. Él avanzó sigiloso, como un gato salvaje disponiéndose a saltar sobre su presa. Se detuvo justo ante ella, y absorbió el deseo y la picardía que brillaban en los ojos de Allie, el rápido pulso que vibraba en la base de su cuello y el delicado e inconfundible aroma de excitación femenina que emanaba su piel.
– Mi querida Allie, estaré encantado de informarte. Primero me propongo liberarte del resto de tu vestimenta. -Tendió la mano y le bajó la camisola lentamente por los brazos hasta que cayó a sus pies, ella se quedó con sólo las medias y las ligas-. Eres exquisita -murmuró, contemplándola, fijándose en cada una de sus curvas, desde la cabeza a los pies. Luego se llenó las manos con sus firmes pechos, y notó cómo sus tensos pezones le presionaban la palma.
Allie dejó escapar un largo suspiro y punzadas de placer le recorriecon la piel. Cerró los ojos y se entregó totalmente a la sensación de las manos de Robert sobre su cuerpo, excitándole los pezones y deslizándose hacia abajo para acariciarle las nalgas, mientras sus labios y su lengua se ocupaban de los pechos. Allie pasó los dedos por el sedoso pelo del joven, alzando los pechos, urgiéndolo a acoger más de ellos en el cielo húmedo de su boca. El deseo la recorrió, humedeciéndola, haciéndole crecer un calor anhelante y apremiante entre las piernas, que exigía la caricia de Robert. Se sintió impaciente. Quería más, lo necesitaba, ya.