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El dolor y la furia combatían en Allie. Robert no se lo iba a explicar. Bueno, pues no pensaba aceptarlo.

– Sólo quiero saber una cosa, y quiero que me digas la verdad. ¿Provocaste el incendio?

Robert no contestó durante lo que pareció una eternidad. Su preocupado semblante mostraba claramente el conflicto que mantenía en su interior.

– Sí, así fue.

– ¿Fue un accidente?

– No. -Parecía que esa única y seca palabra se la hubieran arrancado del pecho. Yo inicié un incendio en un pueblo cercano. Un edifio ardió. Un hombre perdió la vida.

Allie notó que el rostro se le vaciaba de sangre.

– ¿No te llevaron a prisión?

– No. Mi familia tiene mucha influencia. -Parecía estar a punto de decir algo más, pero cerró los labios con fuerza. Emociones indescifrables le cruzaron el rostro y apretó los puños-. Esto es todo lo que puedo contarte.

Allie sintió que se le rompía el corazón. Era obvio que eso no era todo, que había aspectos del incidente que Robert no estaba dispuesto a compartir con ella. Dios, ¿cómo era posible sentirse tan insensible y al mismo tiempo tan dolorosamente herida? ¿Y por qué sentía esa ridícula pena por él? ¿Sería por la mirada torturada que había en sus ojos? ¿Por la manera en que parecía suplicarle en silencio algo que ella no acababa de entender?

Bueno, pues no debería sentir lástima de él. Acababa de admitir que había cometido un crimen. Y que no tenía intención de hablar con ella del asunto. Allie se sintió como si reviviera su peor pesadilla. Sí que era como David. «Exactamente igual a David, exactamente igual a David.»

Apartó la mirada de los tristes ojos de Robert y miró hacia la puerta en un claro gesto.

– Creo que sería mejor que salieras de mi dormitorio. Y que no regresaras.

Robert la agarró por los hombros y la obligó a mirarle. El dolor que sus palabras le causaba era evidente.

– ¿Quieres acabar nuestra relación?

– No puedo compartir estas… intimidades contigo por más tiempo. -A causa de un error en mi pasado. -A causa del tipo de error. Y porque no me hablaste de él. Me has pedido que pase el resto de mi vida contigo, y sin embargo me ocultaste deliberadamente información que tenías que saber que era muy importante, sobre todo en vista de mi propio pasado.

Robert dio un paso hacia ella y le tomó el rostro entre las manos, con su propio rostro tenso de emoción.

– Allie. Por favor. Dejemos nuestros respectivos pasados atrás, donde deben estar. Te amo. Tanto que duele. -Sus ansiosos ojos escrutaron el rostro de Allie-. ¿Me amas? -La pregunta pareció estallar desde su interior-. Si así es, si sientes lo mismo que yo, si confias en mí, juntos podremos conseguirlo todo. Si no me amas… -Se interrumpió y tragó saliva-. ¿Me amas?

¿Lo amaba? ¡No lo sabía! Tantas emociones encontradas se removían en su interior que sintió que le iba a estallar la cabeza. Había estado totalmente decidida a no amarle, a no sentir nada hacia él, pero de algún modo Robert había conseguido burlar sus defensas. Necesitaba tiempo para pensar, y no podía hacerlo con él allí, aumentando su confusión. Las dos únicas cosas de las que estaba segura eran que no quería amarlo y que no volvería a permitir que la hirieran.

Las manos de Robert se apartaron de su rostro.

– Supongo que ya tengo la respuesta.

– Robert. -Allie se apretó el estómago con las manos. Sentía la necesidad de decir algo, pero no sabía qué, ni siquiera estaba segura de por qué, a pesar de todo, experimentaba una necesidad inexplicable de consolarlo. De hacerle entender-. No sabes lo que se siente. Que te rompan el corazón, total y absolutamente.

Robert pareció mirar a través de ella.

– Estás equivocada, total y absolutamente -repuso en tono neutro. Se inclinó hacia delante, hasta que sus labios casi rozaron la oreja de Allie-. ¿Ves?, lo acabo de averiguar -le susurró. Su cálido aliento contrastaba con las frías palabras. Luego se volvió y cruzó la sala. Sin mirar atrás, salió de la habitación. La puerta se cerró tras él con un sonido que reverberó en el dormitorio con fúnebre irrevocabilidad.

Se había ido, y Allie supo que Robert había dejado algo más que su dormitorio, algo más que su sensual paréntesis. Se había marchado definitivamente. De su vida. No habría más noches colmadas de pasión, ni más días llenos de risas.

Un dolor angustioso, como no había experimentado nunca, la aplastó, dejándola sin aliento. Nada, jamás, había sido tan doloroso. Ni siquiera la traición de David. Le empezó a temblar todo el cuerpo se dirigió tambaleante hacia la cama. Se metió entre las sábanas como un animal herido, estremeciéndose y sintiéndose más perdida y sola que nunca en su vida.

Había hecho lo correcto. Para ambos… Había jurado no volver a casarse, no entregar nunca su corazón a alguien que pudiera pisotearlo. A un hombre que le ocultara cosas. Que fuera capaz de cometer un crimen.

E incluso si estuviera lo suficientemente loca como para dejar de lado todas las razones por las cuales él no era el hombre adecuado para ella, no podía pasar por alto el hecho de que ella no era la mujer adecuada para él. Una imagen de él jugando con sus sobrinos le pasó por la mente, y le causó un agudo dolor. Fueran cuales fueran los fallos de Robert, no se podía negar que era maravilloso con los niños. Y no podía olvidar que era un hombre que algún día querría, necesitaría, tener hijos propios.

Y no podía olvidar tampoco que ella nunca podría ser la mujer que se los diera.

El corazón le palpitaba de dolor. El recuerdo de Robert haciendo saltar a los niños sobre sus rodillas, a unos niños que lo miraban con ojos llenos de cariño, no debería hacerle tanto daño. Había sabido que su relación con Robert nunca acabaría en matrimonio y sabía que no habría hijos en su futuro. Pero los habría en el de él. Y eso le causó tristeza y un anhelo extremadamente doloroso.

Sí, era posible que pudiera satisfacerlo durante un tiempo, pero al final él querría hijos. Y ella no se los podía dar.

Era obvio que Robert había dejado su pasado atrás, que había seguido con su vida. Recordó sus palabras sobre el incendio: «No es algo de lo que me guste hablar.» Era como si hubiera guardado lo ocurrido en una caja y hubiera escrito «En el pasado. No hablar», y luego hubiera dejado la caja en un rincón de su armario, para no volver a verla.

No importaba. Su apasionada relación se había acabado. Simplemente había finalizado un poco antes de lo previsto.

Sólo le faltaba convencer a su corazón.

Robert entró en su dormitorio y fue derecho hacia los licores. Bebió de un trago una cantidad considerable de coñac y luego se sirvió otro. Mientras se llevaba la copa a los labios, vio su reflejo en el espejo. Del cuello hacia abajo tenía el aspecto de un hombre acabado de salir la cama de su amante: desarreglado y con el batín arrugado. Del cuello hacia arriba, parecía un hombre que acabara de perder todo aquello de un zarpazo: vacío, con los ojos hundidos y demacrado.

Saludó a su reflejo con una inclinación de cabeza y alzó la copa imitando un brindis.

– Bueno, pues no ha ido muy bien, ¿verdad?

Se bebió de un trago el potente licor, disfrutando del ardor interno, que al menos servía para probar que no estaba completamente insensible. Quizá después de unas cuantas copas empezaría a sentirse mejor. Tal vez unas cuantas docenas fuera lo necesario.

– Maldición, no hay coñac suficiente en todo el imperio para hacerme sentir mejor -musitó. Claro que con suficiente coñac podía llegar a no sentir nada, lo que en ese momento sería una bendición. Se sirvió dos dedos más en la copa de cristal, se dirigió al sillón ante la chimenea y se dejó caer en él. Se inclinó hacia delante, apoyando los codos sobre las rodillas, y se quedó mirando las bajas llamas, como si contuvieran la respuesta a todas sus preguntas. Y sabía Dios que tenía una buena cantidad de preguntas. El problema era que no le gustaban las malditas respuestas. A decir verdad, sólo había conseguido una respuesta positiva a una pregunta: Allie sí que sabía a madreselva por todas partes.