Allie y él habían conseguido evitarse durante esos días, aunque no estaba seguro de si era él quien la evitaba a ella o ella quien lo evitaba a él. Había pasado la mayor parte del tiempo en el despacho de Austin, ayudando a su hermano con las cuentas de las tierras, lanzándose a la tarea con un entusiasmo que había sorprendido a Austin. Pero Robert necesitaba tener la mente y las manos ocupadas para no pensar en Allie. Para no buscarla y encontrar alguna excusa que le permitiera tocarla.
Cuando no estaba ayudando a Austin con las cuentas, se quedaba leyendo solo en la biblioteca, jugaba al billar con Austin o Miles y pasaba largos ratos con James y Emily en el cuarto de los niños, aunque le resultaba una tortura ver aquel sofá. Sabía por Caroline que Allie había pasado la mayor parte de los últimos cuatro días con ella y su madre, hablando, bordando y jugando a las cartas. Y según Austin, también visitaba a Elizabeth todas las tardes.
Robert ansiaba escaparse de la casa, donde no podía dejar de captar esquivos efluvios de la fragancia de Allie en los pasillos, y cabalgar durante largo rato. Sin embargo, la lluvia impedía las actividades al aire libre.
De todas maneras no podía decirse que hubiera estado chocando con ella en cada esquina. En realidad, las únicas veces en que la había visto durante esos cuatro días habían sido durante la cena, cuando toda la familia se reunía en el comedor principal. Y esas cuatro ocasiones le habían resultado un infierno.
Allie se había sentado frente a él, con los malditos vestidos negros, y cada noche más pálida y reservada, participando en las conversaciones, pero haciendo claros esfuerzos para ello. Y aunque los ojos de Robert se obstinaban en ir hacia ella, Allie nunca lo había mirado, excepto cuando sus miradas se habían cruzado, de forma totalmente casual por parte de ella, aquella misma noche.
El efecto de conectar con la mirada marrón dorada de Allie habia sido para Robert como un golpe en el corazón. Todo se le había borrado excepto ella. Durante un angustioso instante, Robert había esperado, rogando ver una chispa en sus ojos, alguna indicación de que ella lo echaba de menos. Que lo deseaba. Que lo amaba.
Pero Allie había bajado los párpados, ocultando los ojos, y había centrado toda su atención en la comida. Su absoluto rechazo había dado otro golpe más en su herido corazón.
Cada día le resultaba más difícil seguir fingiendo que todo iba bien.
Especialmente porque todo iba tan mal. Robert había pasado gran parte de los cuatro días anteriores consiguiendo mantener una fachada feliz y sonriente, aunque por dentro estuviera carcomido por la culpabilidad, pero había llegado a un punto en el que reírse le resultaba imposible. Lo intentaba por su familia, pero sabía que todos se habían dado cuenta de que algo no iba bien y también sabía que estaban preocupados. Lo podía ver en sus ojos, oírlo en las voces de su madre y de Caroline cuando le preguntaban cautelosamente si se encontraba bien. Había hecho todo lo posible por tranquilizarlas, pero sospechaba que había fallado. Igual que últimamente había fallado en todo lo que le importaba.
Un sonido junto a la puerta le llamó la atención.
– ¿Te importa que te haga compañía? -La voz de Austin surgió de la oscuridad.
Robert contuvo un suspiro. No deseaba compañía y no quería tener que conversar. Desgraciadamente, debido a su liberalidad con el coñac, también se sentía con muy pocas ganas de levantarse del sillón.
– Por favor -repuso, esperando que Austin no estuviera con ganas de hablar.
– ¿Te apetece otro coñac?
Robert se tragó lo que le quedaba en la copa.
– Sin duda. Trae la botella.
Oyó a Austin cruzar la sala y el sonido del cristal, seguido del salpicar del coñac al caer en la copa. Luego Austin se le unió junto al fuego, le rellenó generosamente la copa y se sentó en un sillón frente a Robert.
Robert le dio las gracias con un gesto y bebió un buen trago, disfrutando del fuego que le ardía en la garganta. Las ascuas que brillaban en la chimenea comenzaban a mezclarse en su visión. Bien. Quizá pronto encontraría el olvido que buscaba.
– ¿Quieres que hablemos?- preguntó Austin pausadamente.
Robert no intentó disimular que no sabía de qué.
– No especialmente.
Pasó casi un minuto de bendito silencio. Luego Austin lo interrumpió.
– ¿Te molestaría escuchar mis observaciones?
– ¿Tengo elección?
– Sólo si te marchas de la sala. Y a juzgar por tu postura y la manera en que arrastras las palabras, no es fácil que eso ocurra.
Robert gesticuló con la mano, girándola.
– Sin duda. Observa todo lo que quieras.
– Bien. Tanto la señora Brown como tú sois absoluta y terriblemente desgraciados. ¿Comentarios?
– No puedo hablar por ella. Pero en mi caso, tienes razón. Soy absoluta y terriblemente desgraciado. Y no estoy lo suficientemente borracho para olvidarlo. -Bebió otro trago de coñac.
– ¿Y eres desgraciado porque…?
A Robert se le escapó un largo suspiro, dejó caer la cabeza contra el respaldo del sillón y cerró los ojos.
– ¿No he dicho, en algún momento de esta maldita conversación, que no quiero hablar de ello?
– Puede ser que lo hayas mencionado. Sin embargo, como eres incapaz de levantarte de ese sillón y no me voy a marchar hasta que me contestes, más vale que me lo digas.
– Maldita sea. De acuerdo. Si tienes que saberlo te diré que ha rechazado mi proposición.
– ¿Y qué le propusiste exactamente?
Robert volvió la cabeza para mirarle con cara de pocos amigos, y al instante se arrepintió de su decisión. Tres Austin bailaban ante él. -Matrimonio -contestó, cerrando los ojos de golpe.
– ¿Y te ha rechazado?
– Tengo que decir, Austin, que ese tono de incredulidad en tu voz es muy amable y un bálsamo para mi dolorido orgullo. Sí, me ha rechazado. Completa, real e irrevocablemente, de la forma más enfática. De hecho, la dama no quiere tener nada que ver conmigo en ningún aspecto.
– ¿Te dio una razón?
Robert soltó una carcajada irónica.
– ¿Una razón? No, no me dio una razón. Me dio casi media docena.
– Quizá con un poco de tiempo…
– No. Dejó muy claro que no quiere volver a casarse. Con nadie. Pero especialmente conmigo. -Se llevó la copa a los labios y la vació-. Ya ha estado casada con un criminal, muchísimas gracias.
– Tú no eres un criminal.
– No creía serlo. Sin embargo, ha llegado a mi conocimiento, si bien un poco tarde, que cometer un crimen sí que te convierte en criminaL Incluso aunque el crimen haya tenido lugar hace años y se hayan realizado compensaciones. Descubrirlo ha sido un buen azote en el trasero, te lo aseguro.
Robert notó que Austin le agarraba el hombro. Abrió los ojos y lo vio inclinado hacia delante en su sillón, con el rostro inconfundiblemente serio entre las sombras.
– Lo lamento, Robert. Sé lo mucho que duele cuando crees que la mujer que amas no te corresponde.
– Te agradezco la intención, hermano. Pero no tienes ni maldita idea, Elizabeth te adora.
– No siempre lo supe.
– Eso es porque eres lento de entendederas.
– Entonces debe ser un defecto familiar, porque tú también lo padeces. Es más, lo tienes en mayor grado que yo.
Robert le lanzó la mirada más gélida que pudo lograr.
– No hace falta que te alegres tanto. Y de todas maneras, ¿qué quieres decir?
– Quiero decir que es obvio que la señora Brown también se siente desgraciada y angustiada. Si no sintiera nada por ti, ¿por qué estaría así? Si no sintiera nada por ti, te rechazaría y se olvidaría del asunto.
– No he dicho nunca que no sintiera nada por mí. Por desgracia, sus sentimientos van desde la decepción al desagrado. -Se inclinó hacia Austin y casi se cayó del sillón-. Un gran chasco, porque yo me esperaba amor y devoción.