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Austin sacudió a Robert por el hombro con una vehemencia que hizo que a éste le castañearan los dientes y sintiera que las sienes le iban a estallar.

– Escucha, estúpido borracho -ordenó Austin-. Te digo que creo que existe la posibilidad de que te quiera. Como tú la quieres. Es la única explicación lógica de su aflicción.

– Está afligida porque no le dije la verdad. Está afligida por mi pasado criminal.

– Porque te quiere.

– Porque le recuerdo a su difunto marido. -Robert frunció el ceño-. Antes de que muriera, claro. Y me temo que eso es una cosa muy, muy mala. Y que no va a desaparecer así. -Intentó chasquear los dedos, pero no lo consiguió.

– Bueno, por tu propio bien, espero que estés equivocado.

– Yo también. Pero sabes que siempre tengo razón. Y siempre me ha gustado tenerla, hasta ahora.

Austin se puso en pie y le tendió las manos.

– Vamos. Te ayudaré a subir las escaleras.

Gruñendo, Robert permitió que le ayudara a ponerse en pie, luego le pasó un brazo por los hombros mientras el suelo bailaba bajo sus pies-

– Demonios, ¿quién esta moviendo la casa? -Austin lo agarró firmemente por la cintura. Y fue un acierto, porque las rodillas de Robert empezaron a fallar.

– Mañana vas a disfrutar de un buen dolor de cabeza, Robbie, muchacho.

Robert hizo una mueca de dolor.

– Deja de gritar.

– No he gritado. Cruzaron lentamente la habitación- Lo más seguro es que ni te acuerdes de esta conversación por la mañana.

– Claro que me acordaré. Mi memoria es como un…

– ¿Colador?-sugirió Austin.

– iExacto!

– Sí. Bueno, en ese caso tengo que decirte dos cosas.

– ¿Qué?

– Que eres como un dolor de muelas.

– Vaya, gracias.

– Y que te quiero.

Robert intentó sonreír, pero parecía haberse quedado sin labios. A pesar de ello, en la pequeña porción de su corazón que permanecía intacta, sólo para poder ir latiendo, las palabras de Austin le recontortaron como nada lo había hecho en los cuatro tristes días anteriores.

Michael se apresuró a atravesar la pasarela del bergantín mercante anclado en Dublín y recitó toda una letanía de repetitivas frases tranquilizadoras, intentando mantener bajo control el pánico que sentía. No importaba que fuera la una de la madrugada y que tanto el mar como el cielo fueran negros. No importaba que el fuerte viento que causaría mala mar. También les haría ganar velocidad. Eso era lo único que importaba. Porque el tiempo era esencial. Tenía que llegar a Inglaterra lo antes posible. Luego ir desde Liverpool a Bradford Hall, con suerte un trayecto de quince horas a caballo. Pero tenía que llevar la información que había conseguido a Robert. Y a la señora Brown.

Sólo le quedaba rezar por no llegar demasiado tarde.

Sin preocuparse de cubrirse el camisón con la bata, Allie fue hasta la ventana de su habitación. Apartó las gruesas cortinas de terciopelo verde y parpadeó ante el inesperado sol matutino. Por fin había cesado la lluvia. Por fin podría escapar de esa casa. Respirar aire fresco que no contuviera rastros del aroma boscoso de Robert.

Los días siguientes a su enfrentamiento habían sido los más vacíos y desolados de su vida. Y también los más difíciles. Incluso más que después de la muerte de David, cuando descubrió su traición. Porque entonces, al menos, no tenía que fingir que era feliz.

Había pasado largas horas con Caroline y la duquesa madre, unas horas que, al mismo tiempo que disfrutaba, le habían provocado un doloroso deseo de hallarse junto a su propia madre y hermana. Caroline, con su carácter juguetón y bromista y su tendencia a jugar a las cartas de una forma algo creativa, le recordaba mucho a Katherine. Y aunque la regia duquesa madre era muy diferente de mamá, ambas adoraban a sus hijos, y Allie le agradecía que la tratase con tanto cariño como lo hacía con Caroline y Elizabeth.

Sin embargo, al ir pasando los días no podía evitar sentir el peso de las miradas inquisidoras de Caroline y la duquesa, y también las de Elizabeth cuando la visitaba por la tarde. Había evitado hablarle de Robert, y las dos veces que Elizabeth lo había nombrado Allie había cambiado de tema o había respondido con evasivas. Pero se daba cuenta de que no podía seguir así indefinidamente. Dadas las sensaciones de Elizabeth, lo más seguro era que ya supiera lo que sucedía, pero estaba claro que esperaba que fuera Allie quien sacara el tema.

Aunque, la verdad, no hacían falta poderes especiales de percepción para notar la tensión que existía entre ella y Robert durante las cenas. A Allie le parecía como si en la mesa, el aire entre ellos pudiera cortarse. Grarias a Dios que hasta ahora sólo había tenido que verlo durante la cena. Era una tortura tenerlo sentado justo enfrente de ella. Su presencia le provocaba un nudo en la garganta, que casi le impedía comer. No podía mirarlo, no quería verlo. Porque sentía que hacerlo le provocaría… ¿qué?

¿Que lo deseara aún más? Eso no parecía posible, porque ya lo deseaba con una dolorosa intensidad. ¿Que se desmoronara su decisión de evitarlo? Sí, ésa era una clara posibilidad, y no quería ni pensar en ella. ¿Que reconsiderara su proposición de matrimonio? No, eso era imposible. Nada había cambiado entre ellos; seguían siendo inadecuados el uno para el otro.

¿Que se viera obligada a aceptar que lo amaba?

Se inclinó hacia delante, apoyó la frente en el frío cristal y cerró los ojos, incapaz de acallar la verdad por más tiempo. Lo amaba. Totalmente.

¿Cómo había podido pasar eso? De su garganta surgió un sonido, medio carcajada medio gemido. Sin duda no existía ninguna mujer más estúpida que ella. Podía entender que hubiera cometido un error, al fin y al cabo era humana y propensa a la equivocación. Pero cometer el mismo error dos veces, y un error tan grande como enamorarse del hombre totalmente equivocado, bueno, eso ya era haber perdido la razón. Si iba a seguir cometiendo errores, ¿por qué al menos no cometía uno diferente? Algo como usar el tenedor incorrecto o pagarle al tendero una cantidad equivocada.

Pero no, parecía destinada a enamorarse impetuosamente de hombres apuestos y encantadores que no se sentían obligados a ser sinceros con ella. Hombres cuyo atractivo exterior escondía pasados dudosos y criminales. Quizá debería ir pensando en visitar la prisión más próxima. Sin duda así podría ahorrar tiempo al escoger el próximo hombre al que entregarle su corazón.

Pero incluso mientras formulaba ese pensamiento sarcástico, se dio cuenta de que no habría otro hombre después de Robert. Creía haber amado a David con todo su corazón, pero lo que sentía por Robert hacía que sus sentimientos hacia David parecieran insignificantes.

«¿Pensabas que antes te habían roto el corazón? -se burló su voz interior-. iJa! ¡Ahora sabes exactamente lo que se siente!»

Sí, era cierto. Y no podía soportar seguir sintiendo aquello. Había llegado la hora de enfrentarse directamente a la situación y tomar una decisión. Tenía tres alternativas. Podía cambiar de opinión y aceptar la proposición de Robert, una opción que descartó por las mismas razones por las que ya la había rechazado antes. No podía entregar su corazón a otro David. Robert podía poseer su corazón, pero ella no tenía por qué entregárselo.

O podía seguir con su plan original y permanecer allí con Elizabeth durante las próximas cinco semanas. Sintió una punzada de pesar, porque sabía que también debía descartar esa posibilidad.

Eso la dejaba con una sola alternativa, que, por mucho que le doliera, era la opción más lógica. Tenía que marcharse lo antes posible. Regresaría a Londres y se embarcaría hacia América en el primer barco que encontrara. Antes de cometer otro error. Antes de ceder a la tentación y permitir que su poco fiable corazón le gobernara la cabeza.

Lester Redfern se acercó al caballo con mirada de pocos amigos.

– Si me muerdes de nuevo, te pego un tiro aquí mismo, jamelgo inútil.

La yegua sacudió la cabeza y mostró los dientes amarillentos. Refunfuñando, Redfern puso la bota en el estribo y subió torpemente a la silla, mientras el animal daba unos pasos hacia un lado, alejándose de él. Maldición, quizá le pegara un tiro a esa bestia de todas formas. Pero más tarde. Después de haber conseguido la nota y haber acabado con la señora Brown.

La brillante luz del sol le hizo guiñar los ojos. Entre el sol y la temperatura cada vez más elevada, la carretera estaría pasable. Una sonrisa sombría se le dibujó en el rostro y espoleó a la yegua con los talones.

Al día siguiente a esa hora sería un hombre rico.

«Prepárate, señora Brown. Allá voy.»

Doblado sobre la silla del caballo, Michael galopaba por el camino. Con los dientes apretados, se obligó a concentrase en cada paso que lo acercaba a Bradford Hall. Se obligó a no pensar en la sorprendente e increíble historia que su madre le había contado. Se obligó a dejar las implicaciones de esa historia para más tarde. En ese momento sólo habla una cosa en la que pensar: en llegar a Bradford Hall y hasta la señora Brown.

Antes de que Geoffrey Hadmore lo hiciera.

Geoffrey Hadmore puso su caballo al paso, irritado por el retraso que causaban los numerosos baches embarrados del camino. Aprovechó para sacar el pañuelo del bolsillo del chaleco y enjugarse la frente. A pesar de que las condiciones para viajar distaban mucho de ser perfectas, el camino se estaba secando rápidamente. A primera hora de la tarde ya podría avanzar con mayor rapidez. Y eso estaría bien. Al fin y al cabo tenía un regalo que entregar.

Y al menos un asesinato que cometer.