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– Que te marches le dolerá.

– Que me quede le dolerá más. No le puedo dar lo que quiere. -El cansancio, tanto físico como emocional, la envolvió y dejó caer los hombros-. Y ahora, si me excusas, creo que me retiraré a descansar un rato. Me temo que estas últimas noches no he dormido bien.

– ¿Cuándo tienes pensado partir hacia Londres?

– Me gustaría partir mañana, si se puede arreglar -susurró Allie. Mañana. Parecía una eternidad. Parecía un solo segundo.

– Me ocuparé de que tengas un carruaje a tu disposición. Pero rezaré para que cambies de opinión.

– No cambiaré. -Se inclinó y besó a Elizabeth en la mejilla- Gracias por todo. Y en especial por el valioso regalo de tu amistad. -Se puso en pie y salió del cuarto, cerrando la puerta silenciosamente.

Elizabeth permaneció sentada, mirándose las manos. Manos que parecían normales en todos los aspectos, pero que tantas veces le habían permitido ver. Ver cosas que se suponía que no debía ver. Lo cual le planteaba el dilema moral de qué hacer con la información.

Siguió sentada durante unos minutos, sopesando su decisión. Luego se puso en pie y se dirigió rápidamente hacia su salón privado. Fue directa al escritorio, sacó una hoja de papel del cajón y hundió la pluma en el tintero.

Y rezó por estar haciendo lo correcto.

Agotada después de la conversación con Elizabeth, Allie estaba a punto de entrar en su dormitorio cuando Caroline apareció por el pasillo.

– Allie, eres justo la persona que buscaba.

La preocupación evidente en los ojos de Caroline hizo que Allie preguntara:

– ¿Algo no va bien?

– No, pero esperaba convencerte para dar un paseo por el jardír y hablar. El tiempo se ha aclarado y estoy ansiosa por salir después de tantos días en casa por culpa de la lluvia.

Allie dudó un momento. Por la expresión de Caroline, supuso que su invitacion bien podría tener que ver con el deseo de ésta de hablar de Robert. Por mucho que prefiriera evitar el tema, necesitaba comunicarle a Caroline su decisión de partir. Y la oportunidad de escapar de la casa aunque fuera sólo por un rato era muy tentadora.

– Ven conmigo -la animó Caroline-. Te irá bien un poco de aire fresco.

De nuevo Allie dudo, porqué recordó la advertencia de Elizabeth de que no saliera sola, pero la desechó con un encogimiento de hombros. No estaría sola.

– Estaré encantada de pasear contigo, gracias.

22

Un mayordomo muy estirado le abrió la puerta a Michael. El criado alzó la nariz con obvio desagrado ante su aspecto desarreglado, pero Michael no le hizo caso. Había aguantado peores miradas de criados con humos.

– ¿Puedo ayudarle… señor?

– Necesito ver a lord Robert. Inmediatamente.

El mayordomo enarcó las cejas.

– Si me da su tarjeta, veré si…

El criado perdió el habla cuando Michael lo agarró de la perfectamente planchada solapa y lo arrastró hacia el vestíbulo. Cerró la puerta empujándola con el pie y alzó al asombrado sirviente hasta quedar nariz contra nariz.

– No tengo tarjeta -dijo Michael con una calma amenazadora-. Me llamo Michael Evers. Lord Robert me está esperando, y déjeme asegurarle, será su cabeza lo que reclamará si no me lleva hasta él ahora mismo. ¿Lo entiende?

El mayordomo asintió con la cabeza.

– ¿Dónde está la señora Brown? ¿Está completamente a salvo? -preguntó Michael, mientras dejaba que el mayordomo volviera a tocar con los pies el suelo.

El criado tragó saliva, con una mirada en la que se combinaban el temor y la confusión.

– ¿A salvo? Sí. La señora Brown está arriba, en el cuarto de los niños con la duquesa.

– ¿Está seguro?

En cuanto sus pies tocaron e1 suelo, el mayordomo retrocedió varios pasos.

– Sí. Yo mismo la dirigí hacia allí.

Michael dejó escapar un suspiro de alivio.

– Perfecto. Ahora vaya a…

– ¿Michael?

Este se volvió hacia la voz de Robert, que le llegaba desde el pasillo. Antes de que pudiera decir nada, intervino el mayordomo.

– Lord Robert, esta… persona, que dice conocerle, ha irrumpido y…

– No pasa nada,Fenton -repuso Robert, quitando importancia con un gesto-. Lo esperaba. -Su mirada buscó la de Michael- ¿tienes noticias?

– Sí. tenemos que hablar. Ahora mismo. En privado.

– Sígueme -indicó Roberr, y se apresuró por el corredor.

Michael clavó una mirada en él mayordomo.

– Asegúrese de que la señora Brown permanezca en la casa -ordenó. No permita que salga nadie. Ni que entren. ¿lo entiende?

El mayordomo asintió con la cabeza.

Satisfecho, Michael siguió a Robert por el pasillo.

Fenton contempló desaparecer por la esquina la amplia espalda del desconocido. Sacó un pañuelo y se enjugó la frente, mientras la indignación se apoderaba de él. ¡Un rufián zafio y sucio! Fenton se miró la ropa y ahogó un grito. Dios, la chaqueta estaba arrugada y la camisa torcida… estaba totalmente desarreglado. No sabía quién podía ser ese Michael Evers, pero estaba claro que no era un personaje adecuado para invitar a Bradford Hall ¿quién se creía que era, ese bruto, entrando en el vestíbulo a empujones, maltratándolo y dándole ordenes?

Fenton dejó escapar un reoplido elegante. No recibiría ordenes de ese hombre. Claro que no. ¡Él recibía órdenes del duque! Por culpa de ese tal Evers, Fenton tenía que retirarse a su habitación para arreglar su aspecto. No podía dirigir a los criados en su presente estado, ni permitir que el duque lo viera así.

Llamó a un lacayo para que se ocupara del vestíbulo y consiguió no fijarse en la sorprendida expresión del joven al ver su aspecto. Cielos. debía de ser peor de lo que suponía. Después de explicarle la manera correcta de abrir la puerta, Fenton se dirigió a sus habitaciones. Aquello era absolutamente irregular. En cuanto se arreglara, buscaría a su Excelencia y le informaría sobre el comportamiento de ese tal Evers.

Robert cerró la puerta de la biblioteca detrás de Michacl, quien se hallaba en un estado de gran agitación.

– ¿Qué has averiguado? ¿Pudo tu madre traducir la carta?

Michael se pasó los dedos por el pelo, ya muy despeinado.

– Sí. No te lo vas a creer. Hasta a mí me cuesta. -Miró a Robert con una expresión de sorpresa y amargura al mismo tiempo-. He galopado hasta llegar aquí como si el mismísimo diablo me persiguiera y ahora no sé ni por dónde empezar.

– Háblame de la nota. ¿Tiene algo que ver con el marido de Allie?

– Sólo de forma indirecta. -Sus oscuros ojos se clavaron en los de Robert-. Cuando le enseñé la carta a mi madre, se puso blanca como una sábana y casi se desmayó.

Robert estaba totalmente confuso.

– ¿Por qué?

Michael soltó una carcajada seca.

– La maldita carta se la escribieron a ella.

– ¿Qué? ¿Quién?

– El cura que la casó con mi padre. -Michael comenzó a pasear ante la chimenea, y Robert se guardó de agobiarle a preguntas, para que pudiera recuperar la calma-. Cuando mi madre vio la nota, se hundió, llorando y pidiéndome que la perdonara. No tenía ni maldita idea de qué me estaba hablando. Cuando conseguí calmarla, me contó esta historia… de la que la nota es la prueba.- Se detuvo un instante y cerró los ojos con fuerza-. Dios, aún no me lo puedo creer.

Alarmado por la inquietud de su amigo, quien jamás solía alterarse, Robert se acercó a él y le puso una mano en el hombro.

– Michael. Explícamelo.

Michael lo miró con ojos cansados.

– No recuerdo a mi padre -dijo con voz ronca-. Murió cuando yo era un bebé… o eso es lo que siempre creí. Hasta esta visita a mi madre. Me confesó que el hombre con el que se había casado no se llamaba Evers. Fue un nombre que ella eligió al azar.