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Intentó zafarse, pero los dedos del hombre se cerraron dolorosamcnte sobre su brazo. Pensó en gritar, pero estaban demasiado lejos de la casa para que la oyeran. Tal vez Caroline oyera los gritos, pero eso sólo haría que regresara, sin ayuda, y la pondría también en peligro. Además, gritar haría que lord Shelhourne se enfureciera y le daría motivo para dejarla inconsciente o amordazarla. O atarla. Lo mejor era permanecer lo más calmada posible.

Y ganar tiempo. Hasta que Caroline regresara con ayuda. Tragó saliva para humedecerse la reseca garganta.

– Sé dónde está la nota.

– ¿Dónde?

Pensó en decir que la había quemado, pero se decidió por una historia más larga. Porque lo que necesitaba era tiempo.

– Se la di a alguien.

Geoffrey apretó la mano, y Allie ahogó un grito ante el dolor que le subió por los hombros.

– ¿A quién, maldita sea?

– A… un caballero de Londres. A un traductor. La carta estaba escrita en un idioma extranjero que no podía leer.

Una expresión de sorpresa cruzó las tensas facciones de Geoffrey.

– ¿Un idioma extranjero? ¿Qué tontería es ésa?

– Es cierto. Creo que el idioma podría ser gaélico. -Él frunció el ceño y luego hizo un gesto de asentimiento. -Gaélico. Sí, supongo que es posible. -Entrecerró los ojos

– ¿Cuándo se la diste?

– El día antes de partir de Londres.

– ¿Nombre?

– Smythe. Edward Smythe.

– ¿Dirección?

– No estoy segura. -Geoffrey la sacudió con violencia-. No la sé-insistió Allie-. Le pedí al mayordomo que me recomendara un traductor y él me dio el nombre del señor Smythe. Yo sólo escribí una carta de presentación, la junté con la nota y se lo di todo al mayordomo para que lo enviara. No sé adónde fue.

Los oscuros ojos del hombre se clavaron en los de Allie durante varios segundos. Luego dejó escapar una gruñido de frustración.

– Tengo más preguntas, pero tendrán que esperar. Debemos irnos de aquí.

Allie alzó la barbilla.

– No voy a ir a ninguna parte contigo.

En un instante, Geoffrey la había soltado y había sacado una pequeña pistola del bolsillo de la chaqueta.

– Vas a venir conmigo y lo vas a hacer en silencio. Si gritas, te juro que será el último sonido que hagas.

Allie tragó saliva.

– Tendrías problemas para explicar dos cadáveres.

– En absoluto. Diré que el mismo rufián que atacó al pobre Redfern regresó y nos vimos obligados a huir. Pero te agarró y, aunque intenté salvarte, se te llevó a Dios sabe dónde. Me mancho la cara con un poco de barro, actúo como si estuviera horrorizado y digo: «Yo he escapado por los pelos.» -La empujó hacia el caballo. Montó rápidamente y casi le dislocó el brazo ya dolorido al subirla y colocarla ante él en la silla. Allie notó la pistola, que había vuelto a guardar en el bolsillo. Si pudiera escaparse…

Un brazo fuerte y musculoso la rodeó por la cintura, casi asfixiándola, y Geoffrey espoleó el caballo.

Robert se hallaba sentado en el sofá, con los brazos apoyados en las rodillas, y observaba a Michael ir de un lado a otro ante la chimenea.

– El nombre del hombre con quien mi madre se casó era Nigel Hadmore. Era el segundo hijo del conde de Shelbourne.

Robert lo miró anonadado.

– Ese tal Nigel -continuó Michael- fue a Irlanda en uno de sus viajes, y él y madre se enamoraron locamente. Claro que mamá no era una dama elegante, sólo la hija del tabernero. Nigel decidió quedarse en Irlanda con ella, pero según mamá, su padre, un hombre muy estricto, le ordenó que regresara a su casa. Nigel se negó, y su padre lo dejó sin su sustanciosa pensión hasta que recobrara la razón y regresara a Inglaterra.

Hizo una pausa mirando las llamas.

– ¿Y regresó? -preguntó Richard.

– No. Al parecer había ahorrado una suma importante y por lo tanto no le preocupó que dejaran de pasarle la pensión. Mamá me dijo que, por primera vez, Nigel se había sentido libre del asfixiante control de su padre y que era feliz. Le pidió a mamá que se casaran y ella aceptó. Se casaron en Irlanda sin informar a su familia.

Se volvió hacia Robert con los oscuros ojos cargados de furia.

– Despues de la boda, fue cuando ese canalla demostró el tipo de hombre que era en realidad. Oh, al principio era feliz en Irlanda con su esposa e incluso más feliz cuando mamá le dijo que había un bebé en camino. Pero pasados varios meses, se le acabaron los ahorros. Rápidamente se hartó de trabajar en la taberna y empezó a echar de menos la vida lujosa que había dejado atrás. Su hijo acababa de cumplir seis meses cuando el pobre Nigel no pudo más. -El labio superior de Michael formó una mueca de disgusto.

»Donde antes se había sentido libre, ahora se sentía encadenado. No podía entender cómo mamá era completamente feliz en su casita en medio de ninguna parte, trabajando un día tras otro sólo para poder comer. No podía ni imaginarse por qué mamá no quería nada más para ella o para su hijo. Decía que aún amaba a mamá y a su hijo, pero que no estaba hecho para trabajar y vivir en esas condiciones tan rústicas. -El tono de Michael se volvió más mordaz-. Echaba en falta sus clubes y las brillantes reuniones sociales. La ropa fina. La comida delicada. Los criados. Decidió que haría las paces con su padre y conseguiría recuperar su sustanciosa pensión.

– ¿Y lo consiguió? -preguntó Robert.

Algo parecido al odio brilló en los ojos de Michael.

– Lo que ocurrió fue que cuando contactó con su padre, éste le dijo que regresara. Al parecer el hermano mayor de Nigel había muerto y ahora él era el heredero del condado. Cuando Nigel regresó a Inglaterra, su padre le informó de que, justo antes de la muerte de su hermano, habían arreglado el matrimonio entre éste y la hija de un acaudalado duque. La familia Hadmore se enfrentaba a la bancarrota y necesitaba desesperadamente la gran dote de la hija del duque. El padre de Nigel le ordenó, como nuevo heredero, que cumpliera el compromiso y se casara con la hija del duque para salvar el nombre y las propiedades de la familia.

– Bueno, pues no lo podía hacer -comentó Robert-. Ya estaba casado.

Michael le lanzó una mirada indescifrable.

– Sí, la mayoría de los hombres consideraría eso un problema, pero no Nigel. No, él decidió que tenía una opción. Se dio cuenta de que su matrimonio con la hija del duque tendría que realizarse pronto, antes de que el padre de ella considerase otras ofertas. No habría tiempo para conseguir la anulación de su matrimonio con Brianne, e incluso si hubiera tiempo, no tenía en qué basarla. Y claro, el divorcio era imposible. Pero… -Michael hizo una pausa mientras su expresión se endurecía aún más-. Nadie en Inglaterra sabía que ya estaba casado. -Se miraron el uno al otro en total silencio durante varios segundos.

Robert movió la cabeza.

– No querrás decir… No, es imposible.

– Ojalá lo fuera, amigo mío.

Geoffrey se forzó a respirar profunda y lentamente para dominar el pánico que amenazaba con apoderarse de él. Un dolor cegador le golpeaba los ojos, y necesitó toda su fuerza de voluntad para concentrarse en guiar el caballo por el bosque.

Las palabras de Allie le batían en el cerebro. «Le di la carta a un traductor.» De repente se sintió aliviado. Si la nota estaba escrita en un idioma extranjero, las posibilidades de que otra gente la hubiera leído disminuían. Pero ¿le estaría diciendo Alberta la verdad? ¿O sólo estaba intentando salvarse? Apretó los dientes. Pronto lo descubriría.

Avanzaban rápidamente, adentrándose en el bosque, cada vez más lejos de la casa. Pasado un cuarto de hora, Geoffrey descubrió un claro en el que había un lago. Un grupo de grandes rocas rodeaba la zona. Perfecto. Exactamente la clase de lugar donde podía decir que el rufián que había matado a Redfern se había lanzado sobre ellos mientras intentaban escapar de sus garras. Lo suficientemente lejos de la casa para hacer lo que debía. Detuvo el caballo y bajó de la silla.