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– Baja -ordenó.

Allie obedeció en silencio y el caballo fue a beber al lago. Alberta miró directamente a Geoffrey.

– ¿Qué pretendes hacer ahora? -le preguntó.

Él lo pensó durante un momento. ¿Cómo podría averiguar si mentía? ¿Cómo conseguir lo que quería? Se le ocurrió una idea y sonrió para sus adentros. Ah, sí… apelar a su compasión femenina.

– Lo cierto es que quiero disculparme -dijo, fingiendo una expresión avergonzada- por usar un arma de fuego en tu presencia. Era necesario que partiéramos, y me pareció que no cooperarías con la suficiente rapidez sin un… incentivo. Sin embargo, te aseguro que no tengo ninguna intención de hacerte daño alguno. Lo único que quiero es la nota que estaba en la caja del anillo. Me pertenece.

Notó una expresión de recelo en el rostro de Allie. Casi podía ver cómo trabajaba su cerebro en el interior de su bonita cabeza, intentando idear una forma de escaparse de él. Sintió una admiración involuntaria. No había duda de que era valiente. E inteligente. En otras circunstancias, Alberta, con su mente rápida y sus formas sensuales, le podría haber interesado mucho.

– Ya te lo he dicho. No la tengo.

– Dime, Alberta, ¿qué clase de hombre es tu padre?

Los ojos de Allie se cubrieron de una mezcla de sorpresa y sospecha ante aquella pregunta.

– Un buen hombre. Amable. Trabajador.

– ¿Tienes hermanos?

– Dos hermanos y una hermana.

Geoffrey asintió.

– Yo soy hijo único. Mucha gente me ha preguntado si el no tener hermanos me hacía sentirme solo, pero siempre he preferido no tener que compartir mis posesiones o el cariño de mi padre con nadie. De niño adoraba a mi padre. Claro que no lo veía muy a menudo. Madre y yo vivíamos en las propiedades de Cornwall, mientras que mi padre pasaba la mayor parte del tiempo en Londres. Esas preciosas semanas durante el verano, cuando nos visitaba, eran el punto culminante de mi niñez.

Una chispa de lo que podía ser lástima brilló en los ojos de Allie, y Geoffrey se sintió un poco reconfortado. Quizá sí que pudiera hacérselo entender. Cómo había sido su vida… hasta aquel día. Prosiguió rápidamente:

– Como heredero del condado, mi vida, mi existencia y mi identidad estuvieron definidas desde el día en que nací. Todas las lecciones, todos los pensamientos, se centraban en prepararme para mi futuro papel, el que pasaría a desempeñar después de la muerte de mi padre. Era un papel para el que estaba bien preparado. Fue su muerte lo que no pude aceptar.

Se detuvo para tomar aire, y sintió un odio ardiente y fiero hacia el hombre al que había adorado. El hombre que lo había traicionado de la manera más imperdonable.

– La verdad es que fue su confesión en el lecho de muerte lo que no pude aceptar -dijo con una voz que no podía controlar del todo.

Tomó a Allie de la mano y la miró fijamente, deseando que ella viera la profundidad de su dolor. La magnitud de su necesidad por esa nota- ¿Sabes lo que me dijo mi padre en su lecho de muerte, Alberta?

– ¿Cómo podría saberlo?

– ¿Así que no has leído la nota?

– No. Ya te lo he dicho, está escrita en un idioma extranjero. -Intentó apartarse de Geoffrey, pero éste la agarró con más fuerza-. Por favor, suéltame la mano. Me estás haciendo daño.

Geoffrey no hizo caso.

– Me confesó que tenía otro hijo. Un hijo mayor. Con otra mujer. Otra esposa. -Soltó una carcajada seca y amarga-. Mi noble padre siempre tan correcto, se había casado con una mujerzuela que conoció en Irlanda durante sus viajes. Era bígamo, lo que quería decir, claro, que yo no era su heredero legal. Entonces, para hacer las cosas aún peores mi padre tuvo la temeridad, la desfachatez, la osadía de pedirme que buscara a ese medio hermano y me asegurara de que tuviera una buen situación económica. -Un aullido de incredulidad e indignación le salió de la garganta-. No podía ni imaginarme por qué mi padre era capaz de pedirme una cosa así. Yo lo había adorado durante toda la vida, creyendo que era el paradigma de la fuerza, pero era débil y estúpido. Y si hay algo que no soporto es a un estúpido. -La miró fijamente a los ojos-. ¿Entiendes lo que significa la existencia de ese hombre? Si se llegara a saber, podría reclamar legalmente todo lo que es mío. Quitármelo todo. Mi hogar. Mi título. Mi derecho de nacimiento. Mi existencia. Según mi padre, la nota contiene la prueba de que ese otro matrimonio tuvo lugar y de que un hijo nació de esa unión. ¿No ves que debo tener esa nota, Alberta? Debo tenerla. Mi vida de pende de ello.

Allie se humedeció los labios.

– Lo entiendo. Y dadas las circunstancias que me describes, te la daría con mucho gusto si la tuviera. Pero ya te he dicho que no la tengo en mi poder. Lo juro.

Geoffrey la contempló con intensidad. Parecía estar diciendo la verdad. Un gruñido de frustración se formó en su interior, y apretó lo clientes para contenerlo. Maldición, tendría que buscar a ese maldito Edward Smyth. Y matarlo también. ¿Cuándo acabaría esa pesadilla

– Ese hombre, el señor Redfern -afirmó Allie-. Fue el responsable de los accidentes en el Seaward Lady. Fue quién se me secuestró y quien entró a robar en la mansión de los Bradford. Todo para conseguir esa nota y el anillo… para ti.

– La nota era lo más importante, pero también quería el anillo de mi padre. Es un recuerdo físico de que nunca me debo convertir en el débil estúpido que él era. Por desgracia, las circunstancias se pusieron continuamente en contra de Redfern, quien, tristemente, no demostró ser tan listo como yo había esperado. Sin duda no era tan listo como tu marido, cuya inteligencia y falta de moral cometí el error de subestimar. -Chasqueó la lengua-. Ya no te puedes fiar de nadie.

– Así que de esa manera David consiguió el anillo. Yo estaba segura de que lo había robado. Por eso vine a Inglaterra, para devolver el anillo a su dueño.

– David se lo robó a la mujerzuela que se casó con mi padre. Contraté a David para que los buscara a ella y a su hijo. Por desgracia, cuando la localizó, el hijo ya no vivía con ella. Aun así, como era un canalla muy listo, David se tomó la molestia de despojarla de varias joyas, entre ellas el anillo con el escudo de armas de mi padre. David encontró la nota escondida en el doble fondo de la caja. Me exigió una suma escandalosa por el anillo, la nota y su silencio. Yo acepté sus condiciones, pero él no cumplió con su parte del trato. Se escapó con el dinero y el anillo.

»Después de buscar durante años -prosiguió-, finalmente descubrí que David se había ido a América. Contraté a Redfern, a quien yo creía lo suficientemente listo como para realizar el trabajo, pero no lo bastante para traicionarme como había hecho David, y lo envié a América para recuperar el anillo. Cuando Redfern averiguó dónde vivía David, tu marido ya había muerto, y todas sus pertenencias habían desaparecido. Redfern se enteró de que David tenía esposa, pero que ésta se había ido. -Movió la cabeza tristemente-. Tantos inconvenientes. Redfern tardó dos años en encontrarte, Alberta, y cuando lo logró, estabas a punto de partir para Inglaterra.

– Así que se embarcó en el mismo bajel -susurró Allie.

– Sí. Y esto nos lleva hasta donde estamos ahora, que, lamento decir, es un lugar bastante triste.

La soltó, y Allie retrocedió tambaleante. Geoffrey metió la mano en el bolsillo de la chaqueta, extrajo la pistola y le apuntó al pecho.

23

Michael se pasó las manos por el ojeroso rostro, y Robert refrenó su impaciencia ante la pausa.

Después de dejar escapar un largo soplido, Michael continuó con ojos fieros.

– El canalla regresó a Irlanda y le explicó a mi madre una triste historia de cómo su padre lo desheredaría si llegaba a enterarse del matrimonio. Y que aunque la amaba y amaba a su hijo, odiaba la idea de regresar a lo que, según él, era una vida de abyecta pobreza. -La voz de Michael se tiñó de desprecio-. Y como ahora su hermano había muerto, él debía tomar su puesto como heredero, para que el patrimonio que había sido de la familia durante siglos no se convirtiera en ruinas.