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«Di lo que sea, haz lo que sea para ganar unos cuantos minutos más.»

– Todavía podemos disfrutar juntos -dijo en lo que esperaba que fuera un tono seductor-. Tu secreto estará seguro conmigo, Geoffrey. Nunca se lo diré a nadie.

Geoffrey enarcó las cejas y durante varios segundos meditó las palabras de Allie.

– Una oferta tentadora, querida. Pero me temo que ésta es la única salida. Adiós, Alberta.

Alzó la pistola varios centímetros. El cerebro de Allie le gritaba que saliera corriendo, pero sus pies parecían clavados en el suelo.

– ¡Detente! -La cortante orden llegó desde la izquierda, y las rodillas de Allie casi se doblaron de alivio. Robert surgió de entre los árboles con el cuchillo en la mano. Geoffrey volvió la atención hacia él y apuntó la pistola en su dirección.

– Quédate donde estás, Jamison.

El alivio de Allie se convirtió en temor. Robert estaba solo. El corazón casi se le detuvo. Y ahora la pistola le apuntaba a él.

La mirada de Robert la recorrió y ella le hizo un gesto con la cabeza para indicarle que estaba bien. Luego, con la mirada fija en Geoffrey, Robert avanzó lentamente hacia ella.

– Detente, Jamison, o disparo.

– Adelante – le invitó Robert con una voz sepulcral-. Es la única manera en que podrás detenerme.

El miedo le heló la sangre a Allie. Quería gritarle que se detuviera, pero antes de conseguirlo él cubrió los últimos pasos que los separaban y se puso ante ella, como escudo entre Allie y Geoffrey.

– Ahora somos dos, Shelbourne -dijo Robert-, y hay más en camino. No tendrás tiempo de recargar la pistola después de disparar. Se ha acabado. Tira el arma al suelo.

– Esto no te concierne, Jamison. -Los ojos de Geoffrey brillaban de odio. No tienes derecho a inmiscuirte en asuntos de los que no sabes nada.

– Lo sé todo -repuso Robert fríamente- Todo sobre la carta en la caja del anillo. Todo sobre el hombre muerto en el camino allá detrás, y sobre las muchas veces que has intentado acabar con Allie. También sé que no eres el conde de Shelbourne.

El rostro de Geoffrey se transformó en una roja mueca de furia.

– La única prueba es esa nota. Cuando la tenga…

– Te equivocas. También está el certificado de matrimonio entre tu padre y su esposa irlandesa. Y el registro del bautismo de su hijo. He visto ambos documentos.

Todo el color desapareció del rostro de Geoffrey.

– Imposible. Estás mintiendo. ¿Cómo puedes haber visto esos documentos?

– Tu medio hermano, el verdadero conde, me los ha enseñado después de su llegada a Bradford Hall, hace menos de una hora. Los ha conseguido en la iglesia de Irlanda donde su madre se casó con Nigel Hadmore. Se ha acabado. Tira el arma.

Sin duda, Geoffrey se daría cuenta de lo insostenible de su situación y escucharía a Robert. Pero cuando Allie lo miró por encima del hombro de Robert, sus esperanzas murieron al ver la desesperación y el odio que crispaban los rasgos de Geoffrey. Dios, un simple movimiento del dedo de aquel loco significaría el fin de Robert.

– ¿Quién es? -preguntó Geoffrev en lo que pareció un graznido.

Los hombros de Robert se tensaron.

– No te lo volveré a repetir. Tira el arma.

– Dime quién es -gritó Geoffrey.

– Realmente no hace falta, porque te lo encontrarás cara a en un momento. Pero ya que insistes, te diré que es Michael Evers, el boxeador. Sé que lo conoces, puesto que te he visto en su salón de boxeo.

Un silencio inquietante se cernió sobre el grupo, y durante unos segundos el único sonido que Allie pudo oír fueron los latidos de su propio corazón y la respiración jadeante de Geoffrey.

– No es posible -dijo Geoffrey con voz ahogada-. Ese hombre no es nada… es tan vulgar como la basura de la calle.

– Al contrario, es el boxeador más importante del país. Y es el conde de Shelbourne.

Un odio como Allie nunca había visto brilló en los ojos de Geoffrey.

– Te burlas de mí con tus mentiras, canalla. Quizá no consiga ganar, pero al menos puedo asegurarme de que tu boca mentirosa quede en silencio.

Antes de que Allie captara todo el horror de sus intenciones, Geoffrey alzó la pistola y apretó el gatillo.

Robert se lanzó hacia delante y luego cayó a los pies de Allie.

24

El seco sonido de un disparo rasgó el aire, seguido inmediatamente del penetrante grito de socorro de una mujer.

La señora Brown. Sin detener su carrera, Austin se dirigió hacia el sonido.

– El lago -gritó a Michael y Miles, que le seguían a poca distancia. El corazón le golpeaba contra el pecho, y se obligó a no imaginar que podía encontrar.

En menos de un minuto, irrumpieron en el pequeño claro, y su peores miedos se hicieron realidad. Robert yacía en el suelo. La señora Brown estaba arrodillada junto a él, con el rostro blanco como la nieve, apretando su corpiño contra el hombro de Robert. A poca distancia, se hallaba Shelbourne tirado en el suelo, respirando de manera entrecortada, con el rostro crispado de dolor y el mango de un puñal sobresaliéndole de la barriga.

– Ocúpate de Shelbourne -dijo el duque a Michael, y corrió hacia Robert, seguido de Miles.

– Gracias a Dios que están aquí -exclamó la señora Brown, mirándolos un segundo antes de volver a dirigir la mirada hacia Robert.

– ¿Está vivo? -preguntó Austin, cayendo de rodillas. El estómago le dio un vuelco al ver la palidez cenicienta de Robert y la oscura mancha que se extendía por su chaqueta.

– Sí. Pero está… sangrando mucho. No sé cuán grave es la herida. -Le tembló la voz, pero las manos que apretaban la herida eran firmes. Austin contempló cómo el blanco corpiño se teñía de rojo-. No… no pude romper el corpiño, así que me lo quité. Necesitamos vendas. Un médico. -Miró a Austin con ojos temerosos-. Me ha salvado la vida. Le lanzó el cuchillo a Geoffrey cuando éste le disparó y…

– Comprendo. -Dejando a un lado su propio temor, miró a Miles-. Necesitamos un médico. Cuanto antes.

Con un breve gesto de asentimiento, Miles salió corriendo en dirección a los establos.

– Muy bien -Indicó Austin lacónicamente-. Apliquemos más presión para detener la sangre. Luego podremos examinar la herida. -Colocó las manos sobre las de Allie y juntos apretaron. Y rezó por la vida de su hermano.

Michael se agachó junto a Geoffrey Hadmore. El dolor ensombrecía los ojos de éste y respiraba trabajosamente. Las manos se le tensaron sobre el estómago, donde la sangre le iba formando una mancha cada vez mayor en la blanca camisa. Con una mirada a la herida, Michael tuvo suficiente para saber que era mortal. Hadmore estaba agonizando, y Dios sabía que un cuchillo en las tripas era una forma muy desagradable de morir. Pero le resultaba difícil sentir compasión por ese hombre. Aun así, Michael se sacó la chaqueta, la enrolló y se la puso bajo la cabeza a Hadmore a modo de almohada.

La dolorida mirada de Hadmore lo enfocó.

– Tú -susurró-. Tú, bastardo.

Michael alzó las cejas.

– Por lo que parece, tú eres el bastardo, Hadmore. -De sus labios salió un seco sonido de desagrado-. Todos estos años que has estado viniendo a mi salón de boxeo… ¿quién habría supuesto que tuviéramos algo más en común que la pasión por ese deporte?

Los ojos de Geoffrey se entrecerraron cargados de odio.

– No tenemos nada en común.

– Tengo que darte la razón. El hombre que fue nuestro padre no era nada. -Su mirada bajó hasta donde sobresalía el mango del cuchillo, y le preguntó con una sensación de distante curiosidad-: ¿Por qué? ¿Ese título realmente valía tu vida?

Geoffrey hizo una mueca de dolor.

– Era mi vida -consiguió decir-. Todo lo que yo era… desde el día en que nací. -Los ojos se le aclararon durante un instante y brillaron de desprecio-. Tú sólo eres basura. Nunca estarás a la altura del título. La nobleza… se reirá de ti. -Cerró los párpados y su respiración se hizo más irregular.