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Michael se aproximó a él.

– Al menos yo estaré para oír las risas -le susurró-, que es más de lo que tú puedes decir.

– Espero que… te pudras… en el infierno.

Michael se encogió de hombros.

– Puede ser… algún día. Pero tú te pudrirás allí antes que yo.

Un hilillo se sangre resbaló entre los labios de Geoffrey. Un último aliento salió de sus pulmones, la cabeza se le fue para un lado y se quedó inmóvil.

Michael se lo quedó mirando durante varios segundos.

«Mueres por algo que no significa nada para mí. Algo que yo no quiero. Algo que nunca te habría arrebatado.»

Todo lo que le quedaba por hacer era rezar para que Robert no perdiera también la vida.

Allie se hallaba ante la chimenea del salón, con la mirada fija en bailoteantes llamas. ¿Cuánto tiempo más? Miró el reloj de la repisa. Tres horas. Tres horas interminables que parecían una eternidad. Una eternidad durante la cual habían detenido la hemorragia lo suficiente para que el duque y el señor Evers, o mejor, el nuevo conde de Shelbour pudieran llevar a Robert hasta la casa. Una eternidad desde que ha ayudado a Elizabeth y al médico a tratar la herida. El disparo sólo había alcanzado la carne, era una herida profunda, pero podría ha sido mucho peor. Aunque existía el riesgo de infección. Y había perdido tanta sangre…

Lo mas preocupante era que aún no había vuelto en sí. Al principio, Allie se había sentido casi agradecida, porque como mínimo Robert no sentía dolor ni había notado los numerosos puntos que habían sido necesarios para cerrar la herida. Pero mientras le limpiaba el rostro con un paño húmedo, había descubierto un bulto en el cráneo. Sin duda se había golpeado la cabeza al caer al suelo.

Tres horas interminables. Y todavía no se había despertado. Un sollozo le subió por la garganta y se mordió los labios para contenerlo. Seguramente Dios no permitiría que sobreviviera al disparo sólo para morir de la caída.

Robert le había salvado la vida. Apretó los párpados, y revivió la imagen de él entrando en el claro como un ángel vengador e interponiéndose como un escudo entre ella y aquel loco. Un loco al que había matado para protegerla.

Una imagen de su apuesto rostro, tan ceniciento y aterradoramente inmóvil, le vino a la cabeza. El estómago le dio un vuelco y apartó el pensamiento. Pero de inmediato su mente la bombardeó con otras imágenes de éclass="underline" sus ojos azules brillantes de picardía; sus labios formando una sonrisa burlona; en el parque con las palomas en el sombrero; machacando las teclas del piano y cantando desatinado; riendo con sus sobrinos; y el deseo y el amor que ardían en sus ojos cuando se inclinaba sobre ella para unir sus cuerpos.

¡Dios, lo amaba!

Amaba su bondad y su fuerza. Su compasión y su valentía. Lo había arriesgado todo por ella. Le había dicho que la amaba, pero incluso aunque no hubiera pronunciado esas palabras, ella lo habría sabido. Sus sentimientos eran evidentes en todas sus acciones. No era nada parecido a David, y se sintió avergonzada por la injusticia que había cometido con él al creer que se parecían. Le había dado todo lo que un hombre podía dar a una mujer, y en vez de aceptar su amor y corresponderle con el amor que se merecía, lo había apartado de su lado. Y creía haber cometido errores antes. Lanzó una carcajada seca y triste. Rechazar el amor de Robert y negarse a reconocer su amor por él era el error más grande que había cometido nunca.

Y tenía toda la intención de rectificarlo.

Sólo rogaba que él sobreviviera para tener la oportunidad de hacerlo.

Había ido de arriba abajo por el pasillo lleno de gente, rogando con el resto de la familia por que recuperara la conciencia. Pero finalmente no pudo soportar el atestado lugar por más tiempo. Necesitaba aire, espacio para moverse y tranquilidad para pensar, así que se había ido al salón. Pero al cabo de un rato, también lo sentía como una prisión.

– Allie. -Al oír la voz de Elizabeth a su espalda, se volvió con rapidez. Su mirada recorrió el rostro de su amiga, notó las oscuras ojeras.

– ¿Cómo está? -preguntó, consiguiendo hacer pasar las palabras a través del nudo que tenía en la garganta.

Elizabeth se acercó a ella y la tomó de las manos.

– Está despierto.

Sintió un alivio tan intenso que casi se mareó. «Está despierto.» Un sonido, medio sollozo medio risa, le salió de entre los labios. Podía ser que en la historia de la humanidad se hubieran pronunciado dos palabras más hermosas que ésas, pero no era capaz de imaginarse cuáles podrían haber sido.

Robert estaba sentado en la cama, apoyado sobre dos almohadones. Sentía como si en la vendada cabeza tuviera un batallón de diablos aporreándole el cráneo con pesados martillos. El brazo y el hombro, inmovilizados por un cabestrillo, le dolían o le palpitaban, alternativamente, con una intensidad que le hacía desear apretar los dientes, sólo que enseguida se dio cuenta de que si los apretaba, la cabeza le dolía aún más.

Toda su familia había entrado en la habitación, rodeando la cama como una bandada de palomas arrulladoras. Caroline le había tomado la mano derecha y su madre le agarraba la izquierda, mientras que Austin, Miles, Elizabeth y el doctor Sattler permanecían a los pies de la cama. Gracias a Dios que Michael se había ofrecido voluntario para organizar el transporte de los cuerpos, porque si no seguramente también estaría allí, mirándolo. La única que faltaba era Allie, y por mucho que amara a su familia y les agradeciera su preocupación, ella era a quien, en ese momento, deseaba y necesitaba ver.

Elizabeth había ido a buscarla, y uno a uno los miembros de la familia habían ido saliendo de la habitación. Las últimas en marcharse fueron su madre y Caroline, y ambas lo miraron con una profunda preocupación e inquietud.

Les sonrió, con la esperanza de tranquilizarlas.

– ¡Cáspita! Si hubiera sabido que una herida superficial y un bulto en la cabeza me iban a proporcionar tanta atención femenina, lo habría intentado antes. La próxima vez que me sienta abandonado, igual me golpeo con una roca.

La expresión de preocupación de las mujeres se relajó un poco. Su madre se inclinó y le besó suavemente en la mejilla.

– Querido, si alguna vez vuelves a darme un susto parecido, me veré obligada a adoptar M.M.D. -Le dedicó la mirada más fiera que Robert nunca había visto en su rostro, usualmente sereno-. Medidas Muy Drásticas.

– Vaya, madre. No tenía ni idea de que fueras una tigresa. ¿Te importaría decirme cuáles?

– Me quedaría a tu lado en todo momento, preparada para luchar contra todos los malos. Si fuera necesario, les golpearía con el bolso hasta dejarlos inconscientes.

Robert rió, intentando no hacer una mueca cuando un agudo dolor se le clavó en el cráneo y en el hombro.

– Ni soñaría con obligarte a hacer una cosa tan poco digna. Y en cuanto a quedarte a mi lado en todo momento… -Frunció los labios-. Humm. Eso podría ser delicado.

La duquesa madre alzó una ceja.

– Sin duda lo sería. Por lo tanto, más vale que no me obligues a hacerlo. Pero por ahora te dejaré con Caroline. Volveré más tarde a ver cómo estás.

– ¿Es una amenaza o una promesa?

– Ambas cosas -respondió con una sonrisa. Salió del dormitorio y cerró la puerta.

Robert se volvió hacia Caroline. Vio sus ojos cargados de culpabilidad y le apretó la mano.

– Deja de mirarme así -ordenó-. Estoy bien. Una gruesa lágrima resbaló por la mejilla de la joven. -Pero podrías haber muerto.

– Pero no ha sido así.

– Allie podría haber muerto.

– Pero no ha sido así.

– Todo es culpa mía. Si no la hubiera dejado sola con él…

– Me niego a escuchar esas tonterías. No sabías nada, ninguno de nosotros lo sabía. Ya se ha acabado, y Allie y yo estamos a salvo. Demos gracias por ello y no nos culpemos por cosas que ni podíamos controlar ni podemos cambiar. -Le ofreció lo que esperaba que fuera una sonrisa tranquilizadora-. Me temo que vas a tener que aguantarme al menos durante las próximas décadas.