Allie se la quedó mirando en silencio, anonadada. Finalmente se volvió hacia Robert, cuya mirada alternaba entre el rostro y el vientre de Allie, con una expresión de pasmo.
– ¿Ha dicho «bebé»? -preguntó Allie cuando pudo encontrar la voz.
– Sí, eso ha dicho. -Robert se aclaró la garganta-. Y odio decir que ya te lo dije, pero… -Una enorme sonrisa se dibujó en su rostro.
Allie se apretó el vientre con las manos. Los ojos se le llenaron de lágrimas, que, incontenibles, comenzaron a resbalarle por las mejillas. La mirada de Robert se llenó de aflicción.
– Cariño, no llores…
– No estoy llorando.
– Bueno, pues lo finges muy bien. -Le tomó el rostro entre las manos y le secó las lágrimas con los pulgares.
Allie lo miró a los ojos, abrumada.
– Nunca pensé… -Un sonido de pura alegría salió de sus labios-. Hace años que había enterrado el deseo de ser madre. Junto con tantos otros sueños. Y ahora todos se están haciendo realidad.
Robert la miró a los ojos, rebosantes de felicidad y amor. Ésa era su chica del dibujo. La mujer a la que había esperado toda su vida.
– Mi querida Allie. Claro que sí. ¿No te había dicho que siempre juego para ganar?
La acercó a él y tomó sus labios en un beso profundo y tierno. Ese «algo especial», aquella magia indefinible que había sentido desde la primera vez que la había tocado, le corrió por las venas y sintió tina absoluta satisfacción.
¡Por fin!
Jacquie D’Alesandro