Выбрать главу

Venía de abajo, y allá fue Rinaldo a toda velocidad, hasta encontrarse con Selina a los pies de las escaleras.

– Rinaldo -chilló la mujer al verlo-. ¡Gracias a Dios que estás en casa!

Se había arreglado el peinado y el maquillaje. Subió hacia él, se tiró a sus pies y rompió a llorar. Rinaldo la levantó sin el menor afecto.

– ¿Por qué estás tan histérica?

– Donna… se ha vuelto loca… me atacó…

– He oído que te echó de casa. ¿Por qué, Selina?, ¿qué le hiciste?

– Yo no hice nada, te lo juro.

– ¿Has estado incordiándola? -le preguntó-. Donna no te habría echado si no hubiera tenido algún motivo.

– Yo sólo saqué al bebé de la cuna para mecerlo. Lo quiero mucho y ella… ella parecía haberse vuelto loca. Es muy posesiva con el niño. No quiere compartirlo con nadie, ni siquiera contigo.

– Es la madre de Toni -dijo Rinaldo-. Y siempre hay una relación especial entre madre e hijo. Es natural.

– ¿Es natural que sea tan egoísta que le dé igual cómo trate a los demás?

– ¿A qué te refieres?

– ¿Por qué te crees que se casó contigo?

– Porque la obligué -afirmó Rinaldo.

– Eso es lo que tú te crees. Después de aparentar que la boda contigo la disgustaba, aprovechó la oportunidad que se le presentaba. Ella quería el apellido de la familia, para ella y para el niño. Y ahora que lo tiene, sólo quiere divorciarse y llegar a un acuerdo económico contigo.

– ¿De dónde te sacas esas estúpidas ideas?

– Ella misma me lo confesó. Siempre ha sabido que a mí no podía engañarme, Por eso me odia, porque sabe que yo te quiero y que siempre lucharé por ti. Hoy se quitó la careta y vi a la Donna verdadera, egoísta e implacable. ¿Por qué no la traes aquí, a ver si se atreve a negar lo que estoy diciendo?

– Donna no está aquí -dijo Rinaldo-. Se ha marchado con Toni.

– ¿Lo ves? -Dijo Selina después de llevarse las manos a la boca en un gesto de fingido dramatismo-. Después de confesarme sus intenciones, se ha marchado en seguida, antes de que yo pudiera avisarte.

– Pero tú no me has avisado -dijo Rinaldo con frialdad-. Podrías haberme telefoneado, en vez de esperar a que volviera a casa.

– Yo… por teléfono no me habrías creído -Improvisó Selina-. Incluso a mí me parece increíble lo perversa y calculadora que es. Me da miedo…

– Razón de más para avisarme, antes de que se llevara a Toni -dijo Rinaldo, mirándola implacablemente.

– ¿Por qué estamos parados perdiendo el tiempo? Si saca al bebé del país, no volverás a verla jamás -lo atosigó Selina.

– ¿Oíste tú algo? -le pregunto Rinaldo a María, que subía por las escaleras.

– Ya te he dicho lo que oí -replico ella-. Hubo una pelea y la patrona la echó de casa -añadió. Luego, sin favorecer a ninguna de las dos, se metió en la habitación de Piero.

– Me atacó como si estuviera poseída -protestó Selina.

– Lo dudo -dijo Rinaldo-. Llevo muchos meses casado con Donna y la voy conociendo. Y te conozco desde hace muchos años, Selina, y sé que eres capaz de cualquier cosa para salirte con la tuya. Ya no soy el chico inocente de antes. Te lo dije cuando corte con nuestra relación, pero tú no quisiste escucharme.

– Piensa lo que te dé la gana sobre mi -repuso Selina con voz temblorosa-. Recházame si quieres. Puede que me lo merezca. Lo único que ahora importa es que Toni esté a salvo. Donna te lo ha quitado.

Rinaldo se dio cuenta de que Selina tenía razón: Donna se había llevado a Toni sin decirle a él ni una palabra. Por mucho que desconfiara de Selina, los hechos hablaban por sí solos. Sintió como si Donna le hubiera dado un puñetazo en el estómago.

Intentó expulsar el dolor, sofocarlo concentrándose en su rabia, que era como se había enfrentado siempre al dolor. Así había superado los peores momentos tras la muerte de su madre. Lo había ayudado a presentar una cara de indiferencia al mundo cuando su hermano se había ido de Italia y lo había rescatado del horror de su muerte. La rabia era buena, controlaba la debilidad, y a Rinaldo le aterrorizaba ser débil. Por eso, echó mano de la rabia una vez más.

Al principio le resultó sencillo. Donna no tenía derecho a desaparecer con el niño.

– Espérame abajo -le dijo a Selina. En ese momento, María salió de la habitación de Piero.

– Quiere hablar contigo -le dijo.

– Ahora no. Intenta tranquilizarlo y dile que volveré lo antes posible -fue a su dormitorio y llamó por teléfono a Gino Forselli, para describir el coche de Donna-. Probablemente vaya hacia el Norte, a pasar la frontera.

– Si sólo salió hace dos horas, aún no habrá llegado a la aduana -le aseguró Forselli-. Me encargaré de que no pase. ¿Quieres que la arrestemos?

– ¡No! -dijo Rinaldo explosivamente-. Simplemente no la pierdas de vista y tenme al corriente.

Colgó el auricular y se sentó en la cama, sorprendido de que el truco de la rabia le hubiera fallado. Estaba ahí, pero en vez de apagar el dolor, le producía una ingrata amargura. Donna lo había engañado, desafiado, burlado, pero todo eso no era nada en comparación con lo que más le dolía: lo había rechazado.

Capítulo 12

– Tiene que ir a ver al signor Piero -lo presionó María, que acababa de entrar en la habitación de Rinaldo-. Es muy importante.

Lo encontró incorporado en la cama, sofocado y nervioso.

– Tranquilízate, abuelo -le dijo-. Todo saldrá bien.

– No… no… -Piero se esforzaba por hablar, pero cuanto más nervioso se ponía, más le costaba articular palabra-. Donna… -se tumbó sobre las almohadas.

– ¿Qué pasa con Donna?

Pero Piero no podía decir nada más. Rinaldo lo miró a los ojos y vio en ellos que su abuelo sabía algo importante que él desconocía.

– ¿Qué le pasa? Intenta decírmelo, traza las letras en mi mano -Rinaldo agarró la mano del abuelo y la colocó sobre su palma. Piero trazó una D-. Donna, ¿verdad? ¿Qué le pasa a Donna?

Piero trazó más letras. Al principio, Rinaldo no entendía nada; pero, María, que lo había seguido a la habitación del abuelo, sacó a Rinaldo de su aturdimiento.

– Amor -dijo ella con firmeza-. Donna te ama.

Eso es lo que está diciendo tu abuelo.

– Eso parece, ¿verdad? -Dijo Rinaldo con amargura-. Mirad, agradezco lo que los dos…

– ¡Basta! -lo interrumpió María. Rinaldo la miró sorprendida, pues María no le había hablado así desde que él era muy pequeño-. ¡Basta ya! Cuando eras un niño sabías escuchar. Ahora que eres un hombre no oyes nunca a los demás. De lo contrario, habrías entendido lo que tu mujer lleva intentando decirte todo este tiempo. Ella te ama. Lo sé. El signor Piero lo sabe. Hasta el idiota de Enrico lo sabe. Todos menos tú. Porque tú no escuchas.

– De acuerdo, María. No escucho -respondió con docilidad-. Pero no me lo creo, lo siento. ¿Por qué se aleja de mí sí me quiere? Explícamelo.

– Yo no puedo. Pero él sí -dijo señalando a Piero.

– ¿Por qué se ha ido, abuelo? -le preguntó. Piero trazó una S y una e-. ¿Selina?, ¿qué pasa con ella?

– M, e, n, t, i, r, a, s.

– ¿Mentiras? ¿Selina dice mentiras?, ¿qué mentiras?

– S, e, l, i, n, a, a, m, a, n, t, e.

– Sí, pero eso fue hace tiempo. Se acabó antes de casarme con Donna.

– D, i, j, o a D, o, n, n, a.

– ¿Le dijo que ella y yo todavía…? ¿Estás seguro?

– La oí -le indicó letra a letra-. Calabria… tú y ella… Selina dijo.

– ¿Le dijo a Donna que había estado conmigo en Calabria? -preguntó Rinaldo, asombrado.

– ¿Es verdad? -le preguntó Piero.

– No, por supuesto que no es verdad -explotó Rinaldo. Piero siguió trazando letras y Rinaldo adivinaba lo que quería decir antes de que terminara las palabras-. ¿Le dijo a Donna que nuestro matrimonio fue idea de Selina?, ¿que yo había planeado divorciarme, casarme con Selina y quedarme con el bebé?, ¿lo oíste todo? -preguntó indignado.