– Memo -murmuró Mike, con los labios todavía resecos por los cuatro días de
fiebre-; ¿viste al Soldado en la ventana?
Un pestañeo. Sí.
– ¿Le habías visto antes?
Sí.
– ¿Le tienes miedo?
SI.
– ¿Crees que ha venido para hacernos daño?
Sí.
– ¿Crees todavía que es la Muerte?
Uno, dos, tres pestañeos. No lo sé.
Mike respiró hondo. El peso de sus sueños febriles gravitaba encima de él como cadenas.
– ¿Le… le reconociste?
Sí.
– ¿Es alguien a quien conoces?
Sí.
– ¿Le conocen papá y mamá?
No.
– ¿Le conocería yo?
No.
– Pero tú le conoces, ¿verdad?
Memo cerró los ojos durante un buen rato, como si sintiera dolor o estuviera desesperada. Mike se sentía como un idiota, pero no sabía qué más preguntarle. Ella pestañeó una vez. Sí. Definitivamente, le conocía.
– ¿Está… vivo ahora?
No.
Mike no se sorprendió.
– Entonces es alguien a quien conoces y que está muerto, ¿verdad?
Sí.
– ¿Pero es una persona real? Quiero decir, alguien que estuvo vivo.
Sí.
– ¿Crees… crees que es un fantasma, Memo?
Tres pestañeos. Una pausa. Después, uno.
– ¿Es alguien a quien conocíais el abuelo y tú?
Pausa. Sí.
– ¿Un amigo?
No pestañeó. Sus ojos oscuros se clavaron en Mike, como pidiéndole que hiciese preguntas pertinentes.
– ¿Amigo del abuelo?
No.
– ¿Enemigo del abuelo?
Ella vaciló. Pestañeó una vez. Tenía los labios y la barbilla mojados de saliva. Mike cogió el pañuelo de hilo que estaba sobre la mesita de noche para enjugarla.
– Entonces, ¿era enemigo del abuelo y tuyo?
No.
Mike estaba seguro de que había pestañeado dos veces, pero no comprendía por qué. Ella acababa de decir…
– Un enemigo del abuelo -murmuró. La aspiradora había dejado de funcionar arriba, pero él pudo oír que su madre tarareaba mientras quitaba el polvo en las habitaciones de las niñas-. ¿Enemigo del abuelo, pero no tuyo?
Sí.
– Este soldado, ¿era amigo tuyo?
Sí.
Mike se balanceó sobre los talones. Bueno, ¿y ahora qué? ¿Cómo podía descubrir quién había sido aquella persona y por qué perseguía a Memo?
– ¿Sabes por qué ha vuelto, Memo?
No.
– Pero le tienes miedo, ¿eh?
Mike sabía que era una pregunta estúpida.
Sí. Pausa. Sí. Pausa. Sí.
– ¿Le tenías miedo cuando… cuando estaba vivo?
Sí.
– ¿Hay alguna manera de que yo pueda descubrir quién era?
SI . Sí .
Mike se puso en pie y caminó arriba y abajo por el pequeño espacio. Pasó un coche por la Primera Avenida. Un olor a flores y a césped recién segado entró por la ventana. Mike se dio cuenta con un sobresalto de culpabilidad de que su padre debía de haber segado el jardín mientras él estaba enfermo. Se agachó de nuevo junto a Memo.
– Memo, ¿puedo examinar tus cosas? ¿Te importa que les eche un vistazo?
Advirtió que había formulado la pregunta de manera que ella no podía responderle. Memo le miró, esperando.
– ¿Me lo permites? -murmuró él.
Sí.
El baúl de Memo estaba en el rincón. Todos los críos tenían absolutamente prohibido mirar lo que había en éclass="underline" eran los bienes más preciados e íntimos de su abuela, y la madre de Mike velaba por ellos como si la anciana hubiese de utilizarlos algún día
Mike revolvió la ropa hasta que encontró el paquete de cartas, la mayoría de ellas de su abuelo durante sus viajes como vendedor por todo el Estado.
– ¿Aquí, Memo?
No.
Había una caja de fotos, la mayoría de ellas de color sepia. Mike la levantó.
Sí.
Mike hojeó rápidamente las fotos, consciente de que su madre estaba terminando en las habitaciones de las chicas y que sólo tenía que arreglar la de él. Lo habitual era que él descansara en el cuarto de estar mientras ella aireaba el dormitorio y cambiaba las sábanas.
Debía de haber un centenar de fotografías en la caja: retratos en óvalo de parientes conocidos y de caras desconocidas; instantáneas de su abuelo cuando era joven, alto y vigoroso; el abuelo delante de su Pierce Arrow, el abuelo posando orgullosamente con otros dos hombres delante de la tienda de puros que había poseído, breve y desastrosamente, en Oak Hill; el abuelo y Memo en Chicago, en la Feria Universal; fotos de la familia, fotos de excursiones al campo, de vacaciones y de momentos de ocio en el porche; la fotografía de un niño vestido de blanco y durmiendo al parecer sobre un almohadón de seda…, y Mike se dio cuenta, impresionado, de que era el hermano gemelo de su padre, que había muerto siendo muy pequeño.
La foto había sido tomada después de la muerte del pequeño. ¡Qué costumbre tan horrible!
Mike hojeó más deprisa las fotografías. Algunas de Memo como señora mayor; el abuelo lanzando herraduras; una fotografía familiar de cuando Mike era pequeño, con las chicas mayores sonriendo a la cámara; más fotos antiguas…
Mike lanzó ahora una exclamación. Dejó caer el resto de las fotos en la caja y sostuvo una con marco de cartón, alargando el brazo, como si estuviese infectada.
El Soldado miraba orgullosamente. El mismo uniforme caqui, las mismas vendas o como lo hubiese llamado Duane, el mismo sombrero de campaña y el cinturón Sam Browne y… Era el mismo Soldado. Sólo que la cara no estaba esbozada en cera, sino que era una cara humana; ojos pequeños mirando a la cámara, unos labios finos y sonrientes, unos cabellos lisos y peinados hacia atrás, unas orejas grandes, barbilla pequeña y nariz prominente. Mike volvió la foto del revés. En la perfecta caligrafía de su abuela, esta inscripción: «William Campbell Phillips: 9 de nov. 1917.»
Mike sostuvo la foto en alto.
Sí.
– ¿Es realmente él?
Sí.
– ¿Hay algo más en el baúl, Memo? ¿Algo más que me informe sobre él?
Mike no creía que lo hubiese. Quería cerrar el baúl antes de que bajase su madre.
Sí.
Pestañeó, sorprendido. Levantó la caja de fotos.
No.
¿Qué más? Sólo una libreta pequeña con cubiertas de cuero. La levantó y la abrió por la mitad. La escritura era de puño y letra de su abuela. La fecha, enero de 1918.
– Un diario -susurró.
Sí. Sí. La anciana cerró los ojos y no volvió a abrirlos. Mike cerró de golpe el baúl, se guardó rápidamente la foto y el diario y se acercó a la cama, bajando la cara hasta que su mejilla casi tocó la boca de su abuela. Un aliento suave y seco brotó de los labios de ella.
Él le acarició suavemente los cabellos una vez, y entonces escondió el diario y la foto debajo de su camisa y se dirigió al sofá para «descansar».
Jim Harlen descubrió que la expresión «revólver de barriga», de su padre, significaba probablemente que había que apoyar aquel maldito trasto en la panza de alguien para que hiciese blanco. De no ser así, la pequeña arma no servía de nada.
Había caminado unos sesenta metros en el pequeño huerto de detrás de su casa y de la de los Congden hasta encontrar un árbol que parecía un buen blanco. Había retrocedido unos veinte pasos, levantado el brazo ileso con firmeza, y apretado el gatillo.
No sucedió nada. Mejor dicho, el percutor se levantó un poco y cayó hacia atrás. Harlen se preguntó si habría alguna clase de seguro en aquella maldita cosa… No, ningún botón ni resorte, salvo el que le había permitido abrir el cilindro. Tirar del gatillo era sencillamente más difícil de lo que había creído. Además, aquello le estaba haciendo perder en cierto modo el equilibrio.