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– No habría estado allí porque se movía de un lado a otro. Estaba en mi ventana, y después se metió debajo de la casa. Donde suelen estar los perros; pero los perros ya no se meten allí.

– Pero tú has dicho que estaba…

– Muerto, sí -dijo Cordie-. Yo creía que se lo habían llevado, pero cuando le vi supe que estaba muerto. -Dio unos pasos y miró la hilera de botellas y latas. Sólo dos de éstas tenían agujeros, y las botellas estaban intactas. Sacudió la cabeza-. Mi madre también le ha visto; pero ella cree que es un fantasma, y que sólo quiere venir a casa.

– ¿Y quiere?

Harlen se sorprendió al oír que su voz era un ronco murmullo.

– No. -Cordie se acercó más y se lo quedó mirando a través de los mechones. Harlen percibió un olor a ropa sucia-. En realidad no es Tubby. Tubby está muerto. Sólo es su cuerpo, que ellos usan de alguna manera. Y está tratando de pillarme. Por lo que le hice a Roon.

– ¿Qué le hiciste al doctor Roon? -preguntó Harlen.

El 38 era un peso frío sobre su estómago. Al estar abierta la escopeta, había visto dos círculos amarillos de metal. Cordie la llevaba cargada. Y estaba loca. Se preguntó si tendría tiempo de sacar el revólver, si ella cerraba la escopeta y la apuntaba contra él.

– Le disparé -dijo Cordie, en el mismo tono llano-. Pero no lo maté. Ojalá lo hubiese hecho.

– ¿Disparaste contra el doctor Roon? ¿Contra nuestro director?

– Sí. -De pronto alargó una mano, levantó la camiseta de Harlen y cogió el revólver. Harlen estaba demasiado sorprendido para impedírselo-. ¿De dónde has sacado esta cosita?

Lo acercó más a la cara, casi oliendo el cilindro.

– Mi padre… -empezó a decir Harlen.

– Un tío mío tenía uno de éstos. Con un cañón tan corto que no vale una mierda a más de seis o siete metros -dijo ella, sosteniendo todavía la escopeta en el brazo izquierdo y dando media vuelta para apuntar el revólver contra la hilera de botellas-. Un trasto -dijo, devolviéndoselo, con la culata por delante-. No bromeaba cuando te dije que no debías meterlo así en tus pantalones -dijo-. Mi tío lo llevaba así y amartillado, y estuvo a punto de cargarse su pajarito un día que estaba borracho. Mételo en el bolsillo de atrás y tápalo con la camiseta.

Harlen así lo hizo. Era un bulto incómodo, pero podía sacarlo rápidamente en caso necesario.

– ¿Por qué disparaste contra el doctor Roon?

– Hace pocos días -dijo ella-. Inmediatamente después de la noche en que Tubby vino a por mí. Sabía que Roon le había atizado contra mí.

– No te he preguntado cuándo -dijo Harlen-, sino por qué.

Cordie sacudió la cabeza como si él fuese el ser más torpe del mundo.

– Porque mató a mi hermano y envió aquel cuerpo a por mí -dijo pacientemente ella-. Algo muy extraño está pasando este verano. Mamá lo sabe. Papá también, pero no le prestan atención.

– ¿Lo mataste? -preguntó Harlen, y los bosques parecieron de pronto oscuros y ominosos a su alrededor.

– Si maté, ¿a quién?

– A Roon.

– No. -Suspiró-. Estaba demasiado lejos. Los perdigones sólo quitaron un poco de porquería del lateral de su viejo Plymouth y le hirieron un poquito en el brazo. Tal vez le metí también alguno en el culo, pero no estoy segura.

– ¿Dónde?

– En el brazo y en el culo -repitió ella, desesperada.

– No; quiero decir en qué sitio disparaste contra él. ¿En el pueblo?

Cordie se sentó en el terraplén. Se le veían las bragas entre los muslos flacos y pálidos. Harlen nunca había pensado que vería las bragas de una niña, llevándolas la niña puestas, sin sentirse interesado por el espectáculo. Ahora no le interesó en absoluto. Las bragas eran tan grises como los calcetines.

– Si le hubiese disparado en la ciudad, cabezota, ¿no crees que ahora estaría en la cárcel o en algún sitio parecido?

Harlen asintió con la cabeza.

– No. Le disparé cuando él estaba delante de la fábrica de sebo. Acababa de bajar de su maldito coche. Me habría acercado más, pero el bosque terminaba a unos doce metros de la puerta principal. Bajó de un salto, y por eso creo que le di en el culo; pude ver el brazo de la chaqueta rasgado, y entonces subió al camión y se largó con Van Syke. Pero creo que me vieron.

– ¿Qué camión? -preguntó Harlen, aunque ya lo sabía.

– Ya sabes cuál -suspiró Cordie-. El maldito camión de recogida de animales muertos.

Agarró a Harlen de la muñeca y tiró con fuerza. Él cayó de rodillas junto a ella en el terraplén de la vía férrea. En alguna parte del bosque empezó a repicar un pájaro carpintero. Harlen pudo oír un coche o un camión en la carretera de Catton, a cuatrocientos metros al sudeste.

– Mira -dijo Cordie sin soltarle la muñeca-, no se necesita ser muy lista para saber que viste algo en Old Central. Por eso te caíste y te hiciste polvo. Y tal vez viste también algo más.

Harlen sacudió la cabeza, pero ella no le hizo caso.

– También mataron a tu amigo -dijo-. A Duane. No sé cómo lo hicieron, pero sé que fueron ellos. -Desvió la mirada, y una extraña expresión se pintó en su semblante-. Es curioso; he estado en la misma clase que Duane McBride desde que íbamos todos al jardín de infancia, pero creo que nunca me dijo nada. No obstante, yo pensaba que era simpático. Siempre pensando, pero no se lo reprocho. Yo me imaginaba que tal vez un día saldríamos él y yo a dar un paseo, sólo para hablar de tonterías y… -Enfocó los ojos y miró a la muñeca de Harlen. La soltó-. Escucha, tú no estás aquí disparando el revólver de tu padre porque estás cansado de tocarte el pito y necesitas un poco de aire fresco. Estás cagado de miedo y yo sé porqué.

Harlen respiró hondo.

– Está bien -dijo con voz ronca-. ¿Qué hemos de hacer?

Cordie Cooke asintió con la cabeza, como si ya fuese hora de ir a lo práctico.

– Reúne a tus amigos -dijo-. A todos los que hayan visto algo de esto. Iremos a por Roon y los otros: los muertos y los vivos. Todos los que nos persiguen.

– Y entonces, ¿que?

Harlen se había acercado tanto a ella que podía ver el fino vello sobre su labio superior.

– Entonces mataremos a los vivos -dijo Cordie y sonrió, mostrando sus dientes grises-. Mataremos a los vivos, y en cuanto a los muertos…, bueno, ya pensaremos algo.

De pronto alargó una mano y la puso sobre la bragueta de Harlen, apretando a través de los tejanos.

El se sobresaltó. Ninguna chica le había hecho una cosa así. Ahora que una lo hacía consideró la posibilidad de disparar para que le soltase.

– ¿Quieres sacar eso de ahí? -murmuró ella, con una voz que era una caricatura de la seducción-. ¿Por qué no nos desnudamos los dos? Por aquí no hay nadie.

Harlen se mordió el labio.

– Ahora no -consiguió decir-. Tal vez más tarde.

Cordie se encogió de hombros y agarró la escopeta. Cerró la recámara.

– Está bien. ¿Qué te parece si vamos al pueblo, buscamos a alguno de tus amigos y nos montamos esta historia en la carretera?

– ¿Ahora?

La frase «mataremos a los vivos» resonó en su cerebro. Recordó los ojos amables de Barney y se preguntó si también lo serían cuando él y los policías del Estado viniesen a ponerle las esposas por disparar contra el director del colegio, el celador y sabe Dios quién más.

– Ahora, naturalmente -dijo Cordie-. ¿Qué cojones ganaríamos esperando? Pronto se hará de noche, y, entonces ellos saldrán de nuevo.

– Está bien -respondió Harlen sin pensarlo.

Se levantó, se sacudió el polvo del pantalón vaquero, ajustó el revólver de su padre en el bolsillo de los tejanos y siguió a Cordie por la vía del tren, en dirección a la ciudad.

24

Mike tenía que ir al cementerio. Por nada del mundo habría ido solo, por lo que convenció a su madre de que se habían retrasado mucho en llevar flores a la tumba del abuelo. Su padre empezaba el turno de noche el día siguiente; parecía por tanto un buen domingo para visitar el cementerio en familia.