Se había sentido como un ladronzuelo al leer el diario de Memo y esconderlo debajo de la colcha cuando su madre se acercó a ver lo que hacía. Pero la idea había sido de Memo, ¿no?
El diario era grueso y estaba encuadernado en piel, y contenía al menos tres años de notas casi diarias de Memo, desde diciembre de 1916 hasta finales de 1919. El diario le informó de lo que quería saber.
En la fotografía constaba el nombre de William Campbell Phillips, y éste era mencionado en una época tan temprana como el verano de 1916. Por lo visto, Phillips había sido condiscípulo de Memo…, más que esto, un novio de la infancia. Mike había interrumpido entonces la lectura, pareciéndole extraño pensar en Memo como una colegiala.
Phillips se había graduado en el instituto el mismo año que Memo, en 1904, pero cuando Memo ingresó en la Escuela de Ciencias Empresariales de Chicago -donde había conocido al abuelo en un bar de Madison Street, según le había contado la familia- William Campbell Phillips lo había hecho por lo visto en Jubilee College y había estudiado Magisterio. Era maestro en Old Central cuando Memo regresó de Chicago en 1910 como esposa y madre, según pudo deducir Mike de las anotaciones en perfecta caligrafía Palmer.
Pero según las circunspectas notas del diario de Memo correspondientes a 1916, Phillips no había dejado de dar señales de su afecto. Varias veces había pasado por la casa con regalos, mientras el abuelo estaba trabajando en el elevador de grano. Evidentemente le había enviado cartas, y aunque el diario no mencionaba el contenido, Mike podía adivinarlo. Memo las había quemado. Una anotación fascinó a Mike:
29 julio, 1917
Hoy he tropezado con ese dichoso señor Phillips cuando estaba en el Bazar con Katrina y Eloise. Recuerdo a William Campbell como un muchacho tranquilo y amable, poco hablador, siempre observando el mundo con sus ojos profundos y oscuros; pero se ha producido un cambio en él. Katrina lo comentó. Ha habido madres que se han quejado al director del mal genio del señor Phillips. Castiga a los niños con palmetazos a la menor indisciplina. Me alegro de que el pequeño John aún tardará algunos años en llegar a su curso.
Las insinuaciones del caballero son muy desagradables. Hoy ha insistido en conversar conmigo a pesar de mi evidente renuencia. Hace años que le dije al señor Phillips que no podía haber relación social entre nosotros mientras siguiese mostrando un comportamiento tan impertinente. Pero no sirvió de nada.
Ryan cree que es una broma. Evidentemente, los hombres de la ciudad creen que William Campbell es todavía un hijo de mamá y no constituye una amenaza para nadie. Desde luego, nunca hablé a Ryan de las cartas que quemé.
Y Mike encontró una nota interesante a finales de octubre de aquel mismo año:
27 octubre
Ahora, cuando los hombres empiezan a relajarse después del duro trabajo de la recolección, todo el mundo habla en el pueblo del señor Phillips, el maestro, que se ha alistado para luchar contra los hunos.
Al principio pareció una broma, ya que el caballero tiene casi treinta años; pero ayer vino de Peoria a la casa de su madre vestido de uniforme. Katrina dice que estaba muy guapo, pero añadió que circulaban rumores de que el señor Phillips tenía que salir del pueblo, porque estaban a punto de destituirle de su cargo. Después de que los padres del niño Catton denunciasen a la junta directiva de la escuela la excesiva dureza del señor Phillips, que daba palizas en la clase -Tommy Catton estuvo varios días hospitalizado en Oak Hill, aunque el señor P. alegaba que el chico se había caído en la escalera, después de haber tenido que quedarse al terminar la clase-, otros padres también se habían quejado.
Bueno, sea cual fuere el motivo, ha tomado una decisión que le honra. Ryan dice que él se marcharía inmediatamente si no fuese por John, Katherine y Ryan Jr.
Y el 9 de noviembre de 1917:
El señor Phillips pasó hoy por aquí. No puedo escribir sobre lo que pasó después; pero estaré eternamente agradecida al hombre del hielo, que vino pocos minutos después de que llegase el maestro. De no haber sido así…
Él insiste en que vendrá a buscarme. Es un sinvergüenza que no reconoce la santidad de los votos matrimoniales ni la misión sagrada que me corresponde como madre de mis tres pequeños.
Todo el mundo habla de lo guapo que está con su uniforme; pero yo le encuentro patético: un chiquillo en un traje que hace bolsas.
Espero que nunca vuelva.
Y la última mención de él, el 27 de abril de 1918.
Casi todo el pueblo ha asistido hoy al entierro del señor William Campbell Phillips. Yo no he podido hacerlo por culpa del dolor de cabeza.
Ryan dice que el Ejército iba a enterrarle junto con otros hombres caídos en combate, en un cementerio americano de Francia, pero que su madre suplicó al Gobierno que enviaran el cadáver a casa.
Recibí la última carta de él cuando ya nos habíamos enterado de su muerte. Cometí el error de leerla, supongo que por sentimentalismo. La había escrito mientras se estaba recuperando en el hospital francés, sin saber que la gripe terminaría lo que habían empezado las balas alemanas. Decía en la carta que su resolución se había fortalecido en las trincheras, que nada le impediría volver para reclamarme. Éstas eran sus palabras: «reclamarme».
Pero algo se lo impidió.
Mi dolor de cabeza es muy fuerte esta tarde. Debí descansar. No volveré a mencionar a esta triste y obsesionada persona.
La tumba del abuelo estaba cerca de la parte de delante del cementerio del Calvario, a la izquierda de la puerta para peatones y a unas tres hileras hacia atrás. Todos los O'Rourke y los Reilly estaban allí y había más espacio hacia el norte, donde algún día yacerían los padres de Mike, éste y sus hermanas.
Dejaron las flores en su sitio y rezaron en silencio las oraciones acostumbradas. Entonces, mientras todos se dedicaban a arrancar hierbas y a limpiar la zona, recorrió rápidamente las hileras.
No tenía que mirar todas las lápidas; muchas las conocía ya, pero la principal ayuda fueron las banderitas americanas que los Scouts habían plantado allí el Día de los Caídos. Ahora estaban descoloridas por las copiosas lluvias y la brillante luz del sol; pero la mayoría de las banderas aún eran muy visibles y señalaban las tumbas de los veteranos. Había muchos veteranos.
Phillips estaba muy hacia el fondo, en el lado opuesto del cementerio. La inscripción decía: WILLIAM CAMPBELL PHILLIPS, 9 agosto 1888 – 3 marzo 1918, MURIO PARA QUE PUEDA VIVIR LA DEMOCRACIA.
La tierra estaba removida encima de la tumba, como si alguien hubiese estado cavando allí recientemente y vuelto a cubrir el suelo sin cuidado. Había varias depresiones circulares cerca de allí, algunas de unos cuarenta y cinco centímetros de diámetro, donde parecía que se hubiese hundido la tierra.
Los padres de Mike le estaban llamando a gritos desde la zona de aparcamiento de más allá de la verja negra. Corrió para reunirse con ellos.
El padre C. se alegró de verle.
– Rusty no puede pronunciar bien el latín, ni siquiera cuando lee -dijo el sacerdote-. Toma otra galleta.
Mike no había recobrado todavía el apetito, pero aceptó la galleta.
– Necesito ayuda, padre -dijo, entre dos bocados-. Su ayuda.
– Todo lo que quieras, Michael -dijo el cura-. Todo lo que quieras.
Mike respiró hondo y empezó a contar toda la historia. Había decidido hacerlo durante los períodos de lucidez en su estado febril, pero ahora que había empezado, aún sonaba más absurdo de lo que había imaginado. Pero prosiguió.
Cuando hubo terminado, se hizo un breve silencio. El padre Cavanaugh le miró con los ojos entrecerrados.
– ¿Hablas en serio, Michael? No querrás tomarme el pelo, ¿verdad?
Mike le miró fijamente.
– No, supongo que no eres capaz de esto. -El padre C. lanzó un largo suspiro-. O sea que crees haber visto el fantasma de ese soldado…