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Era un desafío. La escopeta seguía apuntando a la cara de Dale.

– Sí -dijo éste.

Tenía una sensación extraña en las rodillas, como si no pudiesen sostenerle mucho tiempo más.

El señor McBride bajó la escopeta.

– Muchacho, aparte de mí, tú eres el único que cree esto. -Echó un trago de una de las botellas de encima de la mesa-. Se lo dije a aquel agente hijo de perra, se lo dije a la policía de Oak Hill, se lo dije a la policía del Estado, se lo dije a todos los que querían escucharme. Pero nadie me hizo caso. -Levantó la botella, la vació y la arrojó al suelo. Eructó-. Les dije que preguntasen a ese miserable de Congden. Él robó el coche de Art y arrancó la portezuela para que no pudiésemos ver la pintura…

Dale no tenía idea de lo que estaba diciendo el señor McBride, pero no tenía intención de interrumpirle para preguntárselo.

– Les dije que preguntasen a Congden quién mató a mi hijo… -El padre de Duane revolvió las botellas hasta encontrar una que no estaba vacía. Echó un largo trago-. Les dije que Congden sabe algo acerca de quién mató a mi hijo, y ellos dijeron que mi hijo no estaba en sus cabales debido a la muerte de Art… ¿Sabías que mi hermano murió, muchacho?

– Sí, señor -farfulló Dale.

– También lo mataron. Lo mataron primero. Después mataron a mi hijo. Mataron a mi Duane.

Levantó la escopeta, como si se hubiese olvidado de que la tenía sobre las rodillas; volvió a dejarla, la acarició y miró de soslayo a Dale.

– ¿Cómo te llamas, muchacho?

Dale se lo dijo.

– Ah, sí. Habías estado aquí otras veces para jugar con Duanie, ¿no es cierto?

– Sí, señor -dijo Dale y pensó: «¿Duanie?»

– ¿Sabes tú quién mató a mi hijo?

– No, señor -respondió Dale.

«No estoy seguro. No lo estaré hasta que vea las libretas de Duane.»

El señor McBride apuró otra botella.

– Yo les dije: preguntad a ese maldito Congden, a ese falso juez de paz. Ellos dicen que Congden desapareció el día siguiente de la muerte de mi Duanie y preguntan qué sé yo sobre esto. ¿Creen que yo lo maté? ¡Malditos hijos de puta! -Buscó sobre la mesa, derribando más botellas, pero no pudo encontrar ninguna en la que quedase algo. Se levantó, se dirigió tambaleándose a un sofá que había contra la pared, quitó algunos trastos de encima de él y se derrumbó allí, sosteniendo todavía la escopeta sobre las piernas-. Hubiese debido matarlo. Hubiese debido obligarle a decir quién hizo esto a Art y a mi hijo, y matarle después… -Se incorporó de pronto-. ¿Qué has dicho que querías, muchacho? Duane no está aquí.

Dale sintió un escalofrío en la espalda.

– Sí, señor; ya lo sé. Vine a buscar una libreta en la que escribía Duane. Tal vez más de una. Había escrito algo en ellas para mí.

El señor McBride sacudió la cabeza; después se agarró al respaldo del sofá para recobrar el equilibrio.

– No. Él sólo tomaba notas de sus ideas para relatos, muchacho. No para ti. No para mí… -Apoyó la cabeza sobre el brazo del sofá y cerró los ojos-. Tal vez no hubiese debido hacer de sus exequias una ceremonia íntima, sólo para mí -murmuró-. Era fácil olvidar que él tenía amigos.

– Sí, señor -dijo Dale en voz baja.

– No sabía dónde esparcir sus cenizas -farfulló el señor McBride, como si estuviese hablando en sueños-. Lo llaman cenizas, pero todavía hay pedazos de huesos allí. ¿Lo sabías?

– No, señor.

El hombre del sofá continuó mascullando:

– Así que arrojé parte de ellas al río donde iba con Art… Creo que a Duane le habría gustado… Y el resto en el campo donde solían jugar él y el perro. Donde está enterrado el perro. -El señor McBride abrió los ojos y los fijó en Dale-. ¿Crees que hice mal al repartirlas de esta manera?

Dale tragó saliva. Le dolía la garganta y le costaba hablar.

– No, señor -murmuró.

– Yo tampoco -susurró el padre de Duane, y volvió a cerrar los ojos.

– ¿Podría verlas, señor? -preguntó Dale.

– ¿Qué, muchacho?

Era una voz soñolienta, distraída.

– Las libretas de Duane. Ésas de que estábamos hablando.

– No pude encontrarlas -dijo el señor McBride con los ojos todavía cerrados-. Las busqué abajo, en todas partes, y no pude encontrarlas. Como la maldita puerta del Cadillac…

Su voz se extinguió.

Dale esperó más de un minuto, oyó que la respiración del hombre se convertía en un ronquido y dio un paso en dirección a la escalera del sótano.

El señor McBride amartilló la escopeta.

– Vete, muchacho -farfulló-. Vete, vete ahora mismo. Aléjate de aquí.

Dale miró la escalera, tan cerca, y dijo:

– Sí, señor -y salió por la puerta de la cocina.

La luz era muy brillante. Dale caminó treinta metros por el camino de entrada, sintiendo la camiseta de manga corta pegada a la piel, y después pasó detrás de los olmos chinos y se introdujo en el maizal. No creía que el señor McBride hubiese ido a la cocina para verle marchar. Pasó entre las apretadas hileras de plantas de maíz hasta que casi tropezó con Mike y los demás, que le seguían esperando allí.

– ¿Por qué has tardado tanto? -preguntó Harlen.

Dale se lo dijo.

Mike suspiró y se tumbó de espaldas, mirando al cielo con los ojos entrecerrados, a través del maíz.

– Esto se acabó por hoy. Probablemente, no volverá al pueblo hasta que se despierte esta noche.

– No -dijo Dale-. Voy a volver allí.

La ventana había sido más traidora de lo que se había imaginado Dale, que se había rasgado la camiseta y dejado un poco de piel en ella al entrar.

Había otra mesa de trabajo debajo de la ventana -toda la maldita casa parecía llena de ellas- y Dale había colocado cuidadosamente los pies encima de ella, oyendo crujir los caballetes bajo su peso.

El sótano era mucho más fresco que el exterior y olía como debe oler un sótano: débiles olores de moho, detergente para el lavado de la ropa, cañerías de desagüe atascadas, serrín, cemento y ozono, probablemente de las radios y los aparatos electrónicos que cubrían todas las superficies.

Dale había visitado con anterioridad la habitación de Duane en el sótano y sabía que había ido a parar a la parte de atrás de éste, donde estaban la ducha y los trastos de lavar la ropa. El rincón «dormitorio» de Duane estaba cerca de la escalera. «Magnífico. El hombre de arriba puede oírme, y yo no puedo asomarme a esta ventana para llamar a los otros.»

Cruzó de puntillas la habitación de atrás, deteniéndose ante la puerta abierta para escuchar. Ningún ruido desde la escalera o las plantas superiores. Dale lamentó que la puerta de la escalera no estuviese cerrada.

Esta habitación era más oscura; no había ventanas. «Ninguna manera de escapar.» Había varias luces: un cordón en el techo del que colgaba una bombilla; una lámpara junto a una cama oscura y voluminosa, y una lámpara de artista sobre una mesa grande cerca de la cama. Pero Dale no podía encender ninguna de ellas porque la luz se habría reflejado en la escalera. «No me vería, si está durmiendo.» Una parte menos atrevida de su mente le recordó que el hombre de la escopeta lo vería, si estaba despierto. Incluso el ruido podía delatarle.

A Dale le costaba respirar al acurrucarse junto a la cama, esperando a que sus ojos se adaptasen a la oscuridad casi total. «¿Y si sale algo de debajo de la cama…? Un brazo blanco… ¡Duane! La cara de Duane, muerta e hinchada, como la de Tubby, desde luego…, desgarrada y destrozada como había dicho Digger que…»

Se propuso no pensar en esto. La cama estaba hecha, y cuando sus ojos se adaptaron a la oscuridad pudo ver los débiles surcos y arrugas de la colcha. Nada salió de debajo del lecho.

Había libros por todas partes. Libros en librerías de confección casera; montones de libros sobre los muebles, al otro lado de la cama; hileras de libros sobre la mesa y el antepecho de la ventana, cajas de libros debajo del escritorio, incluso largas hileras de libros en rústica sobre las cornisas de cemento que se extendían alrededor del sótano. Lo único que competía con los libros eran las numerosas radios: radios con reloj y modelos de sobremesa, viejas radios en muebles de Art Deco Baketile, radios desnudas hechas con piezas sueltas, pequeñas radios de transistores y un enorme aparato Atwater Kent, de al menos un metro veinte de altura, colocado entre la cama de Duane y su mesa escritorio.