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Dale empezó a mirar en los estantes, en las cajas de libros. Recordaba cómo eran las libretas de Duane: pequeñas y de hojas cambiables, algunas tan grandes como las del colegio, pero la mayoría más pequeñas. Tenían que estar en alguna parte.

Sobre la mesa había blocs de papel amarillo, vasos llenos de lápices y plumas, incluso una vieja máquina de escribir Smith Corona y fajos de papeles para ella, pero ninguna libreta. Dale se acercó de puntillas a la cama, palpó debajo del colchón, apartó las almohadas. Nada. Había pasado al sencillo armario y estaba buscando entre las pocas camisas de franela y los pantalones de pana cuidadosamente doblados de Duane, sintiéndose cada vez más violento por registrar las cosas de su amigo muerto, cuando una de sus rodillas tropezó con una de las mesas bajas próximas a la cama y un montón de libros cayó al suelo. Dale se quedó petrificado.

– ¿Quién está ahí?

La voz del señor McBride era gangosa y confusa, pero pareció sonar en lo alto de la escalera.

– ¿Quién está ahí, maldita sea?

Unas fuertes pisadas resonaron arriba, yendo desde el comedor al corto pasillo, junto a la cocina, en el lugar donde se abría la escalera. Dale miró a través de la larga estancia y de la puerta abierta hacia el destello de luz del ventanuco de la pared del fondo. No podría llegar hasta aquella ventana, y mucho menos pasar a través de ella. El señor McBride acababa de despertar de su borrachera. probablemente ni recordaba siquiera la visita de Dale- y el muchacho sólo sería para él una oscura sombra en el sótano. Se estremeció al pensar en la posta que rompería su espina dorsal y saldría por el pecho. Pisadas en el pasillo.

– Voy a bajar, ¡maldito seas! ¡Te he pillado!

Dale oyó que amartillaba la escopeta de nuevo. El proyectil que había puesto antes el señor McBride en la recámara rebotó en el suelo en el piso de arriba. Después, pisadas en los primeros escalones. «Debajo de la cama», pensó Dale. No; sería el primer sitio donde buscaría el hombre. Disponía de unos diez segundos, antes de que McBride llegase al pie de la escalera y entrase en la habitación.

Dale recordó cómo se habían metido a veces dentro del aparato de radio vacío en el gallinero de Mike. Las pisadas sonaban en mitad de la escalera cuando saltó por encima de la cama, apartó el Atwater Kent de la pared, se acurrucó detrás de él y tiró para colocarlo de nuevo en su sitio. En ese momento las fuertes pisadas llegaban al final de la escalera.

– ¡Te veo, maldito seas! -gritó furiosamente el hombre-. ¿Crees que vas a liquidarme como hiciste con mi hermano y con mi hijo?

Las pisadas llegaron al centro de la habitación. Había allí una cuerda de tender la ropa y Dale pudo oír que algo chocaba con ella, tal vez el cañón de la escopeta, y después el ruido de la cuerda al ser arrancada.

– ¡Sal de ahí, maldito seas!

La radio tenía allí sus instrumentos, pero quedaba espacio suficiente para que Dale pudiese acurrucarse en el pie del aparato. Se tapó la cara con los antebrazos, esforzándose en no gimotear, pero imaginándose la escopeta apuntando hacia él desde dos metros y medio de distancia. Dale había disparado la escopeta de aire comprimido del calibre 12 de su padre, y la suya del 41. Sabía que la delgada madera no le protegería en absoluto. Habría debido rendirse, como si fuesen dos chiquillos jugando al escondite…, pero la voz no le habría obedecido. Jadeó para no gritar.

– ¡Te veo! -gritó el padre del muchacho muerto. Pero sus pisadas se alejaron hacia el otro lado del sótano-. ¡Maldita sea! Sé que alguien está aquí abajo. ¡Sal inmediatamente!

«~ me ha visto.» Algo duro, tal vez parte de una tubería, se estaba clavando en la pierna de Dale. Elementos electrónicos arañaban su cuello doblado. Había una especie de repisa allí abajo que se hincaba en su hombro. Pero Dale no iba a moverse para estar más cómodo.

Las pisadas volvieron a la parte del sótano destinada a dormitorio. Se movieron despacio, vacilantes, hacia la pared del fondo, por delante del armario, de nuevo hacia el pie de la escalera, y después, cautelosamente, hacia la mesa escritorio, a menos de un metro del sitio donde Dale se hallaba agazapado, detrás del Atwater Kent.

Sonó un súbito ruido al agacharse el señor McBride, retirar la colcha y pasar el cañón de la escopeta por debajo de la cama. Después se levantó, casi apoyándose en la radio. Dale lo sabía, porque podía oler al hombre. «¿Puede olerme él a mí?»

Durante un largo rato, hubo un silencio tan profundo que Dale estuvo seguro de que aquel padre medio loco podía oír los latidos de su corazón dentro del aparato de radio. Entonces oyó algo que casi le hizo gritar.

– ¿Duanie? -Era la voz del señor McBride, que ya no sonaba furiosa ni amenazadora sino sólo cascada y rota-. Duanie, ¿eres tú, hijo mío?

Dale contuvo el aliento.

Después de una eternidad, las pisadas, ahora todavía más pesadas, volvieron hacia la escalera, se detuvieron y subieron. Sonó un ruido de cristales rotos en el comedor, al ser volcadas unas botellas. Más pisadas. La puerta de la cocina se abrió y se cerró de golpe. Un momento después se oyó el sonido del motor de un vehículo arrancando detrás de la casa… «Allí no podíamos verlo…» Y entonces el crujido de la grava al bajar el vehículo por el camino de entrada.

Dale esperó otros cuatro o cinco minutos, aunque le dolía terriblemente el cuello y la espalda, para asegurarse de que aquel silencio era real. Entonces apartó la radio de la pared y salió, frotándose el brazo donde había estado apretado contra la repisa o lo que fuera.

Se detuvo junto a la cama, todavía a cuatro patas, y después apartó más el aparato de radio. Apenas había luz suficiente para ver.

Las libretas de hojas cambiables de Duane estaban amontonadas sobre la repisa; había al menos media docena. Dale se dio cuenta de lo fácil que habría sido inclinarse desde la cama o la mesa escritorio para dejarlas en su sitio.

Se quitó la camiseta, desgarrada y empapada en sudor, envolvió con ella las libretas y pasó a la otra habitación, para salir por la ventana. Podía haber subido la escalera y salido por la cocina sin arañarse más el pellejo, pero no estaba seguro de que el señor McBride se hubiese marchado en el vehículo.

Se dirigía al lugar donde había dejado a los otros, cuando media docena de brazos salieron de entre el maíz de la primera hilera y tiraron de él. Se tambaleó entre las plantas. Una mano sucia le tapó la boca.

– ¡Dios mío! -murmuró Mike-. Creíamos que te había matado. Suéltale, Harlen.

Jim Harlen apartó la mano.

Dale escupió y enjugó la sangre de un labio cortado.

– ¿Por qué haces eso, imbécil?

Harlen le miró echando chispas por los ojos, pero no dijo nada.

– ¡Las tienes! -gritó Lawrence, levantando el fajo de libretas.

Los muchachos empezaron a hojearlas.

– ¡Mierda! -exclamó Harlen.

– ¡Eh! -dijo Kevin, mirando burlonamente a Dale-. ¿Entiendes tú eso?

Dale sacudió la cabeza. Las libretas estaban llenas de garabatos, extraños lazos y trazos, y florituras. Era alguna clase de jeroglífico indescifrable o caligrafía marciana.

– Nos ha jodido -dijo Harlen-. Vayamos a casa.

– Esperad -dijo Mike. Miraba con ceño una de las pequeñas libretas. De pronto sonrió-. Yo conozco esto.

– ¿Puedes leerlo? -preguntó Lawrence asombrado.

– No -dijo Mike-. No puedo leerlo, pero sé lo que es.

Dale se acercó más.

– ¿Puedes descifrar esta clave?