en las ejecuciones normales en la horca, se deja caer al reo, que se rompe el cuello; este hombre se balanceó durante mucho tiempo.)
¿En el campanario? La señora Moon no lo sabe. Cree que sí. O en la escalera central.
No quería decirme lo peor; he tenido que engatusarla.
Lo peor es que dejaron el cuerpo del negro en el campanario. Lo tapiaron y lo dejaron allí.
¿Por qué? Ella no lo sabe. Su Orville no lo sabía. El señor Ashley insistió en que dejasen allí el cuerpo del negro. (TENGO QUE COMPROBARLO CON ASHLEY-MONTAGUE. VISITAR SU CASA, VER LOS LIBROS DE LA SOCIEDAD HISTÓRICA QUE ÉL ROBÓ.)
La señora M. se ha echado a llorar. Dice que hubo algo peor.
Espero. Estas galletas son horribles. Espero. Ella está hablando ahora a sus gatos más que a mí.
Dice que lo peor, peor que el ahorcamiento, es que, dos meses más tarde de haber sido colgado el negro allí, desapareció otro niño.
Habían ahorcado a un inocente.
– Hay más -dijo Dale-, pero todo versa sobre lo mismo. Según las últimas notas, pensaba ir a ver al señor Dennis Ashley-Montague en persona para obtener más detalles.
Los cinco niños del gallinero se miraron.
– ¡Vaya con la Campana Borgia! -exclamó Kevin.
– Y lo peor es que algo en ella funciona todavía; una influencia maligna.
Mike se agachó y tocó una de las libretas como si fuese un talismán.
– ¿Crees que todo se debe a la campana? -preguntó a Dale.
Este asintió con la cabeza.
– ¿Crees que Roon, Van Syke y la vieja Double-Butt intervienen en esto porque forman parte del colegio?
– Sí -murmuró Dale-. No sé cómo ni por qué, pero lo creo
– Yo también lo creo -dijo Mike. Se volvió a mirar a Jim Harlen-. ¿Tienes todavía tu revólver?
Harlen hurgó dentro del cabestrillo con la mano derecha y la sacó con el revólver de cañón corto.
Mike movió la cabeza arriba y abajo.
– Dale, tú tienes armas en casa, ¿no?
Dale miró a su hermano pequeño, y después a Mike.
– Sí. Mi padre tiene una escopeta, y yo tengo la Savage.
Mike no pestañeó.
– ¿Y él te deja ir a cazar codornices con ella?
– No. Será mía cuando cumpla doce años.
– Es una escopeta, ¿no?
– Cuatro diez en la base -dijo Dale-. Veintidós en la cima.
– Sólo un proyectil en cada cañón, ¿no?
La voz de Mike sonaba tranquila, casi distraída
– Sí -dijo Dale-. Hay que abrirla para cargarla de nuevo.
Mike asintió con la cabeza.
– ¿Puedes hacerte con ella?
Dale guardó silencio durante un momento.
– Mi padre me mataría si la sacase de casa sin su permiso y sin que él me acompañara. -Miró a través de la puerta hacia la oscuridad exterior. Las luciérnagas centelleaban en los manzanos del patio de atrás de Mike-. Sí -dijo Dale-, puedo cogerla.
– Bueno. -Mike se volvió a Kevin-. ¿Tú tienes algo?
Kev se frotó la mejilla.
– No. Quiero decir que mi padre tiene una automática…, en realidad, semiautomática, de servicio, pero la guarda en el último cajón de su mesa, y está cerrado.
– ¿Podrías cogerla?
Kevin paseó arriba y abajo, frotándose la mejilla.
– ¡Es su pistola de servicio! Es como… como un trofeo o un recuerdo que le regalaron los hombres de su pelotón. Fue oficial en la Segunda Guerra Mundial y… -Dejó de pasear-. ¿Creéis que las armas servirán de algo contra esas cosas que mataron a Duane?
Mike estaba acurrucado en la penumbra, agazapado como un animal a punto de saltar. Pero toda la tensión estaba en su cuerpo, no en su voz.
– No lo sé -dijo en voz baja, tan baja que casi no podía distinguirse del rumor de los insectos del jardín de más allá del gallinero-. Pero creo que Roon y Van Syke participan en todo esto, y nadie ha dicho que sean invulnerables. ¿Puedes conseguir el arma?
– Sí -dijo Kevin, después de medio minuto de silencio.
– ¿Y municiones?
– Sí. Mi padre las guarda en el mismo cajón.
– Nosotros guardaremos las cosas aquí -dijo Mike-. Podremos echarles mano si las necesitamos. Tengo una idea…
– ¿Y tú? -dijo Dale-. Tu padre no es cazador, ¿verdad?
– No -dijo Mike-, pero está la escopeta para ardillas de Memo.
– ¿Y qué es eso?
Mike levantó las manos, con una separación de medio metro entre ellas.
– ¿Recordáis aquella pistola larga que empleaba Wyatt Earp en su número?
– ¿ La Buntline Special? -dijo Harlen, en voz demasiado fuerte-. ¿Tiene tu abuela una Buntline Special?
– No -dijo Mike-, pero se le parece. Mi abuelo la hizo confeccionar para ella en Chicago, hace unos cuarenta años. Es una escopeta cuatro-diez como la de Dale, salvo que tiene una… como se llame, de pistola.
– Una culata -dijo Kevin.
– Sí. El cañón mide aproximadamente medio metro de largo, y tiene una bonita culata de madera, de pistola. Memo siempre la ha llamado su escopeta para ardillas, pero yo creo que el abuelo se la regaló porque el sitio en que vivían, Cicero, era entonces realmente peligroso.
Kevin Grumbacher lanzó un silbido.
– Esa clase de arma es totalmente ilegal. Es una escopeta de cañones recortados. ¿Tu abuelo era de la banda de Al Capone?
– Cállate, Grumbacher -dijo Mike sin perder la calma-. Bueno, cogeremos las armas y tantas municiones como podamos conseguir. No dejaremos que nuestros padres se enteren. Y las esconderemos…
Miró a su alrededor, hurgando en el sofá.
– Detrás de la radio grande -dijo Dale.
Mike se volvió despacio, con su sonrisa visible incluso bajo la débil luz.
– Entendido. Mañana tendremos algunas cosas que hacer. ¿Quién quiere ir a hablar con la señora Moon?
Los chicos cambiaron de posición y guardaron silencio. Por fin dijo Lawrence:
– Yo iré.
– No -respondió amablemente Mike-. Te necesitaremos para otras cosas importantes.
– ¿Cuáles? -preguntó Lawrence, dando una patada a una lata que había en el suelo-. Ni siquiera tengo un arma como vosotros.
– Eres demasiado pequeño para… -empezó a decir ásperamente Dale.
Mike tocó el brazo de Dale y dijo a Lawrence:
– Si te hace falta, podrás compartir la de Dale. ¿La has disparado alguna vez?
– Sí, muchas…, bueno, un par de veces.
– Bien -dijo Mike-. De momento vamos a necesitar a alguien que sea realmente rápido en bicicleta para buscar a Roon e informarnos.
Lawrence asintió con la cabeza, sin duda dándose cuenta de que trataban de librarse de él, pero pensando que eso sería lo más que podría conseguir.
– Yo hablaré con la señora Moon -dijo Mike-. La conozco bastante, de segar su césped, sacarla de paseo y hacer recados para ella. Veré si tiene alguna información que no dio a Duane.
Permanecieron unos momentos sentados, sabiendo que la reunión había terminado pero resistiéndose a ir a casa en la oscuridad.
– ¿Qué vas a hacer si viene el Soldado esta noche? -preguntó Harlen a Mike.
– Iré a buscar la escopeta para ardillas -murmuró Mike-, pero primero probaré con el agua bendita. -Chascó los dedos, como recordando algo-. También cogeré para vosotros. Traed botellas o algo parecido.
Kevin cruzó los brazos.
– ¿Por qué ha de ser eficaz únicamente el agua bendita de los católicos? ¿Por qué no ha de funcionar mi material luterano o los trastos presbiterianos de Dale?
– No llames trastos a mis cosas presbiterianas -saltó Dale.
Mike se mostró curioso.
– ¿Tenéis vosotros agua bendita en las iglesias?
Tres de los muchachos sacudieron la cabeza. Harlen dijo:
– Sólo vosotros, los católicos, tenéis esas cosas raras, tonto.
Mike se encogió de hombros.
– Dio resultado con el Soldado. Al menos el agua bendita… Todavía no he probado con la Hostia consagrada. ¿Vosotros también tenéis comunión?
– Sí -respondieron Dale y Kevin.
– Podríamos coger un poco de pan de comunión -dijo Dale a Lawrence.