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Harlen se encogió de hombros. Entonces chascó los dedos.

– Yo tengo un medio de transporte, Dale. ¿Cuánto dinero tienes?

– ¿En total?

– No me refiero a los bonos de tu tía Millie ni a los dólares de plata de tu tío Paul, idiota. Me refiero a dinero del que puedas disponer inmediatamente.

– Unos veintinueve dólares en mi calcetín -dijo Dale-. Pero el autobús no pasa hasta el viernes, y no nos llevaría a…

Harlen sacudió la cabeza, sin dejar de sonreír.

– No me refiero al puto autobús, amigo. Estoy hablando de nuestro taxi personal. Creo que con veintinueve dólares tendremos suficiente, pero pondré uno de mi bolsillo para rodear la cifra en treinta. Podremos ir hoy. Probablemente ahora mismo.

Dale sintió que empezaba a palpitarle el corazón. En realidad no deseaba encontrarse con el señor Dennis Ashley-Montague, y Peoria parecía a años luz de distancia.

– ¿Ahora mismo? ¿Hablas en serio?

– Sí.

Dale miró a Mike y vio seriedad en los ojos grises de su amigo cuando éste asintió con la cabeza, como diciéndole: «Hazlo.»

– Muy bien -dijo Dale, y tocó con un nudillo el pecho de Lawrence-. Tú te quedarás en casa con mamá, a menos que Mike te encargue alguna misión. -Harlen había empezado ya a pedalear hacia la Primera Avenida. Dale miró a los otros-. Es una locura -dijo sinceramente.

Nadie se lo discutió.

Dale montó en su bicicleta y pedaleó con fuerza para alcanzar a Harlen.

C. J. Congden les miró con incredulidad. El granujiento muchacho de dieciséis años estaba apoyado en el guardabarros delantero izquierdo del Chevy negro de su padre. Tenía una lata de cerveza en la mano izquierda, llevaba su acostumbrada chaqueta de cuero negro, tejanos sucios y botas de mecánico, y un cigarrillo pendía de su labio inferior mientras hablaba.

– ¿Qué coño queréis que haga?

– Que nos lleves a Peoria -dijo Harlen.

– ¿A ti y a este marica? -se burló C. J.

Jim miró a Dale.

– Sí -dijo-. A mí y a este marica.

– ¿Y cuánto vais a pagar?

Harlen dirigió una mirada ligeramente desesperada a Dale, como diciéndole: «¿No te dije que tendríamos que habérnoslas con el asno calculador?»

– Quince pavos -dijo.

– No me digas… -se burló el adolescente, y echó un largo trago de Pabst.

Harlen se encogió ligeramente de hombros.

– Podríamos llegar hasta dieciocho dólares…

– Veinticinco o nada -dijo Congden, sacudiendo la ceniza del cigarrillo

Harlen meneó la cabeza, como si se tratase de una suma astronómica. Miró a Dale y extendió los brazos, como renunciando a seguir regateando.

– Bueno, de acuerdo.

Congden pareció sorprendido.

– Por anticipado -dijo, en un tono que mostraba que había aprendido la frase en películas de gángsters.

– La mitad ahora y la mitad después -dijo Harlen, en el mismo tono de Humphrey Bogart.

Congden les miró fijamente a través del humo de su cigarrillo, pero sabía que los hombres de acción de las películas siempre se avenían a aquellas condiciones, por lo que no tenía alternativa.

– Soltadme la primera mitad -ordenó.

Dale contó doce dólares y cincuenta centavos de sus ahorros y se los entregó.

– Subid -dijo Congden.

Tiró el cigarrillo, escupió, se subió los pantalones y miró de soslayo a los dos chicos cuando se sentaron en el asiento de atrás del negro Chevy.

– Esto no es un taxi -gruñó Congden-. Uno de vosotros tiene que ir en el asiento de delante.

Dale esperó a que lo hiciese Harlen, pero éste movió el brazo en cabestrillo, como diciendo «Necesito espacio para esto», y Dale se apeó, contrariado, y se trasladó al asiento de delante. C. J. Congden tiró la lata de cerveza, subió al Chevy y cerró de golpe la portezuela. Puso la llave de contacto y el gran motor cobró vida.

– ¿Seguro que tu padre te deja conducir esto? -preguntó Harlen desde la relativa seguridad del asiento de atrás.

– Cierra el pico antes de que te dé un par de hostias -dijo Congden, con el zumbido del motor de fondo.

El adolescente metió la marcha a la izquierda y a fondo, y las grandes ruedas de atrás del automóvil arrojaron polvo y gravilla contra la fachada de la casa al arrancar a toda velocidad. El coche derrapó sobre el asfalto de Depot Street con un fuerte chirrido de neumáticos, giró a la izquierda sin dejar de derrapar, en un ángulo de noventa grados, y después rodó zumbando hacia el este por Depot hasta llegar a Broad. El viraje fue todavía más alocado, y el coche ocupó toda la anchura de la avenida hasta que Congden pudo dominarlo, imprimiendo un giro máximo al volante y proyectando una nube de humo azul detrás de ellos. Iban a casi cien kilómetros por hora al llegar a Church Street, y Congden tuvo que pisar a fondo el freno para detenerse sobre la gravilla del cruce De Broad y Main. El delgado y granujiento personaje de detrás del volante sacó el paquete de Pall Mall de la manga arremangada de su camiseta, cogió un cigarrillo y lo encendió con el mechero del tablero, mientras arrancaba delante de un semirremolque que se dirigía al este por Hard Road. Dale cerró los ojos cuando los cláxons sonaron con fuerza. Congden hizo una higa al conductor del camión por el espejo retrovisor y cambió rápidamente de marcha.

Un rótulo, delante del Parkside Café, decía: VELOCIDAD 40 KILOMETROS POR HORA ELÉCTRICAMENTE CONTROLADA. Congden iba a cien y siguió acelerando al pasar por delante. Chirrió en la ancha curva de más allá de Texaco y de la última casa de ladrillos a la izquierda, salieron de la ciudad, adquiriendo velocidad, con el rugido del doble tubo de escape del Chevy chocando contra las paredes de maíz a ambos lados de Hard Road y rebotando detrás de ellos.

Dale había detenido su bici cuando Harlen les había dicho adónde iban.

– ¿Congden? ¿Es una broma? -Estaba sinceramente horrorizado. Lo único que podía recordar era el agujero negro del cañón del 22 que el matón de la ciudad había apuntado contra su cara-. Olvídalo -había dicho Dale, haciendo girar su bici y disponiéndose a volver a casa.

Harlen le había agarrado la muñeca.

– Piénsalo, Dale. Nadie más va a llevarnos hasta Grand View Drive en Peoria… Tus padres creerían que estás loco. El autobús no pasa hasta el viernes. No conocemos a nadie más que tenga permiso de conducir.

– Peg, la hermana de Mike… -empezó a decir Dale.

– La han suspendido cuatro veces -le interrumpió Harlen-. Sus padres no la dejarían acercarse a un coche. Además, los O'Rourke sólo tienen un cacharro y el padre de Mike lo utiliza para ir al trabajo cada noche. No puede perderlo de vista.

– Yo encontraré otra manera -insistió Dale, soltando la muñeca.

– Sí, claro. -Harlen había cruzado los brazos, sentándose sobre la barra de la bici y mirando fijamente a Dale-. Eres un poco marica, ¿verdad, Stewart?

A Dale se le encendió el rostro de rabia, y de buena gana habría desmontado de su bicicleta y le habría dado una paliza -lo había hecho en años pasados, y aunque el chico más pequeño luchaba sucio, Dale sabía que podía con él-, pero hizo un esfuerzo, se agarró al manillar y se puso a pensar.

– Piensa -dijo Harlen, expresando las ideas de Dale-. Tenemos que hacer esto hoy. Y no tenemos a nadie más. Congden es tan estúpido que lo hará por dinero, sin preguntarse qué nos proponemos. Y probablemente es la manera más rápida de llegar allí, salvo que fuésemos en un F-86.

Dale hizo una mueca al comprender que tenía razón.

– Su viejo no le deja conducir -dijo, pensando que sólo con tipos como Congden empleaba la expresión «viejo», en vez de «papá» o «padre», y entonces recordó lo que había dicho el señor McBride.

– A su viejo no se le ha visto por aquí desde hace varios días -dijo Harlen. Se meció sobre el sillín de su bici-. Se rumorea que él y Van Syke, o el señor Daysinger, o alguno de esos mamones fueron a Chicago, en una excursión de una semana, después de timar a algún estúpido turista, multándole por «exceso de velocidad». De todos modos, el viejo bombardero negro de J. P. está aquí, y C. J. lo ha estado conduciendo de día y de noche.