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»Así pues, el juez Ashley golpeó la mesa con su Colt, como si fuese un… ¿cómo se llama?, un mazo… y dijo al negro: "¿Tienes algo que decir en tu defensa?", pero el negro sólo miró a todo el mundo con sus ojos amarillos y no dijo nada. Desde luego, sus labios gruesos estaban mucho más hinchados, porque algunos hombres habían considerado justo pegarle; pero creo que habría podido hablar si hubiese querido. Supongo que no quería hacerlo.

»El juez Ashley…, entonces todos volvíamos a considerarle como un verdadero juez…, golpeó de nuevo con su Colt sobre la mesa que habían arrastrado dentro del salón y dijo: "Eres culpable, por Dios, y por esto te condeno a ser colgado por el cuello hasta que mueras, y que Dios se apiade de tu alma". Y entonces la multitud de hombres se quedó un minuto allí, hasta que el juez gritó algo al fin y el viejo Carl Doubbet agarró al negro, y de pronto dos docenas de hombres arrastraron al negro más allá de las clases de los chicos y lo subieron por la gran escalera de debajo de los vidrios de colores, hasta el sitio desde el que observábamos nosotros…, y le arrastraron tan cerca de mí que hubiese podido alargar la mano y tocar aquellos labios hinchados que se estaban volviendo morados… Y los chicos los seguimos cuando lo arrastraron escalera arriba hacia el piso donde estaba el instituto… y allí fue donde Carl o Clement u otro de los hombres le pusieron la capucha negra… y entonces le hicieron subir los últimos escalones, los que ya no están a la vista porque los tapiaron, ya sabes… y le llevaron por aquella pequeña pasarela que rodeaba el interior del campanario.

»Ya no se puede ver… He ayudado a Karl van Syke y a Miller antes que a él a limpiar aquel lugar durante cuarenta años, y por esto sé lo que me digo… Ahora ya no se puede ver, pero antes había aquella pequeña pasarela en la parte inferior del campanario y desde ella se podía ver hasta la primera planta. Y había tres galerías que subían hasta aquella campana grande y vieja que había traído el señor Ashley de Europa. El caso es que todos estábamos en aquellas galerías, la de la primera planta llena de hombres… y también algunas mujeres; recuerdo haber visto allí a Emma, la madre de Sally Moon, con el idiota de su maridito Oliver, ambos con semblante resplandeciente de emoción y de alegría… y todos mirando al juez Ashley y a los otros que estaban alrededor del negro en el campanario:

»Recuerdo que pensé que iban a espantar terriblemente al negro… a apretar aquella cuerda alrededor del flaco cuello y a espantarle de tal manera que empezaría a hablar, a decir la verdad…; pero no fue aquello lo que hicieron. No señor, hicieron otra cosa: el juez Ashley pidió prestado un cuchillo a uno de los hombres que estaban allí, tal vez a Cecil Whittaker, y cortó la maldita cuerda que colgaba de la campana hasta la primera planta. Recuerdo que me incliné sobre la barandilla del piso del instituto y miré hacia abajo, mientras la cuerda se retorcía y caía y la gente se apartaba de ella y volvía después a su sitio, mirando de nuevo arriba, hacia el negro. Y entonces el juez Ashley hizo una cosa extraña.

»Debí de imaginármelo cuando cortó la cuerda, pero no lo hizo. Estaba manipulando la capucha del negro y pensé: Ahora van a quitársela y a asustarle; le dirán que van a arrojarle a la multitud o algo parecido… Pero no lo hicieron. Lo que hicieron fue coger el extremo corto de la cuerda de la campana y atarlo alrededor del cuello del negro, sin quitarle la capucha, y entonces el juez Ashley hizo una señal con la cabeza a los hombres que estaban allá arriba con él, y los hombres subieron al negro encima de la barandilla que daba la vuelta a la parte interior del campanario… Y entonces, chico, se hizo aquel maldito silencio… No se oía absolutamente nada. Debía de haber allí trescientas personas, pero no se oían los acostumbrados murmullos, resuellos, arrastramiento de pies o incluso respiraciones emitidas por semejante gentío. Sólo silencio. Con todos los hombres, mujeres y niños, incluido yo, mirando hacia tres plantas más arriba, donde se tambaleaba el negro en el borde de aquella galería, con la cara tapada por la capucha negra, las manos atadas detrás de la espalda y sin nada que lo sostuviese salvo las manos de dos hombres que le tenían agarrado de los brazos.

»Y entonces alguien, sospecho que el juez Ashley, aunque no lo veía claramente debido a la oscuridad del campanario y a que estaba observando al negro como todos los demás, le dio un empujón.

»El negro pataleó, naturalmente. La caída no fue lo bastante larga para que se rompiese el cuello como en un verdadero ahorcamiento. Pataleó como un gran hijo de perra, balanceándose de un lado a otro de la caja de la escalera, rebotando en ella su trasero negro y lanzando gritos ahogados debajo de la capucha. Yo podía oírle muy bien. Cada vez que se balanceaba hacia nuestro lado de la galería del instituto, sus pies quedaban a pocos palmos de mi cabeza. Recuerdo que se le cayó un zapato y que el otro tenía un agujero por el que sacaba el dedo gordo del pie al patalear. También recuerdo que Coony Daysinger alargó una mano tratando de tocar al negro mientras se balanceaba y pataleaba…, no para detenerle o sujetarle o algo parecido, sino solamente para tocarle, como harían muchos en un escenario si se lo permitiesen…; pero precisamente entonces vimos que el negro se orinaba en los pantalones; se podía ver cómo se oscurecían los raídos pantalones con la mancha al extenderse por la pernera…, y entonces los que estaban en la primera planta empezaron a gritar y a empujarse para apartarse Y entonces el negro dejó de patalear y pendió en silencio, y Coony retiró la mano y ninguno de nosotros se atrevió a tocarle.

»¿Sabes lo que fue más extraño, chico? Cuando empujaron al negro desde la pasarela, la vieja campana empezó a tocar, lo cual era lógico. Y siguió tocando mientras el negro se balanceaba y pataleaba y se ahogaba, lo cual no llamó la atención a nadie porque aquellos tirones de la cuerda habrían hecho sonar endiabladamente cualquier campana. Pero, ¿sabes lo que fue extraño? Alguno de nosotros se quedó por allí hasta después de que descolgasen al negro y llevasen su cuerpo al vertedero o a alguna otra parte para desprenderse de él…, y la maldita campana siguió sonando. Creo que siguió haciéndolo durante toda la noche y el día siguiente, como si aquel negro estuviese aún colgando de ella. Alguien dijo que al ser colgado el hombre debió de alterar el equilibrio de la campana o algo así. Pero era un sonido extraño… Te juro que al salir del pueblo aquella noche con el viejo, oliendo el aire frío, la nieve y el whisky de mi padre, y escuchando el ruido de los cascos de los caballos sobre el hielo y la tierra congelada, reducido Elm Haven a unos árboles oscuros y a un humo frío de chimenea resplandeciendo bajo la luz de la luna detrás de nosotros…, la maldita campana siguió sonando desaforadamente.

»Oye, muchacho, ¿tienes otra botella de este magnífico champán. Esta parece un soldado muerto.»

– Así que ya lo ves -estaba diciendo el señor Dennis Ashley-Montague-, la que llamas leyenda de la Campana Borgia es tan falsa como los llamados certificados de autenticidad que hicieron que mi abuelo la comprase. No hay ninguna leyenda sino tan sólo una vieja y mal fundida campana vendida a un crédulo viajero de Illinois.

– No -dijo Dale. El señor Ashley-Montague había estado hablando durante varios minutos, con la luz de la ventana de cristales en rombos de detrás de él proyectándose bellamente sobre la maciza mesa de roble y creando una aureola alrededor de sus ralos cabellos-. Bueno, me parece que no le creo.

El millonario frunció el ceño y cruzó los brazos, sin duda no acostumbrado a que un chico de once años le llamase mentiroso. Arqueó una pálida ceja.

– ¡Oh! ¿Y tú qué crees, jovencito? ¿Que esa campana está causando toda clase de sucesos sobrenaturales? ¿No eres ya un poco mayor para esto?