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Dale no respondió a la pregunta. Pensaba en Harlen, que estaba fuera, en el Chevy, impidiendo al inquieto Congden que arrancase y se marchase con el coche, y sabía que no tenía mucho tiempo.

– ¿Dijo usted a Duane McBride que la campana había sido destruida?

El señor Ashley-Montague frunció el entrecejo.

– No recuerdo esa conversación. -Pero su voz sonó falsa a Dale, como si supiese que podía haber habido testigos-. Bueno, tal vez me lo preguntó. Pero la campana fue destruida, fundida como chatarra durante la Gran Guerra.

– ¿Y qué me dice del negro? -insistió Dale.

Aquel hombre delgado sonrió ligeramente. Dale conocía la palabra «condescendiente», y pensó que podía aplicarse muy bien a aquella sonrisa.

– ¿A qué negro te refieres, joven?

– Al que fue colgado en Old Central -dijo Dale-. Colgado de la campana.

El señor Ashley-Montague sacudió lentamente la cabeza.

– Hubo un desgraciado incidente a principios de siglo en el que estuvo involucrado un hombre de color, pero te aseguro que nadie fue colgado, como tú dices, y menos colgado de una campana en el colegio de Elm Haven.

– Muy bien -dijo Dale, sentándose en la silla de alto respaldo de delante de la mesa y cruzando las piernas como si le sobrase tiempo-. Dígame lo que pasó.

El señor Ashley-Montague suspiró, pareció considerar si debía sentarse también y se contentó con pasear arriba y abajo por delante de la ventana, mientras hablaba. Lejos, detrás de él, Dale pudo ver una larga barcaza que subía por el río Illinois.

– Lo que sé es muy esquemático -dijo el hombre-. Yo no había nacido aún. Mi padre tenía poco menos de treinta años, pero no se había casado todavía; los Ashley-Montague se enorgullecen de tomar esposa cuando son ya hombres maduros. En todo caso, sólo sé lo que oí contar a mi familia. Mi padre murió en 1928, ¿sabes?, poco después de nacer yo; por consiguiente no puedo comprobar la exactitud de los detalles. El doctor Priestman no mencionó este incidente en sus crónicas del condado.

»En fin, tengo entendido que al empezar el siglo se produjeron algunos sucesos desagradables en tu parte del condado. Creo que uno o dos niños desaparecieron, aunque es muy posible que se fugaran. La vida en el campo era muy dura en aquellos tiempos, y no era raro que los niños se escaparan de casa para no llevar una vida de trabajo duro con su familia. Lo cierto es que encontraron una niña, hija de un médico local, si no estoy equivocado. Parece que había sido…, hum…, que habían abusado de ella y la habían asesinado después. Entonces algunos de los hombres más distinguidos del pueblo, entre ellos mi abuelo, que era juez retirado, recibieron pruebas irrebatibles de que un negro vagabundo era el autor del crimen…

– ¿Qué clase de pruebas? -preguntó Dale.

El señor Ashley-Montague interrumpió de pronto su paseo y frunció el ceño.

– Irrebatibles. Es una palabra muy fuerte, ¿no? Quiere decir…

– Sé lo que quiere decir irrebatible -dijo Dale, mordiéndose el labio para no añadir: estúpido. Empezaba a pensar y a hablar como Harlen-. Significa que no puede negarse. Me refería a qué clase de pruebas.

El millonario cogió un abrecartas de hoja curva y tamborileó con él sobre la mesa de roble, visiblemente irritado. Dale se preguntó si iba a llamar al mayordomo para que le echase de allí. No lo hizo.

– ¿Qué importa la clase de pruebas? -dijo, y empezó a pasear de nuevo, golpeando la mesa con el abrecartas después de cada circuito-. Creo recordar que era una prenda de vestir de la niña. Y tal vez también el arma del crimen. En cualquier caso, era irreb… irrefutable.

– ¿Y entonces lo ahorcaron? -preguntó Dale, pensando en lo nervioso que se debía de estar poniendo C. J. Congden allá fuera

El señor Ashley-Montague miró a Dale echando chispas, aunque el efecto fue un tanto amortiguado por las gruesas gafas del millonario.

– Ya te he dicho que nadie fue ahorcado. Se celebró un juicio improvisado, tal vez en el colegio, aunque esto habría sido muy raro. Los ciudadanos presentes, todos ellos respetables, actuaron como una especie de gran jurado… ¿Sabes lo que es un gran jurado?

– Sí -dijo Dale, aunque no habría sabido definirlo. Se lo imaginaba por el contexto.

– Bueno, en vez de ser el jefe de una multitud partidaria del linchamiento, como tú pareces suponer, jovencito, mi abuelo fue la voz de la ley y de la moderación. Tal vez había elementos que querían castigar al negro allí y en el acto… No lo sé porque mi padre nunca me lo dijo, pero mi abuelo insistió en que aquel hombre fuese llevado a Oak Hill y entregado allí al agente de la ley, al sheriff, si lo prefieres.

– ¿Y lo fue? -preguntó Dale.

El señor Ashley-Montague dejó de pasear.

– No. Ésa fue la tragedia… y pesó mucho sobre la conciencia de mi abuelo y de mi padre. Parece que el negro era llevado a Oak Hill en un carruaje cuando saltó, echó a correr, y aunque iba esposado y llevaba cadenas en las piernas, consiguió llegar a una zona pantanosa junto a la carretera de Oak Hill, cerca de donde ahora está la granja de los Whittaker. Los hombres que le escoltaban no pudieron alcanzarle a tiempo, aunque aquel suelo traidor tampoco les habría sostenido. Y se ahogó… mejor dicho, se asfixió, porque lo que más había en el pantano era fango.

– Creía que esto había ocurrido en invierno -dijo Dale-. En enero.

El señor Ashley-Montague se encogió de hombros.

– Sin duda una racha de calor -dijo-. O posiblemente…, probablemente ~ se rompió la superficie helada debajo del acusado. Aquí es muy frecuente el deshielo a mediados de invierno.

Dale no tuvo nada que decir a esto.

– ¿Podría prestarme la historia del condado que escribió el doctor Priestmann?

El señor Ashley-Montague no disimuló lo que pensaba de una petición tan atrevida, pero cruzó los brazos y dijo:

– ¿Y entonces me dejarás volver a mi trabajo?

– Desde luego -dijo Dale.

Se preguntó qué diría Mike cuando le contase esta conversación tan inútil. «Y ahora Congden me matará… ¿y por qué?»

– Espera aquí -dijo el millonario y subió por la empinada escalera a la galería de la biblioteca. Miró los títulos a través de las gruesas gafas, resiguiendo despacio la hilera de libros.

Dale paseó por debajo de la galería, mirando otra hilera de volúmenes, más próxima a la mesa del millonario. A Dale le gustaba tener sus libros predilectos en sitios donde pudiese cogerlos fácilmente; tal vez los millonarios pensaban de la misma manera.

– ¿Dónde estás? -gritó la voz desde arriba.

– Mirando por la ventana -respondió Dale mientras observaba los antiguos volúmenes encuadernados en cuero.

Muchos de los títulos eran en latín. Y pocos de los ingleses tenían sentido para él. El polvo de los libros viejos que flotaba en el aire le daba ganas de estornudar.

– No estoy seguro de tener… Ah, aquí está -dijo el señor Ashley-Montague desde la galería.

Dale oyó que retiraba un pesado volumen.

El muchacho estaba acariciando los lomos de los libros; de no haberlo hecho no se habría dado cuenta de que uno, pequeño, sobresalía más que los otros. No pudo leer los símbolos grabados en relieve en el lomo; pero cuando lo sacó, vio un subtítulo en inglés debajo de los mismos símbolos en la cubierta: El Libro de la Ley. Y debajo del título, en escritura antigua, estas palabras: Scire, Audere, Velle, Tacere. Dale sabía que Duane McBride leía el latín con facilidad, y un poco el griego, y lamentó que su amigo no estuviese allí.

– Sí, esto es -dijo la voz encima mismo de Dale.

Después sonaron pisadas en la galería, en dirección a la escalera.

Dale acabó de sacar el libro, vio varias pequeñas señales blancas entre las hojas, y en un instante de pura audacia guardó el pequeño libro debajo del cinturón de los tejanos, en la espalda, soltando la camiseta para ocultarlo.

– ¿Jovencito? -dijo el señor Ashley-Montague, y sus pulidos zapatos negros y pantalones grises se hicieron visibles en la escalera, a cuatro palmos por encima de la cabeza de Dale.