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– Art -dijo el viejo. No era una pregunta-. ¿Está muerto?

– Sí, señor.

El sheriff se ajustó las gafas de sol casi en el mismo instante en que Duane tocaba con el dedo medio la montura de las suyas.

– ¿Cómo?

Los ojos del viejo parecían enfocados en algo de los campos de detrás del sheriff. O en nada.

– Un accidente de automóvil. Hace aproximadamente una hora.

– ¿Dónde?

El viejo movía ligeramente la cabeza arriba y abajo, como si recibiese una noticia esperada. Duane conocía aquel movimiento de cuando escuchaban los noticiarios de la radio o el viejo hablaba de corrupción en la política.

– En Jubilee College Road -dijo el sheriff, con voz firme pero no tan monótona como la del viejo-. Stone Creek Bridge. A unos tres kilómetros de…

– Sé dónde está el puente -le interrumpió el viejo-. Art y yo solíamos ir a nadar allí. -Enfocó un poco la mirada y se volvió hacia Duane como si fuese a decirle algo, a hacer algo. Pero en vez de esto se volvió de nuevo al sheriff-. ¿Dónde está?

– Estaban levantando el cadáver cuando me marché de allí -dijo el sheriff-. Si quiere le llevaré.

El viejo asintió con la cabeza y se sentó al lado del sheriff en el coche. Duane corrió y saltó a la parte de atrás.

«Esto no es real», pensó, mientras pasaban por delante de la casa del tío Henry y tía Lena, llegaban a la primera colina, al menos a ciento diez por hora, y dejaban atrás el cementerio. Duane casi se dio de cabeza contra el techo al descender el coche hacia los bosques. «También a nosotros nos va a matar.» El veloz coche del sheriff arrojaba polvo y grava a diez metros dentro de los bosques. En los lados de la carretera, mientras subían hacia la Taberna del Arbol Negro, las hierbas, los arbustos y las ramas de los árboles eran de un blanco grisáceo, como si estuviesen cubiertos de yeso molido. Duane sabía que no era más que polvo de anteriores vehículos, pero el follaje gris y el cielo gris le hacían pensar en el Hades, en las sombras de los muertos que esperaban allí en una nada gris, en la escena que le había leído el tío Art, cuando él era muy pequeño, sobre el descenso de Ulises al Hades para desafiar a aquellas sombras y encontrarse con las de su madre y sus antiguos aliados muertos.

El sheriff no redujo la marcha ante la señal de Stop en la intersección de la Seis y la Jubilee College Road, sino que giró, derrapando pero sin perder la dirección, hacia la carretera de grava fuertemente apisonada. Duane se dio cuenta de que la luz del techo centelleaba, aunque no sonaba la sirena. Se preguntó a qué venía aquella prisa. Delante de él, el viejo tenía la espalda perfectamente recta y la cabeza inclinada hacia delante, moviéndose sólo con los virajes del coche.

Rodaron tres kilómetros hacia el este. Duane miró sobre los campos a su izquierda para ver dónde empezaba el extenso bosque que ocultaba Gipsy Lane. Había campos de maíz a ambos lados, salvo las arboledas al pie de las colinas.

Duane contó las depresiones, sabiendo que en el cuarto y pequeño valle estaba el Stone Creek.

Descendieron por cuarta vez. El sheriff dio un frenazo y aparcó el coche en el lado izquierdo de la carretera, en sentido contrario al tráfico. Pero no había tráfico. En la tierra llana y en la ladera escasamente boscosa de la colina reinaba un silencio de mañana de domingo.

Duane observó los otros vehículos aparcados a lo largo del borde de la carretera y cerca del puente de hormigón: un camión de remolque, el feo Chevy negro de J. P. Congden, un coche oscuro y de asientos posteriores fijos que no reconoció, otro camión grúa del taller Texaco de Ernie, en el extremo este de Elm Haven. «¡Ninguna ambulancia! ¡Ni rastro del coche del tío Art! Tal vez era un error.»

Lo primero que advirtió Duane fueron los desperfectos en el pretil del puente. El hormigón había sido colocado cuarenta o cincuenta años atrás, de modo que quedaban unos huecos como de balaustrada debajo de la baranda de noventa centímetros de altura. Ahora más de un metro del hormigón había sido derribado en el extremo este. Duane pudo ver barras de hierro enmohecido, de refuerzo, que sobresalían del hormigón como una extraña escultura de una mano apuntando hacia el terraplén.

Duane se acercó al viejo y miró por encima del pretil. Ernie, de Texaco de Ernie, estaba allá abajo, con tres o cuatro hombres más, entre ellos el juez de paz de cara de ratón. Sí, era el Cadillac de tío Art.

Duane se dio cuenta inmediatamente de lo que había ocurrido. Art había sido obligado a desviarse hacia la derecha, al cruzar el puente de un solo carril, de modo que la parte delantera izquierda del gran automóvil se había estrellado contra el hormigón, haciendo que el motor saltase hacia atrás junto al conductor, y que el Caddy cayese al Stone Creek como un juguete roto. Las dos toneladas de automóvil habían golpeado los árboles del otro lado, y los árboles jóvenes y un roble de tronco de veinticinco centímetros habían desviado el vehículo contra el olmo más grande de la ladera. Duane pudo ver el profundo tajo de un metro en la corteza de la que todavía manaba savia. Se preguntó tontamente si viviría el olmo.

Después de hundidas la portezuela derecha de atrás y un trozo de la carrocería por el segundo impacto, el Caddy había rodado diez o doce metros cuesta arriba, arrancando arbustos y arbolitos y saltando sobre una peña -el parabrisas se había desprendido en este punto y estaba hecho añicos más allá de la roca-, antes de que la gravedad y/o la colisión con otro árbol grande lo lanzasen cuesta abajo hasta el arroyo.

Yacía allí, boca abajo. La rueda delantera izquierda se había desprendido, pero las otras tres se veían extrañamente al aire, casi indecentes. Duane advirtió que habían dejado muchas huellas; el tío Art no toleraba los neumáticos gastados. El bastidor descubierto parecía limpio y nuevo, salvo donde había sido arrancada parte del eje.

Una puerta del Caddy estaba abierta y doblada casi por la mitad. El compartimiento del pasajero tenía un palmo o dos de agua. Fragmentos de metal, de cromo y de cristal resplandecían en la falda de la colina, a pesar de que no brillaba el sol. Duane vio otras cosas: un calcetín de rombos tirado sobre la hierba, un paquete de cigarrillos cerca de la peña, mapas de carreteras revoloteando entre los arbustos.

– Se han llevado el cadáver, Bob -gritó Ernie, casi sin levantar la mirada de donde estaba sujetando un cable al eje delantero-. Donnie y el señor Mercer llegaron con la… Ah, hola, señor McBride.

Ernie volvió a su trabajo.

El viejo se mordisqueó los labios y habló al sheriff sin volver la cabeza.

– ¿Estaba muerto cuando llegaron ustedes?

Duane vio el bosque y el borde de la loma reflejados en las gafas del sheriff.

– Sí, señor. Estaba muerto cuando pasó por aquí el señor Carter y vio algo al pie de la colina, una media hora antes de que yo viniese aquí. El señor Mercer…, es el juez de instrucción del condado, ya sabe…, dijo que el señor McBri…, bueno, su hermano…, murió instantáneamente.

J. P. Congden subió resoplando la cuesta, se acercó a los presentes, envolviéndoles en vapores de whisky, y se arremangó el guardapolvo.

– Siento mucho lo de su…

El viejo hizo caso omiso del juez de paz y empezó a bajar la empinada pendiente, resbalando en el barro y agarrándose a las ramas para llegar hasta el fondo. Duane le siguió. El sheriff bajó también, pero con mucho cuidado de no clavarse espinas o mancharse de barro los planchados pantalones marrones.

El viejo se agachó en la orilla del arroyo, contemplando el interior del destrozado Caddy. El techo se había hundido y salía agua del volcado tablero de instrumentos. Duane vio que el aparato automático que regulaba las luces había sido arrancado. El lado del pasajero se hallaba relativamente indemne; incluso el techo hundido lo había respetado; pero el asiento del conductor había atravesado los cojines del de atrás. El volante había desaparecido, pero su soporte estaba todavía allí, hundido en tres palmos de agua. Delante, donde hubiese debido estar el conductor, una masa de metales retorcidos y de tabique refractario arrancado llenaban el espacio, como el cuerpo de un robot asesinado.