El sheriff se arremangó los pantalones y se agachó, manteniendo las relucientes botas fuera del barro y del agua turbia. Carraspeó.
– Después de perder el control, su hermano chocó contra el pretil del puente y…, bueno…, como puede ver, el impacto debió de causarle la muerte instantánea.
El viejo asintió con la cabeza como antes. Estaba acurrucado, con los pies y los tobillos dentro del agua y las muñecas sobre las rodillas. Se miró fijamente los dedos, como si no le perteneciesen.
– ¿Dónde está?
– El señor Mercer le llevó a la Funeraria Taylor -dijo el sheriff-. Tiene que… bueno, tiene que terminar algunas cosas; después podrá ponerse usted de acuerdo con el señor Taylor.
El viejo sacudió delicadamente la cabeza.
– Art nunca quiso una ceremonia fúnebre. Y menos en la Funeraria de Taylor.
El sheriff se ajustó las gafas.
– Señor McBride, ¿era bebedor su hermano?
El viejo se volvió y miró al sheriff por primera vez.
– No en un domingo por la mañana.
Su voz tenía el tono perfectamente tranquilo que Duane sabía que precedía a un estallido de rabia.
– Sí, señor -dijo el sheriff.
Cuando Ernie se puso a tensar el cable con el torno de la grúa, todos se apartaron de allí. La parte delantera del Caddy se levantó, vertió agua por las ventanillas y empezó a girar lentamente hacia el terraplén.
– Bueno, tal vez sufrió un ataque al corazón o se metió una abeja en el coche. Muchas personas pierden el control por culpa de los insectos. Le sorprendería saber cuánta gente…
– ¿A qué velocidad iba? -preguntó Duane, asombrado de oír su propia voz.
El viejo y el sheriff se volvieron a mirarle. Duane observó su pálida y gorda imagen en las gafas del sheriff.
– Suponemos que a ciento veinte o ciento treinta kilómetros por hora -dijo el sheriff-. Sólo he mirado las huellas del patinazo; no las he medido. Pero iba muy deprisa.
– A mi hermano no le gustaba la velocidad -dijo el viejo, acercando la cara a la del sheriff-. Era un fiel cumplidor de la ley. Yo siempre le decía que era una tontería.
El sheriff se quedó un momento de cara al viejo y después levantó la mirada hacia el puente roto.
– Bueno, pues por lo visto esta mañana se pasó de la raya. Tendremos que hacer algunas pruebas para ver si había estado bebiendo.
– ¡Cuidado! -gritó Ernie, y los tres se echaron atrás al alzarse verticalmente el Caddy sobre el agua. Duane vio que un cangrejo de río saltaba del coche con el agua sucia y los mapas empapados. Recordó que allí había pescado cangrejos con Dale, Mike y los chicos de la población hacía un par de veranos.
– ¿Pudo alguien obligarle a salir de la carretera? -preguntó Duane.
El sheriff le dirigió una mirada fija y sostenida.
– No hay señales de esto, hijo. Y nadie denunció el accidente.
El viejo resopló.
Duane se acercó más al Caddy, que ahora había dado la vuelta de manera que podían ver el lado del conductor. Señaló una raya roja apenas visible en la abollada portezuela.
– ¿No podría ser esta pintura del vehículo que empujó el coche del tío Art contra el pretil del puente?
El sheriff se acercó más, levantando las gafas de sol hacia el goteante y destrozado coche.
– A mí no me parece reciente, hijo. Pero lo estudiaremos. -Se echó atrás, se llevó las manos al cinturón del revólver y chascó la lengua-. No muchos vehículos podrían echar de la carretera a un Caddy de estas dimensiones.
– Podría hacerlo un camión grande como el de recogida de animales muertos -dijo Duane.
Miró hacia arriba y vio que J. P. Congden le estaba observando.
– Tendrán que apartarse de ahí mientras subimos este maldito cacharro -gritó Ernie.
– Vamos -dijo el viejo.
Era la primera palabra que dirigía a Duane desde que había llegado el sheriff. Los dos empezaron a subir, resbalando, la empinada pendiente. Entonces el viejo hizo algo que no había hecho en cinco años. Cogió la mano de Duane.
La finca parecía diferente cuando volvieron. La capa de nubes se estaba abriendo un poco, y una luz viva se derramaba sobre los campos. La casa y el granero parecían recién pintados, y la vieja camioneta mágicamente restaurada. Duane se quedó junto a la puerta de la cocina, pensando, mientras el viejo escuchaba las últimas palabras del sheriff. Cuando arrancó el coche de éste, Duane salió de su ensimismamiento.
– Voy a ir al pueblo -dijo el viejo-. Espérame aquí hasta que regrese.
Duane echó a andar hacia la camioneta.
– Yo quiero ir contigo.
Su padre le detuvo, apoyando suavemente una mano en su hombro.
– No, Duanie. Voy a ir a la Funeraria de Taylor antes de que ese maldito buitre empiece a arreglar a Art. Y tengo que hacer algunas preguntas.
Duane iba a protestar, pero entonces se fijó en los ojos de su padre y se dio cuenta de que el hombre quería estar solo, necesitaba estar solo, aunque fuese los pocos minutos que tardaría en llegar al pueblo. Asintió con la cabeza y volvió atrás, para sentarse en el porche.
Pensó en terminar su trabajo en el campo, pero decidió no hacerlo. Se dio cuenta, con una punzada de culpa, de que tenía hambre. Aunque le ardía la garganta, mucho más que cuando murió Witt, y su pecho parecía a punto de estallar por una gran presión interior, Duane tenía hambre. Sacudió la cabeza y entró en la casa.
Mientras comía un bocadillo de morcilla, queso, tocino y lechuga, recorrió el taller del viejo, preguntándose dónde habría dejado The New York Times, aunque sin dejar de pensar en el Cadillac destrozado, los cristales y el metal cromado desparramados, y la raya de pintura roja en la portezuela del conductor.
La luz verde estaba centelleando en el contestador automático del viejo. Distraídamente, todavía masticando y pensando, enrolló la pequeña cinta y puso en funcionamiento el aparato.
– ¿Darren? ¿Duane? Maldita sea, ¿por qué no desconectáis esa dichosa máquina y contestáis al teléfono? -dijo el tío Art.
Duane dejó de masticar y detuvo la cinta. Su corazón pareció detenerse; entonces latió una vez, muy fuerte, y después palpitó dolorosamente. Duane engulló con dificultad, respiró hondo y pulsó los botones de enrollar y poner en funcionamiento la cinta.
– … y contestáis al teléfono? Duane, esta llamada es para ti. He descubierto lo que estás buscando. Lo de la campana. Siempre ha estado en mi biblioteca. Es asombroso, Duane. Increíble, pero inquietante. He preguntado a una decena de mis viejos amigos de Elm Haven, pero ninguno de ellos recuerda la campana. No importa, el libro dice que… bueno, ya te lo enseñaré. Ahora son… las nueve y veinte. Estaré ahí antes de las diez y media. Hasta pronto, chico.
Duane pasó dos veces más la cinta; después apagó la máquina, buscó a su espalda, encontró una silla y se sentó pesadamente. La presión en su pecho era ahora demasiado fuerte para resistirla, y se desfogó, dejando que rodasen lágrimas por sus mejillas y que le sacudiesen muchos sollozos. De vez en cuando se quitaba las gafas, se frotaba los ojos con el dorso de la mano y mordía el bocadillo. Pasó bastante rato antes de que se levantase y volviese a la cocina.
El teléfono de la oficina del sheriff no contestó, pero Duane pudo al fin ponerse al habla con él en su casa. Se había olvidado de que era domingo.
– ¿Un libro? -dijo el sheriff-. No, no he visto ningún libro. ¿Es importante, hijo?
– Sí -dijo Duane. Y añadió-: Para mí.
– Bueno, en el lugar del accidente no lo he visto. Desde luego todavía no se ha registrado toda la zona. Podría estar tirado por allí… o dentro del coche.