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Metal retorcido. Tapicería desgarrada. Muelles. Tejido y material aislante del techo, colgando como estalactitas. Cristales rotos. Olor a sangre, a gasolina y a líquido de transmisión. Ningún libro.

El viejo volvió.

– Ni rastro de las portezuelas. ¿Has encontrado lo que buscabas?

Duane sacudió la cabeza.

– Tenemos que volver al lugar del accidente.

– No. -El tono de la voz de su padre le indicó a Duane que no habría discusión posible-. Esta noche no.

Duane se volvió, sintiendo que le caía un gran peso sobre sus hombros, algo todavía más pesado que el agudo dolor que ya sentía. Miró alrededor del cobertizo, pensando en la noche que le esperaba en compañía del viejo y de una botella. El trato no había servido para nada.

Tenía las manos en los bolsillos cuando dobló la esquina del cobertizo. El perro saltó sobre él antes de que pudiese sacarlas.

Al principio, Duane no supo que era un perro. No era más que algo enorme Y negro que lanzaba unos gruñidos como no había oído en su vida. Entonces aquella cosa saltó, con los dientes brillándole a nivel de los ojos del muchacho, y Duane cayó atrás sobre muelles y cristales rotos, con la masa del cuerpo del perro lanzándose sobre él y retorciéndose, gruñendo y arremetiendo para alcanzarle.

En aquel segundo, sobre el sucio suelo, con las manos ahora libres pero arañadas y vacías, Duane supo una vez más lo que era enfrentarse con la muerte. Pareció que el tiempo se detenía y que Duane se paralizaba en él. Sólo el enorme perro podía moverse, tan deprisa que no era más que un borrón negro, y lo hacía hacia Duane, alzándose sobre él, mostrando sólo dientes y saliva al abrir la enorme boca para morder el cuello de Duane McBride.

El viejo se colocó entre el perro y su hijo caído y golpeó. La vara alcanzó al doberman en las costillas y le lanzó tres metros atrás en dirección a la casa. El aullido del animal sonó como un cambio de marchas estropeado.

– Levántate -jadeó el viejo, agachándose entre Duane y el perro, que Ya se había puesto en pie.

Duane no sabía si su padre hablaba con él o con el doberman.

Se había puesto de rodillas cuando el animal atacó de nuevo. Esta vez tenía que pasar por encima del viejo para llegar hasta el muchacho, que al parecer era lo que se proponía hacer cuando saltó con un gruñido que hizo que a Duane se le aflojasen las tripas.

El viejo hizo una pirueta, sujetó la vara con ambas manos, dejó que el perro volase junto a él y levantó la vara de metal. A Duane le pareció un bateador golpeando una pelota alta y corta hacia un campo lejano.

La barra alcanzó al doberman debajo de la mandíbula, le torció la cabeza hacia atrás en una posición imposible que hizo dar a la bestia un perfecto salto mortal de espaldas antes de estrellarse contra la pared del cobertizo y resbalar hasta el suelo.

Duane se puso en pie y se alejó del animal tambaleándose, pero esta vez el doberman no se levantó. El viejo se acercó a él y le dio una patada debajo de la mandíbula, y la cabeza del perro osciló como algo sujeto por una cuerda floja. Tenía los ojos muy abiertos Y la muerte los estaba ya nublando.

– Menuda sorpresa se va a llevar el señor Congden -comentó Duane pensando que lo mejor sería tomárselo a broma.

– Que se joda -dijo el viejo, pero no había pasión en su voz. Parecía casi relajado por primera vez desde que el coche del sheriff se había detenido en el camino de su casa ocho horas antes-. No te separes de mí.

Sin soltar la barra, el viejo dio la vuelta alrededor de la casa y volvió a llamar a la puerta principal. Seguía cerrada. Nadie respondió a la llamada.

– ¿Oyes algo? -dijo, acariciando la barra de metal.

Duane sacudió la cabeza.

– Yo tampoco -dijo su padre.

Entonces Duane cayó en la cuenta. O el perro que estaba dentro de la casa se había quedado sordo de repente, o era el mismo que yacía muerto en el patio de atrás. Alguien le había dejado salir.

El viejo se dirigió a la acera y miró arriba y abajo de Depot Street. Era casi de noche debajo de los árboles. Un trueno, en el este, anunció tormenta.

– Vamos, Duanie -dijo el viejo-. Mañana encontraremos tu libro.

Estaban cerca de la torre del agua, y Duane casi había dejado de temblar cuando recordó una cosa.

– Tu botella -dijo, maldiciéndose por recordárselo a su padre, pero al mismo tiempo pensando que se la merecía.

– ¡Al diablo la botella! -El viejo miró a Duane Y sonrió ligeramente-. Brindaremos por Art con Pepsi. Es lo que él y tú solíais beber siempre, ¿no? Brindaremos por él y contaremos anécdotas suyas, y celebraremos un verdadero velatorio. Después nos acostaremos temprano, para que mañana podamos arreglar algunas cosas que necesitan arreglo. ¿De acuerdo?

Duane asintió con la cabeza.

Jim Harlen volvió del hospital a casa el domingo, exactamente al cabo de una semana de ser hospitalizado. Llevaba el brazo izquierdo escayolado, y la cabeza y las costillas vendadas; tenía ojos de mapache, por la pérdida de sangre, y todavía estaba en tratamiento por el dolor. Pero el médico y su madre decidieron que ya era hora de que volviese a casa.

Harlen no quería ir a casa.

No quería acordarse del accidente. Recordaba más de lo que reconocía: que se había ido del cine gratuito aquel sábado, que había seguido a la vieja Double-Butt y que había decidido escalar el colegio para mirar en su interior. Pero no podía recordar la caída, ni lo que la había causado. Cada noche que había pasado en el hospital había tenido pesadillas y se había despertado jadeando, palpitándole el corazón y la cabeza, agarrado a la barandilla de metal de la cama para sostenerse. Las primeras noches su madre había estado allí; poco después aprendió a llamar a la enfermera para tener una persona mayor en la habitación. Las enfermeras, sobre todo la señora Carpenter, que era la mayor, le complacían y se quedaban en el cuarto, acariciándole a veces los cortos cabellos hasta que se dormía de nuevo.

Harlen no recordaba los sueños que le hacían gritar cuando se despertaba, pero sí la impresión que le dejaban y que era suficiente para que se sintiese mareado y se le pusiese la carne de gallina. El hecho de volver a casa le causaba una impresión parecida.

Un amigo de su madre a quien no había visto nunca les llevó a casa, tumbado el chico en el asiento de atrás del automóvil. Se sentía tonto e impotente con la escayola, y tenía que levantar la cabeza de las almohadas para ver deslizarse el paisaje. Cada kilómetro del viaje de quince minutos, desde Oak Hill hasta Elm Haven, parecía absorber luz, como si el coche se adentrase en una zona de oscuridad.

– Parece que va a llover -dijo el amigo de su madre-. Realmente las mieses lo necesitan.

Harlen gruñó. Fuese quien fuere aquel estúpido -Harlen había olvidado ya el nombre que había dicho su madre al presentárselo, con la misma naturalidad que si fuese un viejo amigo de la familia a quien Harlen debía aprender a conocer y apreciar-, desde luego no era un agricultor. El limpio y reluciente automóvil, un Woody, las manos suaves y el traje de tweed de ciudad, daban prueba de ello. Aquel papanatas probablemente no sabía ni le importaba si las mieses necesitaban lluvia o abono.

Llegaron a casa a eso de las seis -su madre tenía que recogerlo a las dos, pero lo hizo horas más tarde- y aquel tipo dio un gran espectáculo al ayudar a Harlen a subir a su habitación, como si tuviese rotas las piernas en vez de un brazo. Harlen tuvo que reconocer que el ejercicio de subir la escalera le mareaba. Se sentó en la cama, mirando a su alrededor, sintiéndose muy extraño en su habitación, y trató de aliviar el dolor de cabeza pestañeando, mientras su madre bajaba corriendo la escalera en busca del medicamento. Harlen pudo oír una conversación en voz baja seguida de un largo silencio. Se imaginó el beso, se imaginó al papanatas introduciendo la vieja lengua y a su madre doblando la pierna derecha hacia arriba y atrás, haciendo oscilar el zapato de alto tacón, como hacía siempre que daba el beso de buenas noches a sus amigos, mientras Harlen la observaba desde la ventana de su habitación.