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Una luz amarilla y enfermiza que entraba por la ventana tiñó la estancia de un color de azufre. De pronto comprendió por qué su habitación le había parecido tan extraña: su madre la había limpiado. Había quitado los montones de ropas, las pilas de tebeos, los soldados de juguete y los trenes rotos, los trastos polvorientos de debajo de su cama, e incluso los viejos ejemplares de Boy's Life amontonados desde hacía años en el rincón. Con una punzada de culpabilidad, Harlen se preguntó si ella habría limpiado su armario y habría encontrado las revistas de desnudos. Iba a levantarse para comprobarlo, pero el mareo y el dolor de cabeza le hicieron tumbarse de nuevo sobre la almohada. ¡Qué más daba! A todos sus dolores se añadió el que sentía en el brazo todas las tardes y que le calaba hasta los huesos. ¡Le habían puesto un clavo de acero! Cerró los ojos y trató de imaginarse un clavo del tamaño de los de la vía férrea a través de su fracturado húmero.

«Mi húmero no tiene nada de humorístico», pensó Jim Harlen y se dio cuenta de que estaba peligrosamente cerca de romper a llorar. «¿Dónde coño estará mi madre? O mejor dicho, ¿dónde coño estará jodiendo?»

Su madre entró en la habitación, muy animada y satisfecha por tener a su pequeño Jimmy en casa. Harlen advirtió la capa de maquillaje en sus mejillas. Y el perfume no era como el suave olor a flores de las enfermeras que le cuidaban por la noche; olía como algún animal almizcleño nocturno. Tal vez un visón, o una comadreja en celo.

– Tómate las pastillas. Yo voy a preparar la cena -dijo.

Le dio el frasco de las pastillas y no el platito que utilizaban las enfermeras para poner la dosis. Harlen se tragó tres píldoras de codeína, en vez de una que debía tomar. «Que se joda el dolor.» Su madre estaba demasiado ocupada trajinando en la habitación, mullendo almohadas y deshaciendo su maleta de hospital, para darse cuenta de cuántas pastillas tomaba. Si iba a armar jaleo por lo de las revistas porno, pensó Harlen, lo había dejado para otro día.

Esto le parecía bien. No importaba que quemase la cena que estaba preparando -cocinaba un par de veces al año y siempre era un desastre-, porque Harlen sentía ya el efecto entumecedor del medicamento y estaba presto a sumergirse en el agradable y cálido espacio sin paredes donde había pasado tanto tiempo en los primeros días de estancia en el hospital, cuando le habían administrado los calmantes más fuertes contra el dolor.

Preguntó algo a su madre.

– ¿Qué, querido?

Se interrumpió al colgar la ropa de la maleta, y Harlen se dio cuenta de que su voz había sonado bastante estropajosa. Repitió de nuevo la pregunta:

– ¿Han venido mis amigos?

– ¿Tus amigos? Pues sí, querido; estaban muy preocupados y dijeron que te mejoraras.

– ¿Quiénes?

– ¿Perdón, querido?

– ¿Quiénes? -gritó Harlen, y después se esforzó en bajar la voz-. ¿Quiénes vinieron?

– Bueno, tú dijiste que aquel simpático campesino…, ¿cómo se llama?, Donald, fue al hospital la semana pasada…

– Duane -dijo Harlen-. Y no es un amigo. Es un chico del campo que tiene paja detrás de las orejas. Quiero decir que quién vino a casa a preguntar por mí.

Su madre frunció el entrecejo y se frotó los dedos, como hacía siempre que estaba nerviosa. Harlen pensó que el brillante esmalte rojo de las uñas hacía que sus dedos blancos pareciesen terminar en tocones ensangrentados. La idea le hizo gracia.

– ¿Quiénes? -dijo-. ¿O'Rourke? ¿Stewart? ¿Daysinger? ¿Grumbacher?

Su madre suspiró.

– No puedo recordar los nombres de tus amiguitos, Jimmy, pero tuve noticias de ellos. Al menos por sus madres. Todas están muy preocupadas. Aquella amable señora que trabaja en la cooperativa estaba especialmente interesada.

– La señora O'Rourke. -Harlen suspiró-. Pero ¿no han venido Mike o los muchachos?

Ella plegó bajo el brazo los pijamas de hospital, como si fuese de primordial importancia el limpiarlos. Como si sus pijamas y calzoncillos sucios no hubiesen estado tirados en el suelo de esta misma habitación durante semanas, antes de que ingresara en el hospital.

– Estoy segura de que han venido, querido, pero yo he estado bueno, muy ocupada, teniendo que pasar tanto tiempo en el hospital y cuidar de… otras cosas.

Harlen trató de volverse sobre el costado derecho; la escayola era una engorrosa protuberancia en el lado izquierdo, doblada en el codo pero pesada y rígida. El chico sintió que la codeína empezaba a surtir efecto. Tal vez podría engatusar a su madre para que le dejase todo el frasco y él mismo pudiese cuidar de su dolor. A los médicos no les importaba que uno sufriese; no les afectaba que uno se despertase por la noche asustado y sintiéndose tan mal que le entraran deseos de orinarse encima. Incluso a las buenas enfermeras que olían tan bien les importaba un bledo; venían cuando uno las llamaba, pero se alejaban haciendo chirriar los zapatos por el pasillo embaldosado cuando salían de servicio y se iban a casa a acostarse con algún fulano.

Su madre le besó. Olía a la misma colonia del papanatas. volvió la cara hacia el otro lado antes de que aquel olor y el del humo de sus cigarrillos le mareasen.

– Ahora duerme bien, querido.

Le arrebujó como cuando era pequeño, pero la escayola no se adaptaba bien a las sábanas y tuvo que envolverla con éstas, como si se tratara de un árbol de Navidad. Harlen flotaba en el súbito alivio del dolor, en esa insensibilidad que hacía que se sintiese más vivo que en toda la semana.

Todavía no era de noche. A Harlen le gustaba quedarse dormido cuando era de día…, era la maldita oscuridad lo que aborrecía. Podría dormir un rato antes de que se despertase para su mudo servicio de centinela. Tratando de estar alerta, para el caso de que viniese aquello.

Para el caso de que viniese, ¿eh?

El medicamento parecía liberar su mente, como si las barreras de lo que había ocurrido, de lo que había visto, estuviesen a punto de derrumbarse; como si las cortinas estuviesen a punto de descorrerse.

Harlen trató de darse la vuelta, tropezó con la escayola y gimió nerviosamente, sintiendo el dolor como algo separado de él, como un perro pequeño pero insistente que le tirase de la manga. No dejaría que se derrumbasen las barreras, que se abrieran las cortinas. No quería que volviese aquello que le despertaba cada noche, sudoroso y con el corazón palpitándole.

Que se fueran a la porra O'Rourke, Stewart, Daysinger y los demás. Que se fueran todos a la porra. No eran verdaderos amigos. ¿Quién los necesitaba? Harlen odiaba todo el maldito pueblo, con sus gordos y malditos vecinos y sus malditos y estúpidos muchachos. y el colegio.

Jim Harlen se sumió en un sopor agitado. La sulfurosa luz amarilla se volvió roja sobre el papel de la pared, antes de desvanecerse en la oscuridad y mientras se oía acercarse la tormenta.

Una hora antes del anochecer, a varias manzanas al este de Depot Street, Dale y Lawrence estaban sentados en la baranda del porche observando los relámpagos de calor que iluminaban el oscuro cielo. Sus padres descansaban en los sillones de mimbre del porche. Cada vez que brillaba un relámpago silencioso, Old Central se dejaba ver a través de la cortina de olmos al otro lado de la calle, con sus paredes de piedra y de ladrillos pintadas de un azul eléctrico por el resplandor. El aire estaba inmóvil porque no había llegado aún el viento que precedía a la tormenta.

– No parece que se esté preparando un tornado -dijo el padre de Dale.

Su madre bebió un poco de limonada y permaneció en silencio. El aire se iba haciendo cada vez más pesado a medida que se acercaba la tormenta. La mujer se estremecía ligeramente cada vez que los silenciosos relámpagos iluminaban el colegio, el patio de recreo y la Segunda Avenida, que se extendía hacia el sur en dirección a la Hard Road. Dale estaba fascinado por las súbitas explosiones de luz y por el extraño color que impartía a la hierba, las casas, los árboles y el asfalto de las calles. Era como si estuviesen viendo una película en blanco y negro en la tele, y de pronto apareciese en color, al menos con intermitencias.