Los relámpagos recorrían los horizontes oriental y meridional, centelleando sobre las copas de los árboles como una intensa aurora boreal. Dale recordó relatos de su tío Henry sobre los bombardeos de artillería en la Primera Guerra Mundial. El padre de Dale había servido en Europa durante la guerra más reciente, pero nunca hablaba de ello.
– Mira -dijo Lawrence en voz baja, señalando hacia el patio de recreo del colegio.
Dale se inclinó hacia delante para seguir la dirección que indicaba su hermano con el brazo. Cuando resplandeció otro relámpago, vio el surco a través del patio de recreo. Se habían visto algunos de estos surcos después de terminado el curso, como si alguien estuviese instalando tuberías. Pero ni Dale ni nadie de su familia habían visto trabajar a hombres allí durante el día. ¿Y por qué instalaban tuberías en un colegio que cualquier día sería derribado?
– Vamos -murmuró Dale, y él y su hermano saltaron de la baranda a los escalones de tierra, y de los escalones al jardín de delante
– ¡No vayáis lejos! -gritó su madre-. Va a llover.
– No nos alejaremos -dijo Dale por encima del hombro.
Cruzaron trotando Depot Street, saltando sobre las bajas y herbosas cunetas que sustituían a los desagües en caso de tormenta, y corrieron debajo de las ramas extendidas del gigantesco olmo centinela del otro lado de la calle
Dale miró a su alrededor y se dio cuenta por primera vez de la sólida barrera que constituían los olmos gigantescos. Caminar entre ellos para pasar al patio de recreo era como cruzar la muralla de una fortaleza para entrar en el patio de un castillo.
Y Old Central parecía un castillo encantado aquella noche. La luz de los relámpagos era reflejada por las ventanas no entabladas de las buhardillas. La piedra y los ladrillos parecían extrañamente verdosos bajo aquella luz. El arco de la entrada cubría solamente oscuridad.
– Mira -dijo Lawrence.
Se había detenido a menos de dos metros del surco parecido a una topera que cruzaba el campo de juego. Era como si alguien hubiese tendido una tubería desde el colegio -Dale pudo ver que el abultado surco llegaba hasta los ladrillos próximos a una ventana del sótano- hacia la segunda base y en dirección al montículo del pitcher. Pero se había detenido a mitad de camino en el campo de béisbol.
Dale se volvió y miró en la dirección que tomaría aquel surco si seguía extendiéndose. Era la del porche principal de su casa, a treinta metros de distancia.
Lawrence lanzó un grito y saltó atrás. Dale giró sobre sus talones.
Al iluminarse brevemente el cielo, Dale observó que el suelo se abultaba, que se elevaban terrones con hierba y que la larga línea de aquel abultamiento se extendía otros seis palmos y se detenía a menos de un metro de sus zapatos.
Mike O'Rourke estaba dando de comer a Memo, mientras brillaban los relámpagos detrás de la cortina. Dar de comer a la anciana no era agradable: su garganta y su aparato digestivo funcionaban hasta cierto punto; en otro caso no habrían podido cuidar de ella en casa y habrían tenido que llevarla a una clínica de Oak Hill. Pero sólo podía comer alimentos para niños, y tenían que abrirle Y cerrarle la boca antes y después de cada bocado. Parecía engullir a la fuerza para no ahogarse. Invariablemente, buena parte de la comida terminaba en la barbilla de la abuela y en la ancha servilleta que le ataban al cuello.
Pero Mike seguía con paciencia la operación, hablándole de pequeñas cosas, como las noticias del periódico del domingo, la lluvia inminente y las hazañas de sus hermanas, durante los largos intervalos entre las cucharadas.
De pronto, entre dos bocados, Memo abrió mucho los ojos y empezó a pestañear rápidamente, tratando de comunicar algo. Mike lamentaba a menudo que ella y la familia no hubiesen aprendido el alfabeto Morse antes del ataque; pero ¿cómo habían de pensar entonces que lo necesitaría? Ahora que pestañeaba la anciana, habría sido muy oportuno detenerse, pestañear y detenerse de nuevo a intervalos.
– ¿Qué pasa, Memo? -murmuró Mike, acercándose más a ella y limpiándole el mentón con la servilleta.
Miró por encima del hombro, casi esperando ver una sombra oscura en la ventana. Pero sólo había oscuridad entre las cortinas, y después el súbito resplandor de un relámpago que iluminó las hojas del tilo y los campos del otro lado de la calle.
– Todo está bien -dijo Mike a media voz, ofreciendo otra cucharada de puré de zanahoria a su abuela.
Evidentemente, no todo estaba bien. El pestañeo de Memo se hizo más agitado y los músculos de su garganta trabajaron tan rápidamente que Mike temió que iba a regurgitar la comida de la tarde. Se acercó más a ella, para asegurarse de que no se ahogaba; pero pareció que respiraba bien. El pestañeo se hizo frenético. Mike se preguntó Si iba a tener otro ataque, si esta vez se moriría. Pero no llamó a sus padres. La quietud exterior que precedía a la tormenta había dominado de algún modo sus movimientos y emociones, sujetándole a su silla al inclinarse hacia Memo con la cuchara extendida.
El pestañeo cesó y Memo abrió mucho los ojos. En el mismo instante, algo rascó las tablas del suelo de la vieja casa -Mike sabía que allí no había nada salvo un pequeño hueco- y el ruido sonó debajo del suelo de la cocina, en la esquina sudoeste de la casa; después cambió de sitio, pasando, más rápidamente de lo que podían correr un perro o un gato, de la cocina a un rincón del cuarto de estar y un trozo del pasillo, y debajo del suelo del salón -la habitación de Memo-, de los pies de Mike y de la maciza cama de cobre amarillo donde yacía la anciana.
Mike miró debajo de su brazo todavía extendido, entre sus zapatos sobre la raída alfombra. El ruido era tan fuerte como si alguien se hubiese deslizado debajo de la casa en una carretilla, con un cuchillo largo o una barra de metal, y arañase todos los clavos y abrazaderas de debajo de las viejas tablas. El ruido se convirtió en un repiqueteo, como si la hoja del cuchillo se utilizase para romper las tablas entre las bambas de Mike.
Miró hacia abajo, boquiabierto, esperando que aquello se abriese paso entre las tablas del suelo. Se imaginó que aparecían unos dedos como cuchillos y que le agarraban una pierna. Le bastó una mirada para ver que Memo había cerrado los ojos tan fuerte como podía. De pronto, inmediatamente, cesó el ruido y Mike recobró la voz.
– ¡Mamá! ¡Papá! ¡Peg!
Estaba gritando, pero no chillando del todo. La mano que sostenía la cuchara continuaba extendida, pero ahora temblaba.
Su padre vino del cuarto de baño, que estaba al otro lado del pasillo, con los tirantes colgando y la abultada panza y los calzoncillos sobresaliendo de la pretina del pantalón. Su madre acudió desde su habitación, ciñéndose la vieja bata. Unas pisadas en la escalera anunciaron no a Peg sino a Mary, que se apoyó en la jamba de la puerta para mirar dentro del salón.
Todos le acribillaron a preguntas.
– ¿A qué vienen esos gritos? -repitió su padre, cuando se hizo una pausa.
Mike les miró sucesivamente.
– ¿No lo habéis oído?
– Oído, ¿qué? -preguntó su madre, con una voz que era siempre más áspera de lo que ella pretendía.
Mike miró la alfombra entre sus zapatos. Sentía que había algo allá abajo. Esperando. Miró de nuevo a Memo, que continuaba con el cuerpo rígido y los ojos cerrados con fuerza.
– Un ruido -dijo Mike, dándose cuenta de lo débil que sonaba su voz-. Un ruido terrible debajo de la casa
Su padre sacudió la cabeza y se enjugó las mejillas con una toalla.
– Yo no he oído nada en el cuarto de baño. Seguramente habrá sido uno de esos mal… -Miró a su mujer, que había fruncido el ceño-. Uno de esos dichosos gatos. O tal vez otra mofeta. Voy a coger una linterna y una escoba y lo voy a echar de aquí, sea lo que sea.