Выбрать главу

– Sólo será un minuto -dijo el viejo, casi en voz baja, por una razón que ninguno de los dos comprendía, pero a la que se sometían-. Puedes quedarte aquí.

Habían cruzado la cocina y entrado en el más oscuro «estudio».

Duane encendió una luz y asintió con la cabeza. El viejo desapareció en el dormitorio. Duane oyó que abría la puerta del armario.

La casa de tío Art era pequeña: sólo una cocina, un «estudio» en lo que antes había sido comedor y que no se utilizaba, un cuarto de estar donde apenas cabía una tumbona, muchos estantes con libros, dos sillones a los lados de una mesa con un tablero de ajedrez -Duane reconoció la partida que el tío Art y él habían estado jugando hacía tres fines de semana-, y un aparato de televisión muy grande. El pequeño dormitorio era la última habitación. La puerta principal se abría a un pequeño porche de cemento que daba a unos dos acres de jardín. Ningún visitante entraba ni salía nunca por la puerta principal, pero Duane sabía que al tío Art le gustaba sentarse en el porche por la noche, fumando su pipa y mirando hacia el norte a través de los campos. Se podía oír bastante bien el tráfico en la Jubilee College Road, pero los coches quedaban ocultos por la colina.

Duane salió de su ensimismamiento y trató de concentrarse. El tío Art había dicho una vez que llevaba un diario, desde 1941. Duane pensó que el libro que había mencionado por teléfono había desaparecido, robado por Congden o por quien fuese, pero podía haber alguna mención de él.

Encendió la lámpara de encima de la desordenada mesa. El comedor había sido la habitación más grande de la casa, y el «estudio» se componía de librerías que llegaban desde el suelo hasta el techo, llenas de libros en su mayor parte encuadernados, y librerías más bajas en el centro de la estancia, a ambos lados de la puerta grande que Art había convertido en mesa escritorio.

Sobre ésta había facturas, el teléfono, montones de cartas que Duane miró sólo por encima, recortes de columnas de ajedrez de periódicos de Chicago y de Nueva York, revistas, historietas de The New Yorker, una foto enmarcada de su segunda esposa, otro marco con un dibujo de Leonardo da Vinci de un aparato parecido a un helicóptero, un tarro lleno de canicas, otro lleno de regaliz -Duane había metido mano en él desde que podía recordar-, y trozos de papel con viejas listas de la compra, listas de compañeros de la fábrica de orugas que eran miembros del sindicato, listas de ganadores del Premio Nobel, y miles de cosas. Ningún diario.

La mesa no tenía cajones. Duane miró a su alrededor. Podía oír que el viejo revolvía cajones en el dormitorio, probablemente buscando ropa interior y calcetines. Sólo tardaría un minuto.

«¿Dónde guardaría un diario el tío Art?» Duane se preguntó si sería en el dormitorio. No, Art no escribía en la cama. Lo haría aquí, en su mesa de trabajo. Pero en ésta no había ningún libro. Ni tenía cajones.

«Libros.» Duane se sentó en el sillón del viejo capitán, sintiendo cómo habían desgastado el barniz los brazos de su tío. «Él debía de escribir todos los días en su diario. Probablemente todas las noches, sentado aquí.» Duane extendió la mano izquierda. «El tío Art era zurdo.»

Una de las librerías bajas, la colocada cerca del caballete izquierdo de soporte de la puerta grande que hacía de mesa, estaba al alcance de su mano. En realidad era un doble estante, con libros vueltos hacia fuera y otros, más de una docena de volúmenes sin título, vueltos hacia dentro, casi invisibles en la oscuridad de debajo de la mesa. Duane sacó uno de ellos: encuadernado en cuero, papel grueso y de primera calidad, unas quinientas páginas. No había letra impresa en su interior sino una escritura apretada hecha con una anticuada pluma. La escritura llenaba todas las páginas y era literalmente ilegible.

Duane abrió el volumen y lo miró más de cerca, debajo de la lámpara, ajustándose las gafas. No estaba escrito en inglés sino más bien en algún híbrido lenguaje hindi o arábigo, una sólida muralla de garabatos, lazos, arabescos y florituras. No había palabras separadas; las líneas eran una maraña inseparable e indescifrable de símbolos desconocidos. Pero encima de cada columna había números, y éstos no estaban escritos en clave. Duane miró la cabecera de la página que tenía delante y leyó: 19, 3, 57.

Duane recordó que el tío Art había dicho a menudo que en Europa y en la mayor parte del mundo solían escribir la fecha poniendo primero el día, después el mes y después el año, lo cual era más lógico que el sistema americano. «De lo menos a lo más», había dicho a su sobrino cuando éste tenía seis años. «Es mucho más lógico de esta manera.» Duane se había mostrado siempre de acuerdo. Ahora estaba mirando la hoja del diario de su tío correspondiente al 19 de marzo de 1957.

Volvió a colocar el libro en su sitio y cogió el que estaba más a la izquierda. El más fácil de alcanzar. La primera página escrita llevaba la fecha del 1, 1, 60. La última, sin terminar, la de 11, 6, 60. El tío Art no había escrito en su diario el domingo por la mañana, pero sí el sábado por la noche.

– ¿Estás ya? -El viejo estaba plantado en el umbral, sosteniendo un traje todavía en la bolsa de celofán de la lavandería, y la vieja bolsa de gimnasia del tío Art en la otra mano. Entró en el círculo de luz junto a la mesa y señaló con la cabeza el libro que Duane había cerrado instintivamente-. ¿Es eso lo que Art iba a traerte?

Duane sólo vaciló un segundo.

– Creo que sí.

– Entonces, cógelo.

El viejo pasó a través de la cocina. Duane apagó la luz, pensó en los otros dieciocho años de pensamientos personales que contenían aquellos volúmenes y se preguntó si no estaría obrando mal. Evidentemente, los diarios estaban escritos en una especie de clave personal. Pero Duane era experto en descifrar claves; si descifraba ésta, leería cosas que el tío Art no había querido que él, ni nadie, las viese.

«Pero quería que yo supiese lo que había descubierto. Parecía excitado por ello. Serio, pero excitado. Y tal vez un poco asustado.»

Duane respiró hondo y cogió el pesado libro, sintiendo ahora la presencia de su tío a su alrededor, en el olor del tabaco, de la familiar humedad de los cientos y cientos de libros, del cuero de las encuadernaciones, e incluso en el ligero y agradable olor del sudor de su tío: el olor limpio del sudor de un trabajador.

Ahora la habitación estaba muy oscura. La impresión de la presencia del tío Art era un poco inquietante, como si su fantasma estuviese plantado allí, detrás de Duane, incitándole a sentarse aquí y ahora, a encender la luz y leer aquello, con su espíritu inclinado sobre él. Duane casi esperó sentir el contacto de una mano helada en su cogote.

Caminando, sin apresurarse, cruzó la cocina para ir a reunirse con su padre en la camioneta.

Dale y Lawrence habían estado jugando al béisbol todo el día, a pesar de las nubes amenazadoras y de la agobiante humedad, y a la hora de cenar estaban cubiertos de polvo que en algunos lugares donde había corrido el sudor se había transformado en barro. Su madre los vio llegar desde la ventana de la cocina, e hizo que se quedasen en la escalera de atrás y en calzoncillos antes de dejarles entrar. Dale se encargó de llevar la ropa a la habitación de atrás del sótano, donde estaba la lavadora.

Dale aborrecía el sótano. Era la única parte de aquella casa grande y vieja que le ponía nervioso. En verano esto no tenía importancia ya que casi nunca tenía que bajar allí, pero en invierno tenía que hacerlo cada noche, después de cenar, para echar carbón en el horno.