Los escalones para bajar al sótano tenían al menos tres palmos de altura, como si hubieran sido hechos para alguien de zancadas sobrehumanas. La gran escalera de hormigón torcía hacia la izquierda, para descender entre la pared exterior y la de la cocina, dando la impresión de que el sótano estaba mucho más abajo de lo que debía estar. «Escalera de mazmorra», decía Lawrence.
La bombilla desnuda en lo alto de la escalera casi no proyectaba luz allá abajo, donde el pasillo se dirigía hacia el horno. Había luz más allá del horno, pero había que encenderla tirando de un cordón colgante, lo mismo que la de la carbonera. Dale miró a la derecha, hacia la puerta de la carbonera, al pasar por delante de ella. En realidad no era una puerta, sino una abertura de seis palmos en la pared, hasta el nivel superior de la carbonera. Esta tenía una altura de sólo un metro y medio, y Dale sabía que a su padre le costaba mucho agacharse allí para sacar a paladas el carbón. El tragante del horno, que ahora estaba cerrado, formaba un ángulo desde el pasillo a la carbonera, de modo que había que arrojar el carbón hacia abajo para introducirlo en aquella boca ávida. Más allá del tragante estaba el viejo horno propiamente dicho, una enorme y tosca estructura de metal, con tentáculos de tuberías saliendo en todas direcciones, que parecía llenar el pasillo.
Lo que Dale aborrecía más de la carbonera, en las noches de invierno en que tenía que sacar de ella paladas de carbón, no era el trabajo, aunque tenía callos en las manos durante todo el invierno, ni el sabor del polvo de carbón que permanecía en su boca incluso después de lavarse los dientes; lo que realmente aborrecía era el hueco en el fondo de la carbonera.
Allí la pared se alzaba a unos noventa centímetros del suelo y terminaba justo a tres palmos debajo del techo, revelando un suelo de madera y de piedra, tuberías de agua y algunas telarañas. Dale sabía que aquel espacio pasaba por debajo de buena parte de la habitación que empleaba su padre como despacho, cuando estaba en casa, y también debajo del porche grande de la entrada. Cuando sacaba el carbón con la pala, oía correr ratones y ratas más grandes por allí, y una noche se había vuelto rápidamente y había visto unos ojillos rojos que lo estaban mirando.
A menudo sus padres le encomiaban por lo bien que llenaba el horno y lo deprisa que trabajaba. Para Dale, aquellos veinte minutos de cada noche de invierno eran la parte peor del día, y estaba dispuesto a trabajar desaforadamente con tal de llenar el maldito horno y salir de allí. Le gustaba más cuando acababa de ser llenada la carbonera y podía permanecer cerca del horno para echar las paladas. A finales de mes, cuando el carbón quedaba reducido a un pequeño montón en el rincón más lejano, tenía que cruzar la carbonera, levantar la carga, llevarla tres metros a través de la habitación y arrojarla, dando la espalda al hueco.
No tener que arrojar el carbón era una de las razones de que a Dale le gustase el verano. Ahora le bastó una mirada para saber que no había más que un pequeño montón de negra antracita en el último rincón. La luz de lo alto de la escalera iluminaba débilmente la carbonera; el hueco en el fondo estaba envuelto en una oscuridad total.
Dale encontró el primer cordón de la luz, pestañeó ante el súbito resplandor, pasó alrededor del horno para entrar en la segunda habitación, utilizada sólo para contener aquél; cruzó la tercera habitación, donde su padre tenía un banco de trabajo con algunos utensilios, y torció de nuevo hacia la derecha para entrar en la última habitación, donde su madre tenía la lavadora y la secadora.
Su padre había dicho que había costado un horror bajar allí aquellas máquinas y que si un día se trasladaban, la lavadora y la secadora se quedarían donde estaban. Dale lo creía: recordaba a su padre, a los mozos de Sears, al señor Somerset y a otros dos vecinos luchando con aquellas máquinas durante más de una hora. Esta habitación de atrás no tenía ventanas -ninguna de las del sótano las tenía- y el cordón de la luz pendía en el centro. Cerca de la pared del sur, un pozo circular de noventa centímetros de diámetro parecía hundirse en la oscuridad. Era el sumidero que absorbía el agua de un sótano demasiado bajo para el nivel hidrostático local. Pero el sótano se había inundado cuatro veces en los cuatro años y medio que llevaban viviendo aquí, y en una ocasión Dale había tenido que pasar por aquí, con tres palmos de agua, para arreglar la bomba.
Dale arrojó la ropa sucia sobre la lavadora, apagó la luz al pasar, cruzó la habitación del fondo, el taller y la habitación del horno hasta el pasillo, sin mirar esta vez hacia la carbonera, y subió los diez gigantescos escalones. El sótano era tan frío y húmedo que le causó una fuerte impresión sentir el aire pegajoso que se filtraba por la puerta de tela metálica de atrás y ver la suave luz del crepúsculo sobre la casa de Grumbacher, hacia el oeste.
Dale cruzó rápidamente la cocina, confuso por andar en calzoncillos. Lawrence estaba ya chapoteando en la bañera e imitando los ruidos de un ataque submarino. Afortunadamente la madre de Dale estaba en el porche de la entrada, de modo que él pudo cruzar medio patinando el vestíbulo, con los pies descalzos, subir corriendo la escalera, dar la vuelta al rellano y entrar en su habitación, para ponerse la bata antes de que entrase su madre. Se tumbó en la cama, con la pequeña lámpara encendida, y hojeó un viejo ejemplar de Astounding Science Fiction hasta que le llegó el turno de tomar el baño.
Una vez que estuvo a solas, en su tranquilo e iluminado rincón del sótano, Duane McBride tardó menos de cinco minutos en descifrar la clave.
El diario del tío Art parecía escrito en hindi, pero en realidad estaba escrito en sencillo inglés. Ni siquiera había transposiciones. Desde luego, a Duane le había servido de mucho el haber compartido la fascinación de su tío por Leonardo da Vinci.
El genio del Renacimiento había escrito su propio diario en una clave muy simple: a la inversa, de manera que pudiese leerse el texto en un espejo. Duane puso un espejo de mano sobre su mesa de trabajo y vio las anotaciones en inglés, de derecha a izquierda. El tío Art había juntado las palabras, para que la clave no fuese tan evidente; también había enlazado las letras por la parte de arriba, y esto era lo que daba a la línea estampada un extraño aspecto arábigo o védico. En vez de puntos había utilizado un símbolo que parecía una F mayúscula invertida, con dos puntos delante de ella. Una F invertida, con un punto, era una coma.
Duane vio que la página y el pasaje que había abierto trataban de problemas del trabajo, de un presidente de sindicato sospechoso de malversación de fondos, y de un diálogo reproduciendo una discusión política entre Art y su hermano. Duane miró el pasaje, recordó aquella discusión (el viejo estaba completamente borracho y preconizaba el derrocamiento violento del Gobierno), y pasó apresuradamente al apartado finaclass="underline"
11, 6, 60.
He encontrado un pasaje sobre la campana que Duane estaba buscando. Corresponde a los Apocrypha: Additions to the Book of the Law, de Aleister Crowley. Debía haberme imaginado que sería Crowley, el autocalificado mago de nuestra era, quien sabría algo sobre todo esto.
Esta noche he pasado un par de horas en el porche, pensando. Al principio iba a guardar esto para mí, pero el pequeño Duane ha trabajado de firme en la investigación de este misterio local, y decidí que tenía derecho a saberlo. Mañana me llevaré el libro y compartiré con él toda la sección sobre «familiares». La sección de los Borgia es una extraña lectura.
Un par de las secciones pertinentes: «Mientras los Medici eran partidarios de los familiares animales tradicionales como puente hacia el Mundo de la Magia se dice que la familia Borgia, durante los productivos siglos del Renacimiento (desde el punto de vista de la práctica del Arte), eligió un objeto inanimado como talismán.