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– Ayúdame -murmuró Dale.

Se produjo un renovado esfuerzo en el otro lado de la puerta y ésta se abrió un par de centímetros más al resbalar los calcetines de Dale sobre el desnudo suelo de madera.

– ¡Mamá! -gritó Lawrence, saltando de la cama y corriendo al lado de Dale. Apoyaron los hombros contra la puerta, cerrándola unos cinco centímetros.

– ¡Mamá! -gritaron al unísono.

La puerta se detuvo, creció la presión sobre las tablas pintadas de amarillo, y empezó a abrirse de nuevo.

Dale y Lawrence se miraron, apretando fuertemente las mejillas sobre las toscas tablas, sintiendo la terrible fuerza transmitida a través de la madera.

La puerta se abrió otros siete centímetros. No había ningún ruido dentro del armario; en cambio, fuera de él, los dos muchachos resoplaban y jadeaban, con los calcetines de Dale y los pies descalzos de Lawrence escarbando en el suelo.

La puerta se abrió otros pocos centímetros. Ahora había una abertura de un palmo y medio, y un viento fresco parecía soplar a través de ella.

– ¡Dios mío! No puedo… aguantarla -jadeó Dale.

Tenía apoyado el muslo izquierdo en el viejo tocador, pero no podía hacer palanca suficiente para cerrar la puerta. Lo que estaba allí, fuese lo que fuere, tenía al menos la fuerza de una persona adulta.

La puerta se abrió otros cinco centímetros.

– ¡Mamá! -chilló Lawrence-. ¡Socorro, mamá! ¡Mamá!

Recibió alguna respuesta desde el porche de la entrada, pero Dale comprendió que no podrían sostener la puerta el tiempo suficiente para que llegase su madre.

– ¡Corre! -exclamó.

Lawrence le miró, con su cara aterrorizada a sólo unos centímetros de distancia, y soltó la puerta. Corrió, pero no fuera de la habitación. En dos zancadas y un salto, subió encima de su cama.

Sin la ayuda de Lawrence, Dale no podía sujetar la puerta. La presión era invencible. Cedió a ella, saltando sobre el tocador de un metro veinte de altura y encogiendo las piernas. La lámpara y algunos libros cayeron contra el suelo.

La puerta se abrió de golpe, contra las rodillas de Dale. Lawrence se puso a chillar.

Dale oyó las pisadas de su madre en la escalera, y su voz, que preguntaba algo; pero antes de que pudiese abrir la boca para responderle, sopló una ráfaga de aire frío, como si hubiesen abierto una nevera, y entonces salió algo del armario.

Era algo bajo y largo, de al menos un metro veinte de longitud, y tan insustancial como una sombra, pero mucho más oscuro. Una cosa negra que se deslizaba por el suelo como un frenético insecto que acabase de salir de una tinaja. Dale pudo ver unos filamentos parecidos a patas que se agitaban furiosamente. Levantó los pies sobre el tocador. Una fotografía enmarcada se estrelló contra el suelo.

– ¡Mamá!

Lawrence y él se habían puesto a chillar de nuevo al unísono.

La cosa negra se arrastró vagamente sobre el suelo. Dale pensó que era como una cucaracha, en el caso de que las cucarachas pudieran tener más de un metro de largo y unos centímetros de altura y estar hechas de humo negro. Unos apéndices oscuros golpearon y rascaron las tablas del suelo.

– ¡Mamá!

La cosa se metió debajo de la cama de Lawrence.

Lawrence no hizo ruido al saltar sobre la cama de Dale como un acróbata del trampolín.

Su madre se detuvo en la puerta, mirando a los chicos que seguían gritando.

– Es una cosa… que ha salido del armario… y se ha metido ahí debajo…

– Debajo de la cama… Una cosa negra… ¡grande!

Su madre corrió hacia el armario del pasillo y volvió rápidamente con una escoba.

– ¡Fuera! -dijo, y encendió la luz del techo.

Dale vaciló sólo un segundo antes de saltar al suelo, ponerse detrás de su madre y correr hacia la puerta. Lawrence saltó de la cama de Dale a la suya y a la puerta. Ambos salieron al pasillo y chocaron con la barandilla. Dale miró dentro de la habitación.

Su madre estaba a cuatro patas, levantando polvo de debajo de la cama de Lawrence.

– ¡Mamá! ¡No! -gritó Dale, y entró corriendo para intentar que su madre se echase atrás.

Ella dejó caer la escoba y cogió de los brazos a su hijo mayor.

– Dale… Dale…, basta. Basta. Ahí no hay nada. Mira.

Dale miró, entre jadeos que rápidamente se convirtieron en sollozos. No había nada debajo de la cama.

– Probablemente se metió debajo de la de Dale -dijo Lawrence desde la puerta.

Con Dale todavía agarrado a ella, su madre se volvió y levantó las motas de polvo de debajo de la cama de Dale. A éste casi se le paró el corazón cuando su madre se puso de rodillas en el suelo, con la escoba por delante.

– Mira -dijo ella, levantándose y sacudiéndose el polvo de la falda y de las rodillas-. Ahí no hay nada. Y ahora dime qué crees que visteis.

Los dos muchachos se pusieron a farfullar al mismo tiempo. Dale escuchó su propia voz y se dio cuenta de que su descripción sonaba a algo grande, negro, sombrío, bajo. Había abierto la puerta del armario y corrido debajo de la cama como un insecto gigantesco.

– Tal vez ha vuelto a meterse en el armario -sugirió Lawrence, conteniendo a duras penas las lágrimas y jadeando para recobrar aliento.

Su madre los miró fijamente pero se acercó al armario y acabó de abrirlo. Dale retrocedió hasta la puerta de la habitación mientras su madre separaba la ropa colgada de las perchas, apartaba a un lado las bambas y miraba alrededor del marco de la puerta del armario. Éste no era profundo. Estaba vacío.

La mujer cruzó los brazos y esperó. Los chicos estaban en la puerta de la habitación, mirando por encima del hombro hacia el rellano y las oscuras entradas de la habitación de sus padres y del cuarto de invitados, como si la sombra pudiese venir arrastrándose tras ellos sobre el suelo de madera.

– Os habéis asustado el uno al otro, ¿no? -preguntó ella.

Los dos muchachos negaron con la cabeza y volvieron a farfullar, describiendo de nuevo aquella cosa y mostrando Dale cómo habían tratado de mantener cerrada la puerta del armario.

– ¿Y ese insecto abrió la puerta empujando?

Su madre sonreía ligeramente.

Dale suspiró. Lawrence le miró como diciendo: «Lo cierto es que está todavía debajo de mi cama. Lo que pasa es que no podemos verlo.»

– Mamá -dijo Dale con la mayor tranquilidad de que fue capaz, y en tono natural y razonable-, ¿podemos dormir esta noche en tu habitación, en nuestros sacos de dormir?

Ella vaciló un segundo. Dale sospechó que estaba recordando aquella vez en que se quedaron fuera a causa de la «momia»… o tal vez aquella del verano pasado en que se sentaron cerca del campo de béisbol por la noche, tratando de establecer contacto telepático con naves espaciales de otros planetas… y habían vuelto a casa aterrorizados porque las luces de un avión habían pasado por encima de ellos.

– Está bien -dijo ella-. Coged vuestros sacos de dormir y el catre plegable. Tengo que salir y decirle a la señora Somerset que mis grandes muchachos interrumpieron nuestra conversación con gritos por culpa de un sombrío insecto.

Bajó la escalera con sus dos niños pegados a ella. Éstos esperaron hasta que volvió a entrar, antes de subir de nuevo al piso de arriba, haciendo que aguardase en la puerta de la habitación de los invitados mientras buscaban los sacos de dormir y el catre.

Ella se negó a dejar encendida la luz del pasillo toda la noche. Los dos chicos contuvieron el aliento cuando entró a apagar la del techo, pero volvió enseguida, dejando la escoba junto a la cabecera de la cama como un arma. Dale pensó en la escopeta de aire comprimido que su padre guardaba en el armario junto a su Savage. Los cartuchos estaban en el cajón de abajo de la cómoda de cedro.

Dale tenía su catre tan cerca del borde de la cama que no había ningún hueco entre ésta y aquél. Mucho después de que su madre se hubiese quedado dormida, pudo sentir que su hermano estaba despierto, alerta y vigilante como él.