La mayoría de los agricultores de la región remolcaban con los tractores las unidades de recogida del maíz o las empleaban de autopropulsión; pero el viejo había comprado una antigua máquina de gran tamaño y había sujetado a ella los desmochadores de las mazorcas. Esto significaba un trabajo más rápido en los años de cosechas copiosas, pero sobre todo una gran labor de mantenimiento para hacer que la vieja máquina siguiese funcionando, y de «modificación» de las partes destinadas a la recogida, el desmoche, el desgranamiento y la limpieza.
A veces pensaba Duane que el viejo sólo permanecía en la finca para manipular la maquinaria.
Aquella mañana, Duane había terminado con la cultivadora y se había vuelto para mirar la cosechadora que se alzaba imponente detrás de él, alargando unos rodillos como hojas de espada en el círculo de luz proyectado desde el techo, y había considerado la posibilidad de hacer alguna modificación evidente, para sorprender a su padre. Pero entonces había decidido no estropearle la diversión al viejo. Además tenía que dar de comer a más animales y segar más surcos en el huerto antes del desayuno, y quería estar en el pueblo antes de las diez.
A Duane le habría gustado esperar para ir en la camioneta -todavía le venía cuesta arriba tener que andar los últimos dos kilómetros y medio por Jubilee College Road-, pero sabía que el viejo se había aguantado toda la semana para empezar el jolgorio la noche del viernes, en la taberna de Carl o en la del Arbol Negro, y no quería viajar con él en tales condiciones.
Prefirió ir andando. El día era claro y brillante, aunque bochornoso. Duane se desabrochó los tres botones de arriba de la camisa a cuadros, observando dónde terminaba la piel tostada en una V aguda y empezaba la carne pálida.
Se detuvo en la casa de Mike O'Rourke, en las afueras del pueblo. Mike no estaba en casa, pero una de sus hermanas mayores invitó a Duane a beber agua en la bomba del patio de atrás. Bebió copiosamente el agua con gusto a hierro, y después se remojó la cabeza y los brazos.
Cuando llamó a la puerta de tela metálica de la señora Moon, la anciana caminó renqueando hacia la luz, con sus dos bastones y su séquito de gatos.
– ¿Te conozco, jovencito?
Duane pensó que la voz de la señora Moon sonaba como una parodia de la de una anciana, aguda, temblona, recorriendo la escala de las inflexiones.
– Sí, señora. Soy Duane McBride. He estado aquí algunas veces, con Dale Stewart y Michael O'Rourke, cuando vienen a buscarla para dar un paseo.
– ¿Quién has dicho?
Duane suspiró y lo repitió todo en voz más fuerte.
– Ahora no puedo dar mi paseo. Aún no he cenado.
La señora Moon parecía quejumbrosa y un poco desconfiada. Los gatos dieron vueltas alrededor de los bastones y se frotaron contra las hinchadas piernas envueltas en esparadrapo de color de carne. Duane pensó en el soldado con polainas.
– Señora, sólo quería hacerle algunas preguntas sobre algo.
– ¿Preguntas?
Dio un paso atrás en la oscuridad del cuarto de estar. La vieja casa era pequeña, de madera pintada de blanco, y olía como si hubiesen vivido en ella innumerables generaciones de gatos que nunca salían a la calle.
– Sí, señora. Pero sólo un par.
– ¿Sobre qué?
Le miró con ojos miopes y Duane se dio cuenta de que él debía de ser sólo una figura redonda que ocupaba todo el vano de la puerta. Se echó también atrás, a la manera de los hábiles vendedores, mostrándose respetuoso y absolutamente inofensivo.
– Sólo sobre… los viejos tiempos -dijo-. Estoy escribiendo un trabajo para el colegio sobre cómo era la vida en Elm Haven a principios de siglo. Pensé que tal vez sería usted tan amable de explicarme algo de…, bueno, del ambiente.
– Algo, ¿de qué?
– Algunos detalles -dijo Duane-. Por favor.
La anciana vaciló, se volvió, con un rígido movimiento de los dos bastones, y se retiró con su séquito gatuno, dejándole plantado. Ahora fue él quien se mostró vacilante.
– Bueno -dijo la voz de ella desde la oscuridad-, no te quedes ahí plantado. Pasa. Prepararé té para los dos.
Duane se sentó, bebió té, comió galletas, hizo preguntas y escuchó historias de la infancia de la señora Moon, de su padre y de los buenos viejos tiempos. La señora Moon mordisqueaba galletas mientras hablaba, y poco a poco aunque infaliblemente se fue formando una pequeña capa de migajas sobre su falda. Los gatos se turnaban en saltar sobre el sofá para comer las migajas mientras ella los acariciaba distraídamente.
– ¿Y qué me dice de la campana? -preguntó al fin, después de convencerse de que la memoria de la anciana era de fiar.
– ¿La campana?
La señora Moon dejó de masticar. Un gato se estiró hacia arriba, como si fuese a arrancarle la galleta de los dedos.
– Ha mencionado algunas cosas especiales del pueblo – la incitó Duane -. ¿Qué me dice de la gran campana de la torre del colegio? ¿Recuerda si se habló de ella?
La señora Moon pareció nerviosa durante un momento.
– ¿Una campana? ¿Cuándo hubo una campana allí?
Duane suspiró. Andarse con misterios era una tontería.
– En mil ochocientos setenta y seis -dijo suavemente-. El señor Ashley la trajo de Europa…
La señora Moon rió entre dientes. Se le aflojó un poco la dentadura y utilizó la lengua para colocarla en su sitio.
– ¡Tonto! Yo nací en mil ochocientos setenta y seis. ¿Cómo voy a poder recordar algo del año de mi nacimiento?
Duane pestañeó. Se imaginó a esta dama arrugada y ligeramente senil como un bebé, sonrosado y fresco, saludando al mundo en el año en que fueron masacrados los hombres de Custer. Pensó en los cambios que había vivido: aparición de vehículos sin caballos, el teléfono, la Primera Guerra Mundial, el auge de América como potencia mundial, el Sputnik, todo ello visto desde debajo de los olmos de Depot Street.
– Entonces -dijo-, ¿no recuerda nada en absoluto sobre una campana?
Estaba guardando el lápiz y la libreta.
– Claro que recuerdo la campana -dijo ella, cogiendo otra de las galletas de su hija-. Era muy hermosa. El padre del señor Ashley la trajo de uno de sus viajes a Europa. Cuando yo iba a la escuela en Old Central, la campana solía sonar todos los días, a las ocho y cuarto y a las tres.
Duane abrió mucho los ojos. Se dio cuenta de que su mano temblaba un poco cuando sacó de nuevo la libreta y empezó a escribir. Era la primera confirmación, aparte de los libros, de que la Campana Borgia existía.
– ¿Recuerda algo especial sobre la campana?
– Oh, querido, todo lo referente a la escuela y a la campana era especial en aquellos días. Uno de nosotros, uno de los niños más pequeños, el viernes, al empezar la clase, era elegido para tirar de la cuerda de la campana. Recuerdo que a mí me eligieron una vez. Oh, sí, era una campana muy hermosa…
– ¿Recuerda qué fue de ella?
– Pues sí. Quiero decir, no estoy segura… -Una extraña expresión se pintó en el semblante de la señora Moon, que dejó distraídamente la galleta sobre la falda. Dos gatos la devoraron, al llevarse ella los dedos temblorosos a los labios-. El señor Moon, mi Orville quiero decir, no su padre…, el señor Moon no tuvo nada que ver con lo ocurrido. De ninguna manera. -Alargó una mano y golpeó la libreta de Duane con un dedo huesudo-. Escribe esto. Ni Oliver ni el padre estaban allí cuando… cuando ocurrió aquella cosa tan terrible.
– Sí, señora -dijo Duane, con el lápiz en alto-. ¿Qué pasó?